Cómo el régimen usó a Víctor Hugo para bendecir la miseria
Por: Juan Linares
En el año 2009, las plazas públicas y los ministerios de Venezuela se llenaron de cajas de libros. Bajo el pomposo nombre de "Plan Revolucionario de Lectura", el gobierno de Hugo Chávez imprimió de manera masiva —cerca de un millón de ejemplares— una de las obras más importantes de la literatura universal: Los Miserables, del francés Víctor Hugo.
Para el ciudadano común, regalar un clásico de la literatura parecía un acto noble de masificación de la cultura. Sin embargo, en la política nada es inocente. Aquella edición especial no buscaba despertar el pensamiento crítico ni fomentar la rebeldía contra la injusticia. Al contrario: venía con una contraportada y un prólogo firmados por el propio Chávez. El líder de la llamada "revolución" confesaba allí que ese era el libro que "lo había convertido en socialista".
Detrás de esa dedicatoria se escondía una de las operaciones de manipulación psicológica más perversas de nuestra historia contemporánea: la transfiguración de la miseria.
La psicología del esclavo conforme: "Ser rico es malo"
El artículo de fondo de aquella edición no era erradicar la pobreza, sino santificarla. Fue la misma época en la que se instaló en el discurso oficial la nefasta consigna de "ser rico es malo".
Al utilizar la obra de Víctor Hugo, el aparato de propaganda del Estado ejecutó un giro macabro. Tomaron los padecimientos de los personajes del siglo XIX francés —el hambre, la persecución, la escasez extrema— y los revistieron de una supuesta "nobleza espiritual". El mensaje subliminal para el venezolano era claro: el sufrimiento diario te hace puro; el hambre te hace un héroe revolucionario; la escasez es el precio de la dignidad.
Con este lenguaje manipulador, el régimen no buscaba convertir a Venezuela en una potencia industrial donde los ciudadanos progresaran económicamente. Su meta real era acostumbrar al pueblo a padecer con orgullo. Si el ciudadano asociaba la comodidad material, el libre mercado o el deseo de superación con "maldad capitalista", entonces se conformaría con las migajas del Estado. La pobreza dejó de ser un problema social que el gobierno debía resolver, para convertirse en un requisito ideológico para ser un "buen revolucionario".
La gran traición a Víctor Hugo
Lo más irónico —y que los editores del régimen omitieron con descaro— es que la vida y obra de Víctor Hugo representan todo lo opuesto al autoritarismo centralizado que se instaló en Venezuela.
Víctor Hugo escribió Los Miserables en pleno exilio político, mientras protestaba ferozmente contra el gobierno autocrático, corrupto y represor de Napoleón III en Francia. El genio francés jamás escribió su obra maestra para pedirle a los pobres que se resignaran al hambre o que vieran el desabastecimiento como una medalla de honor. Su libro fue un grito de guerra, una denuncia furiosa contra los sistemas estatales opresores que asfixiaban la iniciativa de la gente, destruían las libertades individuales y condenaban a los ciudadanos a la degradación por culpa de las malas políticas de sus gobernantes.
Hacer que Chávez firmara la contraportada de Los Miserables fue el equivalente a que el opresor pusiera su sello en el diario de su víctima.
Recordar para romper el hechizo
Hoy, con la perspectiva del tiempo y viviendo las consecuencias de ese modelo destructivo, aquella edición de 2009 cobra un significado repulsivo pero revelador. Nos demuestra que el daño infligido a Venezuela no fue solo económico, petrolero o eléctrico; fue, ante todo, un ataque al sistema operativo mental del ciudadano.
Bendecir la miseria fue la estrategia perfecta para que una cúpula se adueñara del país y de sus riquezas mientras le pedían al pueblo, libro en mano, que aplaudiera su propia escasez. Revivir este pasaje de nuestra historia es vital. Recordar la trampa de esa contraportada es el primer paso para asegurar que más nunca, bajo ningún disfraz poético o caritativo, ningún gobernante perverso intente convencernos de que el hambre es sinónimo de virtud. Porque la riqueza de una nación comienza cuando su gente recupera el derecho a prosperar en libertad.


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