miércoles, 1 de abril de 2026

La bodega de los rojos rojitos

 "En la esquina de La Campiña hay una bodega muy especial: vende petróleo por Telegram, acepta pagos en criptomonedas y tiene deudas con medio planeta. Así funciona PDVSA, la tienda socialista más cara del mundo… y también la más quebrada" 



Venezuela ya no es un país petrolero: es una bodega con gerente militar, proveedores chinos y fiadores en criptomonedas. Lo que antes fue la segunda empresa petrolera más poderosa del planeta —según Petroleum Intelligence Weekly— hoy sobrevive como tienda de barrio donde los precios cambian más rápido que el discurso de un ministro.

Todo empezó cuando Hugo Chávez decidió “rescatar la soberanía energética”. El resultado, años después, es una PDVSA convertida en pulpería del socialismo del siglo XXI: sin inventario, sin cuentas claras y con empleados que venden petróleo como si fueran empanadas. Las bodegas de antaño tenían libreta de fiados; en cambio, esta guarda sus cuentas en billeteras digitales, anotadas con seudónimos y emojis de bandera roja.

En la sede de La Campiña, Caracas, lo primero que se ve al entrar es el clásico cartel: “Hoy no se fía, mañana sí”. Los bodegueros revolucionarios lo han reinterpretado magistralmente: no se fía al pueblo, pero sí se descuenta petróleo entre 20 y 40% a clientes “amigos” en alta mar. Decorando las paredes, un retrato gigante del difunto y otro del vivo, como santos patronos del petróleo perdido.

Al frente del mostrador, los chinos pescan contratos, los iraníes discuten los precios del crudo como si hablaran de dátiles, y los rusos presentan sus “ofertas estratégicas” con el entusiasmo de quien vende vodka de contrabando. Los cubanos —los más veteranos— solo observan y anotan, mientras exigen su cuota de petróleo para mantener la revolución encendida, aunque sea con mechero.





La “bodega rojita” tuvo su tiempo de bonanza. Vendían tanto que hasta los delivery surtían buques. Pero, como en todo negocio sin control, se perdió la cuenta. Nadie sabe quién vendió, quién cobró ni quién se quedó con los vueltos. Por eso, cuando estalló el escándalo de los 30 mil millones de dólares extraviados, no hubo sorpresa. Era cuestión de calendario, no de casualidad.

El dinero —según versiones de pasillo con olor a oro y perfume de Las Mercedes— terminó transformado en Ferraris, apartamentos de lujo, casinos, cirugías estéticas y criptomonedas. La frase “oro negro” pasó a tener otro sentido: ahora brilla en los aretes de las “muñecas PDVSA”, aquellas influencers del socialismo que publican desde yates con filtros rojitos y mensajes de amor al comandante eterno.

Cuentan que el caos llegó a tal punto que desde La Habana enviaron una comisión. El mismísimo Papá Raúl quiso saber quién cerró el grifo sin avisar. En su informe, el G2 detectó que “el árabe encargado de la bodega” estaba tramando quedarse con todo el negocio. Una traición más grave que quedarse con los reales: intentar robar sin pasar por el partido.

Y fue ahí cuando el festín de los corsarios petroleros empezó a oler a quemado. Los enredos entre jerarcas, militares y testaferros reventaron como burbuja de champaña mala. El régimen fingió indignación, habló de una “cruzada anticorrupción” y metió preso a un par de peones. Pero el pueblo, que ya conoce el libreto, sabe que aquí no se castiga la corrupción, sino la desobediencia. Si robas, comparte; si no compartes, te delatan.

Mientras tanto, los boletines oficiales proclaman eufóricos: “¡Venezuela se arregló!” Y en cierto modo, sí. Hay burbujas, bodegones, nuevos restaurantes y camionetas de lujo. Lo único que falta es salario, electricidad y esperanza. El país se arregló, pero como en las bodegas viejas: pintaron la fachada, pusieron luces nuevas, y los precios triplicaron.

PDVSA pasó de producir más de tres millones de barriles diarios a apenas 700 mil. El resto se evapora entre descuentos solidarios, trueques de ideología y pérdidas sin factura. En cada esquina del país, un pensionado hace cola esperando el bono milagroso de tres dólares. En cambio, los dueños de la bodega petrolera celebran su prosperidad en los casinos de Las Mercedes o en las playas privadas de Margarita.

Porque en este país, la economía funciona como las bodegas del siglo pasado: los clientes deben, el dueño se queja, el cuaderno se pierde… y al final siempre sale ganando el bodeguero. Solo que ahora el bodeguero usa reloj suizo, habla de criptos y jura ser socialista.

Así que cuando vea por allí un cartel que diga “Hoy no se fía, mañana sí”, recuerde algo:

en la bodega de los rojos rojitos, el mañana nunca llega… pero los millones vuelan todos los días.










domingo, 29 de marzo de 2026

La Comisión que se investiga a sí misma

 Una tragicomedia en varios actos sobre el combate a la corrupción más largo del mundo.



Habrá que preguntar también dónde están los cementos, los hierros y los dólares evaporados entre CADIVI, Cencoex y todo ese rosario de organismos que sirvieron, más que para administrar divisas, para democratizar el fraude con partida de nacimiento y sello húmedo.

Pero no se queden ahí: la nueva cruzada viene con nombres de película de vaqueros. “Manos Limpias”, “Caiga quien caiga” —gritan desde el balcón del Palacio—. Operaciones relámpago donde los corruptos caen como moscas... o como chivos expiatorios, según convenga. Prometen incautar los dólares fugados a paraísos fiscales, el oro retenido en Londres y hasta las migajas de Citgo. ¿Y para qué? Para devolverlo al pueblo en forma de electricidad, agua y salud. ¡Que Generosos!.


Venezuela vuelve a la carga con una Comisión Anticorrupción. Esta vez —dicen— es la definitiva, la implacable, la que pondrá fin a dos décadas de saqueos, desfalcos y monumentos a la incompetencia que decoran el paisaje nacional. Una especie de comité de redención patriótica, donde los mismos que firmaron los contratos investigan las razones espirituales por las cuales las obras nunca se terminaron.

Entre las primeras tareas: revisar por qué el Tren Tinaco-Anaco se quedó dormido en la estación del olvido, con más millones que rieles, o por qué la Represa de Tocoma Monto total invertido: Aproximadamente 9.000 millones de dólares. Aún no ha generado un solo megavatios, terminó represando solo los discursos y los dólares de los ministros en paraísos fiscales.

Otras obras fantasmas emblemáticas

Aquí van más ejemplos icónicos de megaproyectos pagados a precio de oro, pero varados en el limbo de los paraísos fiscales:


Y no olvidemos el joyero de la corona: el Tercer Puente sobre el Orinoco, ese coloso de $2.500 millones (¡triplicados en bolívares entre 2013-15!) que une Bolívar con Guárico en un avance patético del 69%. Hoy es un mirador perfecto para toninas saltarinas y peces multicolores —podrían bautizarlo "Bridge Park River World", un parque temático donde el dinero sí cruza fronteras, pero hacia Zúrich y las Caimán.

Cuarto Puente sobre el Lago de Maracaibo: Anunciado como salvación vial, con miles de millones evaporados en contratos. Hoy, solo pilares sumergidos que sirven de arrecife artificial para peces curiosos —costo estimado superó $1.000 millones, avance irrisorio.

Metro de Valencia (Línea 1 y extensiones): Prometido como pulmón subterráneo, pagado hasta el techo pero con estaciones fantasmas. Dinero suficiente para un safari urbano, pero los trenes nunca llegaron.

Hospital de El Vigía (Mérida): Estructura de acero oxidada, con 80% de avance físico pero quirófanos vacíos. Botado con fanfarria en 2015, presupuestado en cientos de millones que hoy nadan en offshore.

Aeropuerto Internacional de Santiago Mariño (Porlamar, Margarita): Terminal modernísima en planos, con pagos faraónicos a contratistas. Resultado: pista abandonada y palmeras creciendo en la "zona de embarque".

Estas obras son el pináculo del despilfarro: megaproyectos faraónicos con Odebrecht como contratista estrella, pagados hasta el último bolívar pero varados en un limbo de óxido y promesas. Obras costosas con Odebrecht al mando.


Sistema Ferroviario Nacional: Anunciado como columna vertebral del país, con miles de millones evaporados en rieles invisibles. Odebrecht firmó contratos por más de $3.000 millones; hoy, vías cubiertas de maleza donde solo pasan cabras.

Metro de Guarenas-Guatire: El "salvavidas" del transporte masivo mirandino. Pagado con $500 millones vía Odebrecht, pero las estaciones son mausoleos vacíos —un viaje al más allá sin boleto de regreso.

Línea 5 del Metro de Caracas: Promesa de descongestionar la capital. Odebrecht cobró cientos de millones por túneles que nunca se perforaron —ideal para un safari subterráneo de ratas.


Cerramos con la obra cumbre, la más publicidad . El Saneamiento del Río Guaire.

El espejismo del Río Guaire: un “SeaWorld revolucionario”

Entre las tantas promesas faraónicas del chavismo, el saneamiento del Río Guaire ocupa un lugar emblemático. Fue presentado por Hugo Chávez el 7 de marzo de 2005, con toda la épica mediática que caracterizaba a su gobierno. En aquel acto, el propio presidente —con Daniel Ortega como testigo y Jacqueline Faría, entonces ministra del Ambiente, como responsable directa— prometió transformar el pestilente cauce caraqueño en un “espacio de esparcimiento popular”.

El plan, respaldado inicialmente con más de 103 millones de dólares, se anunció como el inicio de una nueva era ecológica: el Guaire sería un balneario con aguas cristalinas, peces de colores y parques ribereños, un orgullo nacional que rivalizaría en su retórica con los grandes complejos turísticos del mundo, el “River World Spa" de la revolución bolivariana”, digno de compararse con los parques SeaWorld Parks & Entertainment.

Pero la historia, como tantas en la era del socialismo petrolero, terminó en corrupción, sobreprecios y abandono. Las obras fueron adjudicadas con participación indirecta de Odebrecht, protagonista de la red de sobornos que consolidó la alianza de negocios y poder entre Lula y Chávez bajo el paraguas ideológico del Foro de São Paulo. Hoy, dos décadas después, el Guaire sigue siendo el mismo río oscuro que atraviesa Caracas, convertido no en balneario, sino en símbolo del derrumbe moral y financiero del proyecto bolivariano.

 Habrá que preguntar también dónde están los cementos, los hierros y los dólares evaporados entre CADIVI, Cencoex y todo ese rosario de organismos que sirvieron, más que para administrar divisas, para democratizar el fraude con partida de nacimiento y sello húmedo.

Pero no se queden ahí: la nueva cruzada viene con nombres de película de vaqueros. “Manos Limpias”, “Caiga quien caiga” —gritan desde el balcón del Palacio—. Operaciones relámpago donde los corruptos caen como moscas... o como chivos expiatorios, según convenga. Prometen incautar los dólares fugados a paraísos fiscales, el oro retenido en Londres y hasta las migajas de Citgo. ¿Y para qué? Para devolverlo al pueblo en forma de electricidad, agua y salud. ¡Qué generosos!

Claro, que el pueblo ya sabe cómo termina la película. Los apagones diarios —157.000 solo en 2020, y contando en 2026— convierten las noches en rituales de vela. El agua no llega por tubería en la mayoría de los estados; hay que comprar cisternas o rezar por la lluvia. Salud: colas eternas por medicinas que no existen. Y los salarios mínimos, congelados en 130 bolívares (¡0,26 dólares!), en CERO absoluto para la canasta básica. Todo eso con los fondos “recuperados” que debían ser el maná del cielo. 

La Comisión promete llegar al fondo del asunto. Y vaya si lo hará: el fondo del barril, del presupuesto, del país. Tal vez descubra, entre expedientes y memorandos, que Odebrecht dejó un legado arquitectónico invisible, una red de estructuras místicas que solo pueden verse con fe bolivariana: puentes que cruzan hacia ninguna parte, túneles metafísicos y trenes que viajan al futuro —aunque nunca pasaron por aquí.

Mientras tanto, los nuevos comisionados posan en cadena nacional, serios, austeros, heroicos. Hablan de "transparencia", palabra que en Venezuela se usa con tanto fervor que ya casi no se ve nada. Afirman que se hará justicia y que ahora sí el país cambiará. Es probable: siempre cambia de manos





 


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