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lunes, 7 de septiembre de 2026

El consentido de Washington: El enmantillado de los mares embravecidos

 El consentido de Washington:  El enmantillado de los mares embravecidos



Dicen que Alejandro Betancourt nació enmantillado. En el folklore venezolano eso significa buena suerte; en la realidad, significa que el tipo tiene un manto invisible que lo protege cuando el mar se pone bravo. Lo han visto naufragar en escándalos de miles de millones y reaparecer, como Lázaro con corbata, en el centro del poder.

Del Tren Rojo al estrecho de Ormuz

Todo empezó con el Tren Rojo. No el de los ferrocarriles, sino el de la electricidad de emergencia: ese tren que, según los cálculos, debía costar 2.100 millones y terminó en una factura de 5.000. Derwick Associates, la empresa que Betancourt fundó antes de cumplir los 30, apareció como por arte de magia para instalar plantas termoeléctricas en medio de apagones nacionales. Doce contratos en catorce meses, sin licitación, con un sobreprecio que Transparencia Venezuela calcula en 2.900 millones.

Mientras el país se quedaba a oscuras, los “bolichicos” brillaban en la noche. Betancourt, hijo de pianista y bisnieto de un presidente del siglo XIX, aprendió rápido la partitura del poder: tocar las teclas correctas en el momento exacto.

Luego vino la caída: investigaciones, demandas, detenciones, titulares que lo pintaban como el villano perfecto. Pero el enmantillado no se ahoga. En 2026, reaparece como pieza clave del “mayor acuerdo petrolero de la historia” entre Trump y Caracas, con concesiones para perforar 17 campos y mover 65.000 millones de barriles.

Ahora, Betancourt no es solo el ex intermediario eléctrico: es el líder de North American Blue Energy Partners (NABEP), la empresa que hoy se presenta como la segunda mayor productora de crudo de Venezuela, con una producción superior a los 200.000 barriles diarios. De repente, el mismo nombre que olía a guiso eléctrico ahora huele a crudo y geopolítica.

Los Ayatolas, Ormuz y la nueva mina de oro

Aquí es donde la sátira puede dispararse, con lastre de realidad:

Betancourt, con su manto de buena suerte, se vuelve tan útil que hasta los ayatolás lo invitan a rezar por la estabilidad del Estrecho de Ormuz. Después de todo, el mismo hombre que intermedió en contratos eléctricos por 2.250 millones ahora negocia petróleo en un contexto donde Ormuz es el cuello de botella del crudo mundial.

Jonhy “Trump” Bravo, su mentor en el reality El Aprendiz: Petróleo y Poder, le encarga una misión secreta: negociar a nivel mundial los cálculos biliares de las reses en los mataderos del planeta. Resulta que esas piedritas verdes, más raras que un político honesto, son la nueva mina: más valiosas que el oro, el litio y el bitcoin juntos.

Betancourt, con su sonrisa de fixer, logra que los mataderos de Argentina, India y Brasil le vendan los derechos exclusivos a una empresa fantasma registrada en una isla que no aparece en Google Maps.

Los ayatolas, fascinados, prometen proteger los buques que transportan los cálculos por el Estrecho de Ormuz, a cambio de un porcentaje en “piedras sagradas”.

Washington, por su parte, declara que los cálculos biliares son “estratégicos para la seguridad nacional” y envía un portaaviones a custodiar el primer cargamento.

Todo suena absurdo, pero no más que la realidad: un empresario acusado de sobrefacturar 5.000 millones en electricidad ahora es el intermediario entre Trump y los hermanos Rodríguez para el petróleo, y su empresa NABEP bombea más de 200.000 barriles diarios mientras el país sigue a oscuras.

El fixer que cayó simpático

Lo más irónico es que, en medio de tanto escándalo, Betancourt logra caer simpático. A unos les cae bien porque “al menos hace algo”; a otros, porque representa la astucia criolla de sobrevivir en el caos. Es el personaje perfecto para una sátira: un tipo que puede estar en una foto con Delcy Rodríguez y, al día siguiente, en otra con los halcones de Washington, sin que nadie se explique cómo.

En una escena una  de El Aprendiz tipo reality show:

—Jonhy Bravo, con el pelo más naranja que nunca, lo mira a cámara y dice:

—“Alejandro, hoy no vas a construir una planta eléctrica. Vas a construir un imperio de cálculos biliares. ¿Aceptas el desafío?”

—Betancourt sonríe, se ajusta la corbata y responde:

—“Jonhy, yo no construyo imperios. Yo los enmanto.”

Y cierras con la moraleja: en Venezuela, nacer enmantillado no es solo folklore; es una ventaja competitiva en el mercado de la corrupción global.

jlrlinares@gmail.com 




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