¡Agúzate que te están velando!: El guaguancó de la “Ley del Odio” y su nuevo maquillaje
Por: El Cronista del Barrio
¡Vaya, mi gente! Súbanle el volumen a la radio y saquen la libreta, que hoy venimos con la salsa pesada, la que ruge en el solar y pone a temblar a los guapos de cartón. Como decía el gran Héctor Lavoe: "Todo tiene su final, nada dura para siempre", pero parece que en los pasillos de Miraflores el abuso no quiere vencerse. Hoy el son que nos tocan es el de la cacareada reforma de la Ley contra el Odio, por la Convivencia Pacífica y la Tolerancia. ¡Menudo título para un disco de terror!
Escuchar a Diosdado Cabello, a Delcy y a Jorge Rodríguez hablar de "misericordia, amor al prójimo y convivencia" es como escuchar a un lobo cantando el Ave María. Destilan tanta "compasión" en televisión que dan ganas de salir corriendo a revisar si todavía tienes el teléfono y la cartera en el bolsillo.
Esta ley es un calipso amargo. Si nos ponemos a buscar las partituras viejas de la historia, este ritmo ya se bailó en la Alemania de 1933 con la Volksverhetzung (la ley nazi para criminalizar la opinión) y su "Ley de Habilitación". Es el mismísimo arreglo musical: inventar normas sin el pueblo para meter al calabozo a todo el que piense distinto.
Pedro Navaja en el barrio de la censura
Como en la mítica crónica de Rubén Blades, hoy en Venezuela "la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida". El régimen sale con el diente de oro brillando, fingiendo una sonrisa con una reforma que supuestamente reduce penas de prisión por multas. ¡Por favor, no me hagan reír, que tengo los labios partidos! Eso es pura cosmética. Por más que disfraces al villano de caballero, sigue llevando el puñal bajo el gabán.
El fondo del asunto sigue intacto: la vía penal queda abierta con el fantasma de la "instigación al odio". En la práctica de este Estado fallido, el debido proceso se ahogó en el olvido. Hoy en día, por un chisme de esquina, una mirada incómoda o porque un uniformado te revise el teléfono y no le guste tu contenido, te aplican el libreto: terminas en la mazmorra acusado de terrorista. Como el caminado del desconfiado: ¡mira pa' un lao, mira pa'l otro y no ves a nadie!, así anda el ciudadano, cuidándose de las sombras.
Pablo Pueblo no odia, ¡exige!
Aquí es donde entra el verdadero protagonista de esta descarga: Pablo Pueblo. El mismo que llega a su casa "luego de un día de trabajo, para buscar la comida que no alcanza". Ese Pablo Pueblo que hoy cobra una miseria de pensión o un salario de hambre en la CVG no está destilando odio.
• ¿Odio es exigir un salario digno? ¡No, señor! Es justicia.
• ¿Odio es reclamar porque la luz se va doce horas al día? ¡Es supervivencia!
• ¿Odio es denunciar que no sale agua por el grifo? Es dignidad.
Gritar por el hambre y el colapso de los servicios públicos no es incitar al odio; es ejercer derechos constitucionales de expresión, reunión y participación. Pero claro, cuando eres minoría y tu única fuerza son las armas de la República, cualquier coro del pueblo te suena a rebelión.

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