LA RADIO VIBRA
Juan Linares Ruiz
Este cuento es una crónica de pueblo, de esos donde el tiempo se estira, las lluvias caen con razón mágica y las radioemisoras parecen más reales que el Estado. Me lo escribí hace años, como un recuerdo festinado de la infancia, el realismo mágico de los caseríos y la amargura del exilio interior que sufren muchos que van a la ciudad en busca de la vida y solo encuentran la oportunidad de ser deportados en el silencio de la ley.
La historia de Rufino Esteban, el niño de la centella, mezcla mito rural, superstición de vecindario y una radio que nunca llega a sonar en su pueblo. Es también una sátira suave sobre la burocracia, el aparato policial, la devoción por la tecnología y la idea de que el progreso, prometido año tras año, siempre se queda en el boletín oficial de la radio.
Lo publico hoy tal como lo escribí, con solo una ligera corrección de estilo y ortografía, para que no se pierda entre los papeles viejos. Aquí el horror no es espectacular, sino cotidiano: Rufino no pelea con el Diablo, sino con la estática, con la pobreza de ondas, con la burocracia y con ese poder latente que pulsa sin darle nada a cambio.
Que el cuento sirva de espejo suave para quien recuerde otra aldea, otro radio, otra ciudad que nunca lo escuchó, pero que lo siguió despidiendo como indocumentado.
Es un feliz acontecimiento el nacimiento de un nuevo ser, más aún si es el primogénito. Nació un hermoso varón, un día cualquiera de esos del calendario. Por cierto, su nombre fue elegido de acuerdo con el santoral del almanaque de los hermanos Rojas: le correspondió llamarse Rufino Esteban. Ese día era cuarto menguante y, en la hora misma del alumbramiento, ocurrió un eclipse anular de sol y se precipitó un torrencial aguacero. Reinaba la oscuridad en la habitación. La comadrona encendió una lámpara de kerosén, los quejidos de la madre anunciaban la llegada del niño y las descargas eléctricas se desprendían de las negras nubes. Fue un día tormentoso. El vecindario se alarmó: algo terrorífico parecía signar el nacimiento de ese niño.
Sus señas particulares eran muy llamativas: tenía los ojos negros y grandes, mucho pelo y un lunar rojo en la mejilla izquierda. Era larguísimo. Los vecinos comentaban que parecía hijo de El Silbón, ese espanto llanero que aterroriza por esos lados, un poco más abajo, en el llano amplio, porque la zona donde nos ubicamos es montañosa. El Silbón, espanto folklórico muy popularizado por el cantante llanero Rudy Chester, el mismo que cantaba Hey Jude.
Las lluvias de ese día, acompañadas de precipitaciones eléctricas, truenos, relámpagos y centellas, completaron el cuadro. Una de esas centellas cayó al lado de la casa de Rufino Esteban, partiendo y haciendo astillas una frondosa ceiba. Al instante entró un remolino de gran intensidad en la cocina, volteando ollas, sartenes y platos. Este hecho contribuyó a crear más alarma y recelo entre los moradores del lugar, que se acercaron a curiosear y a ver al niño Rufinito.
Asiclo, el padre de Rufinito, estaba ocupado en el corral de los cochinos porque, simultáneamente, paría una cochina: quince crías, y nacieron tres cochinitos con dos cabezas y seis patas. Día de gran acontecimiento. El padre de Rufino Esteban, muy alegre, brindó con sus vecinos con ron blanco El Recreo. El pavo que había en el solar fue sacrificado y hecho guiso; más tarde fue devorado con avidez por la decena de personas presentes. Muchos, al observar al recién nacido, se hacían la señal de la cruz. Otros, más supersticiosos, se persignaban al revés. Para unos era un enviado del cielo, con poder divino; para otros era algo que anunciaba señales de fin de mundo, un ser del averno, el anticristo. Todas esas especulaciones venían al caso por los fenómenos naturales ocurridos en el momento de la paridura de doña Antonia.
Para los muchachos de la época, en cambio, era algo normal: un compañero más para ir a bañarse a la quebrada o al río, y para caer en el conuco de Pedro Pablo a robar las dulces patillas. En el pueblo recién habían instalado la luz eléctrica en el centro, donde vivían los pudientes: el jefe civil, el alcalde, el dueño del expendio de medicinas, la iglesia y la casa cural, los dueños de ganado y el club social donde se divertían los adinerados jugando dominó y barajas. Para los campesinos y el resto de los mortales quedaba la diversión de las bolas criollas en los dos bares del pueblo.
Las noticias del nacimiento de Rufinito corrieron como pólvora por el pueblo y los caseríos circunvecinos. Unos la contaban como algo normal; la gran mayoría, como una revelación celestial o diabólica. Hasta el párroco del pueblo se alarmó y pidió que lo llevaran a la casa del recién nacido. El sacristán, que tenía una bicicleta, montó al sacerdote en el manubrio. Gran esfuerzo del sacristán, que tuvo que subir las lomas a pedal limpio para llegar a la casa de Rufino Esteban; el cura estaba excedido en algunos kilitos.
El párroco, al observar al niño, lo halló normal: un hijo de Dios más. Bendijo el nacimiento de esta nueva criatura del universo y, para congraciarse con los progenitores, Asiclo y Antonia, se comió media pechuga de pavo y la asentó con una totuma de caña blanca. El sacristán del pueblo, que a la vez era monaguillo, mayordomo de la casa cural y padrino de casi todos los muchachos del pueblo —y del que muchos parroquianos malpensados llegaban a decir que, en varios casos, era padrino de sus propios hijos—, no se quedó atrás: degustó la molleja del pavo y también se tomó una porción de licor blanco.
Los comentarios continuaron por muchos días porque, además del nacimiento de Rufino Esteban, las lluvias, los fuertes vientos y las tormentas eléctricas hicieron que se desbordara el río. El agua arrasó con los conucos y los sembradíos de sus márgenes y muchos ranchos fueron destruidos por las inundaciones.
Después de lo sucedido, en muchas casas colocaron cruces de palmas benditas en las puertas, para alejar las malas influencias y los malos espíritus. Fue pasando el tiempo, como pasa en los pueblos tristes: nadie se muere, todo parece perpetuo y eterno. Era un gran aburrimiento para el sepulturero. Las casas de adobe y bahareque, con techo de palma, tomaban la coloración de la tierra, rojiza como el onoto, porque no llovía nunca, con la excepción del día en que nació Rufino Esteban.
Rufino compartía sus días infantiles entre el conuco y la escuela. En las tardes se bañaba en la poza azul de la quebrada cercana a su casa. Era obediente, pero inquieto, y demostraba una inteligencia excepcional para el trabajo agrícola.
En su bautizo se repitió la historia muy común en el pueblo: el sacristán fue el padrino porque no se presentó don Severiano, el dueño del bar, que se había enfermado de jaqueca y notificó su ausencia faltando dos horas para la ceremonia. La madrina fue la lavandera Juanita.
El encargado del acto bautismal fue el padre Juan. La iglesia lucía limpia y una suave fragancia se transmitía por todo el salón. Las flores recogidas por Rufino en la montaña impregnaban cada rincón: lirios y jazmines se destacaban entre todos los aromas. El padre Juan era propietario de una gallinera, porque el costo de un bautismo era una gallina, las únicas propiedades de esos pobres feligreses.
Con el padrino, el niño aseguraba un real de pan diario que este compraba en las bodegas del pueblo. Dos cuentas de pan que don Pepe repartía cada día a sus ahijados. Así Rufinito aseguraba todas las mañanas sus panes y, con una totuma de café aguarapado, completaba su desayuno antes de irse a la escuelita rural. En la casa todo podía faltar, menos el real de pan, que llamaban “los benditos” por provenir del ayudante del cura.
Rufino Esteban fue creciendo y llegó hasta sexto grado, con muy buenas calificaciones. Era aplicado y decidido. Hasta ese nivel llegaba la escuelita.Rufino Esteban, mozalbete y lleno de sueños y esperanzas, dedicó sus días al conuco, a la siembra del maíz y de la yuca. La yuca no se daba de muy buena calidad porque la tierra era reseca. Los ruidos de las chicharras lo llenaban todo. El sol lo quemaba todo. El calor ahogaba. En ese ambiente transcurría el trabajo diario de Rufino, a tiempo completo.
Todos los vecinos reconocían que, como por arte de magia, todo en el pueblo había mejorado desde el advenimiento de Rufino. En las tardes, al finalizar sus labores, se dirigía a la poza azul. Antes de bañarse, se contemplaba en las aguas pensando en su futuro. Su mente era un mar de confusiones, pero poco a poco fue perfilando la idea de irse a la ciudad. Estaba maravillado por las historias y las innovaciones tecnológicas de las que le hablaba su padrino.
Su padrino le contaba cosas grandiosas que había visto en unas revistas que mensualmente le enviaban al padre Juan desde la capital. Allí se describía un instrumento llamado radio, donde hablaba y cantaba la gente. Ese aparato pequeño impresionó profundamente a Rufino Esteban. También hablaban de grandes pájaros con motores que volaban, donde viajaban muchas personas a otros países: los aviones. Otra maravilla eran unos cajones donde se veían imágenes de personas, ciudades y cosas, llamados televisores. En las revistas aparecían, además, mujeres hermosas y voluptuosas.
En una de sus conversaciones con el padrino-sacristán, Rufino dijo:
—Padrino, yo me voy para la ciudad, para conocer todo ese mundo, y tal vez tenga la oportunidad de conocer ese gran pueblo que dicen que queda en Norteamérica. En la ciudad está la vida.
Don Pepe, taciturno, respondió:
—Rufino, eso de la ciudad es la perdición para muchos. Tú no estás hecho para enfrentar ese reto.El ahijado replicó:
—Me voy, padrino. Aunque sea con un radio regreso al pueblo.
Rufino Esteban, mozo y lleno de sueños, preparó su viaje. Vendió las gallinas, dos cochinos y varios sacos de maíz y yuca. Se despidió de sus padres y de su padrino, y pidió la bendición al cura. Sus padres, llorosos, le desearon toda la suerte del mundo.
La espera del autobús en la carretera negra tardó por lo menos dos horas. Al fin, Rufino se marchó para enfrentar el difícil reto de vivir en la ciudad: extraña, inhóspita para el forastero y el provinciano, más aún para un muchacho de pueblo.
Después vinieron las calamidades y las penurias. Vivió debajo de los puentes y durmió en plazas públicas. En muchas ocasiones fue acosado por las autoridades policiales y, en otras, por los delincuentes. Los cuerpos policiales realizaban constantemente redadas y operativos de seguridad llamados Plan Unión y Plan Ciudadana. Los agentes del orden siempre actuaban con violencia:
—¡Manos a la pared! ¡Cédula de identidad en la mano! ¡Constancia de trabajo y fe de bautismo!
En varias oportunidades se salvó. Al que detenían en esas redadas y no tenía los documentos exigidos le aplicaban la Ley de Vagos y Maleantes, oficio muy desconocido para Rufino.
Pasó el tiempo. Un día más, de tanto caminar y buscar trabajo, comprendió que su sexto grado no lo ayudaba mucho. En todos los puestos exigían bachilleres. Ni los poderes divinos que le atribuían en su pueblo servían de nada. No valían su fuerza, su dureza ni la intuición que reflejaba su humanidad.
Al final logró un trabajo de caletero en el mercado de las pulgas. Ganaba poco, pero ya tenía un propósito claro: lo primero que haría sería comprar un radio para lucirlo en las esquinas del pueblo, escuchando a todo volumen las canciones rancheras de Pedro Infante y José Alfredo Jiménez, y la música venezolana de Loyola, Reinaldo Armas y Adilia Castillo. También sonarían en su receptor las voces de otros mundos: Culture Club, Laura Branigan, Marilyn Manson, John Lennon y las Hermanitas Calle.
No se perdería ni un solo capítulo de la radionovela de mamá Dolores, seguiría las aventuras y romances de Albertico Limonta, su héroe preferido, junto con las hazañas de Martín Valiente e Iron Man. Todos los días en la mañana se acercaba a un quiosco para escuchar la radionovela. El dueño del puesto le contó todos los capítulos anteriores con lujo de detalles, para que el recién llegado se actualizara en las aventuras y romances de la historia.
Antes de conseguir el trabajo de caletero, Rufino ayudaba al dueño del quiosco en la venta de empanadas, tequeños y jugos de parchita y papelón con limón. También ofrecía quincallería para diversificar las ventas. Abelardo, el dueño del quiosco, fue una bendición para él: le dio alojamiento en el depósito de la mercancía, lo que además le servía al propietario porque Rufino hacía de vigilante nocturno.
Al recibir sus primeras cuatro pagas como caletero, cumplió su sueño: se compró el ansiado radio, marca RCA Víctor, la mejor del mercado. También se compró un sombrero tejano. Sus primeros sueños se habían cumplido: ser propietario de un radio.
Cómo deseaba estar en su pueblo para que lo ex vieran parado en las esquinas, escuchando la música y las radionovelas, rodeado de muchachas y amigos. Su radio tenía un cuidado y mantenimiento diarios, como si fuese una criatura delicada y poderosa a la vez.
Nunca falta una primera vez. Un viernes por la tarde, después de concluir el trabajo, los compañeros de Rufino lo invitaron a un bar llamado El Ojo de Vidrio. Allí había varias mesoneras y el ambiente era animado. Rufino, entusiasmado, no pudo resistirse a contar su historia, desde el día de su nacimiento, agregándole un poco de fantasía para llamar la atención de los presentes.
Contó cómo las gallinas buscaban acomodo en las ramas de los árboles cuando el eclipse solar dejaba todo en penumbras. Habló de la centella, de los presagios y del miedo del vecindario. Entre copa y copa, narraba su larga historia de vida, con algunas exageraciones y la picardía campesina propia de su pueblo.
Cuando mencionó la centella que partió el tronco de la ceiba, dijo que el impacto convirtió a las gallinas en polvo, y que solo se salvó el pavo que dormía en la mata de chaparro, aunque para nada, porque al final fue sacrificado y la mayor parte se la comió el padre Juan junto con el padrino-sacristán.
En los años que vivió en su pueblo, la gente le decía que tenía que encontrar la piedra de la centella, porque esa sería su suerte o su desgracia. Los ancianos la describían como una piedra negra y redonda, un objeto misterioso que aparecía, según las leyendas, veinte años después de la tormenta. Rufino se aferró a esa creencia, reforzada por las historias de pueblo, caseríos y vecindarios que se escuchaban de un extremo a otro de la geografía.
Por eso, su empeño por hallar la piedra de la centella, su piedra filosofal, se volvió una gran preocupación. Pero también estaba orgulloso: en la ciudad había conocido el cine, las mujeres, los licores, el televisor, y en muchas tardes se iba hasta el aeródromo a contemplar los aviones que despegaban, aterrizaban y surcaban raudos el cielo, rompiendo las nubes y el silencio con sus potentes motores. Sus anhelos y deseos parecían cumplidos: era dueño de un potente radio RCA Víctor.
Años después, cuando había ahorrado algo de dinero y tenía por fin su radio en las manos, decidió regresar al pueblo, a su viejo caserío. Su idea era pasar solo unos días en el terruño y luego volver a la ciudad.
Compró regalos: un molino de maíz para su madre, una máquina de afeitar Gillette para su padre, un rosario de perlas plásticas para el párroco y, para su padrino el sacristán, un diccionario de latín forrado en cuero, para que lo estudiara y superara al cura en el oficio de la misa.
Llegó muy bien vestido: un conjunto de kaki color beige, marca Ruxton, un llavero de color chocolate, un sombrero de pelo de guama y unas botas de vaquero, de esas que usa John Wayne en las películas. Y, por supuesto, su inseparable radio RCA Víctor. Lucía unos lentes fotocromáticos como los de Sammy Davis.
Del terminal de la ciudad al pueblo eran dos días de carretera, y para llegar al caserío tenía que hacer el último tramo en lomos de bestias: burros o mulas subiendo la serranía que lo separaba del pueblo.
La llegada del hijo de Asiclo y Antonia causó un gran revuelo en el caserío. Pero pronto se presentó un problema grave que lo sumió en tristeza y honda melancolía: sus sueños se esfumaron. Las ondas hertzianas no llegaban hasta ese pueblo porque la potencia irradiada de las emisoras de la ciudad no se captaba en una zona tan apartada. Rufino buscó desesperado en los diales de onda corta, onda larga y FM, pero no lograba sintonizar nada, solo ruidos. No había joropos, ni rancheras, ni cumbias, ni la radionovela El derecho de nacer, que estaría en sus capítulos finales. Por las cornetas del radio no salían voces, solo estática.
Se encontró con otra novedad: su padrino, el sacristán, y el cura tenían un problema laboral. El párroco había llamado la atención del señor Pepe porque tenía más de tres días con los santos desnudos; los había desvestido para mandar a lavar la ropa con la comadre Antonia. El padrino, por su parte, había declarado una huelga exigiendo reivindicaciones y prestaciones sociales. Llevaba más de cuarenta años laborando en la iglesia. El padre Juan, calculando la deuda, llegó a la deducción de que ni vendiendo la iglesia y los santos alcanzaban los reales para pagarle a Pepe.
Muchos mal pensados y chismosos regaron voces de que el problema era un lío de faldas, que las diferencias en el clero no eran solo de dinero. Pero las cosas volvieron a la normalidad cuando Rufino conversó con ambos. Entraron en razón y la iglesia recuperó la paz perpetua.—¡Qué bien está Rufino! —decían sus vecinos.
—Luce como todo un patiquín —opinaban los viejos del caserío.
Las muchachas casaderas le metían el ojo, y él las piropeaba y galanteaba como Juan José cuando volvió de la gran ciudad.
Pero su mala suerte era no poder sintonizar ninguna emisora, y se le metió la idea de encontrar su talismán, la piedra de la centella. Creía que esa era la causa de que su radio no se escuchara. Para buscarla, preguntó e indagó con todas las personas que estaban cerca de su casa el día de su nacimiento. No había mucho que investigar, porque el tronco de la ceiba donde dormían las gallinas seguía allí, chamuscado por el rayo eléctrico.
Su papá, Asiclo, lo ayudó a excavar. Trabajaron dos días, tres días, una semana. Ya habían abierto un gran hueco, y la tierra salía húmeda. Rufino se sentía agotado y sin aliento, pero ya se acercaban a la roca sólida que se encuentra a gran profundidad. Después de muchas conversaciones con los viejos del lugar, estos le aconsejaron que desistiera de la búsqueda de su talismán.
Desilusionado y desesperanzado, aceptó la derrota. Ni la piedra de la centella, ni la señal de las emisoras. De tanto encender el radio, se le habían agotado las baterías alcalinas, y eso que había traído consigo una remesa de pilas de repuesto.
Su padrino, el sacristán, le contó un día que, colocando una antena de gran altura, podría captar emisoras con su radio. Ya su lenguaje no lo entendían en el pueblo, porque solo hablaba de bandas de 19.31 y 50 metros, de kilohercios, de megahercios, de ondas hertzianas, de FM, de dial, de SW, de YWQZ, de CQKW, de vatios de potencia y de muchas palabras técnicas de electricidad y electrónica.
Un día, Rufino no aguantó más. Ya había agotado todas las alternativas al alcance de su mano para hacer sonar su radio. Se decidió a marcharse a la ciudad en busca de la antena y de más pilas para su artefacto. Al llegar, contó a todos sus conocidos sus peripecias en el pueblo.
Continuó en su trabajo de caletero por varios meses, ahorrando dinero para terminar de cumplir su feliz sueño. En la metrópoli, sus amigos le explicaron que para oírse en pueblos muy apartados de las grandes ciudades, las emisoras tenían que aumentar su potencia en vatios. Les envió cartas a los dueños y directores de las emisoras para que aumentaran la potencia de sus estaciones radiales.
Estos, amablemente, le respondieron que era un proyecto que estaba en estudio, que debían realizar un estudio de mercado en la región, que dependía de si el presupuesto alcanzaba y de si lograban los dólares preferenciales. Las solicitudes de dólares se estaban tramitando en la oficina de CADIVI, y las diligencias las adelantaba un gestor de nacionalidad china. Si lograban los recursos, la instalación de antenas y el aumento de potencia serían una realidad. Cosas de meses, explicaron los ingenieros y técnicos de las emisoras.
Todo ese proyecto estaba enmarcado en el desarrollo sustentable del país y en la idea de llevar la tecnología a todos los rincones de la geografía nacional. Era el clamor de la sociedad civil. Los dueños de las emisoras luchaban por llevar a la civilización los adelantos científicos que significaba la radio, porque la gente necesitaba estar bien informada, oír las novedosas radionovelas románticas y de aventuras que estaban causando furor en las ciudades.
Habían ocurrido cientos de suicidios de jovencitas cuando descubrieron el terrible secreto de que Albertico Limonta no era hijo de mamá Dolores con Nacho Amundarain, sino de Ligia Elena y el trompetista. Eran historias arrancadas de la vida misma, que día tras día arrancaban lágrimas y llantos de las damas y de algunos varones que lo simulaban muy bien. Las emisoras de radio, en el género de las novelas, se peleaban por el rating y por tener, en forma exclusiva, al escritor de novelas Salvador Cabrujas, el escritor que llega al corazón de las mujeres.
Decepcionado, pero con grandes esperanzas en las gestiones y respuestas de los radiodifusores, Rufino decidió marcharse a su lugar natal. Compró su pasaje en autobús en la Línea La Rápida, llegó temprano al terminal de pasajeros del Parque Central. En un descuido, unos amigos de lo ajeno lo asaltaron: se llevaron la antena, la cartera y el radio.
Un poco más tarde, cayó la redada policial.
—¡Cédula de identidad! —gritó un funcionario—. Constancia de trabajo, fe de bautismo…
Rufino intentó explicar que lo acababan de robar, que sí tenía documentos, que era caletero, que venía del pueblo. La policía no le creyó, lo llevó detenido por indocumentado, lo reseñaron en la oficina de identificación y al siguiente día lo enviaron a la oficina de extranjería. Allí le entregaron diez bolívares “para sus gastos de viaje”, lo montaron en un autobús con cincuenta y seis colombianos y lo enviaron a Cúcuta.
Después de dieciocho horas de viaje llegaron a la frontera. Los guardias nacionales, con la misma naturalidad con la que revisaban mochilas, le dieron unos planazos y se llevaron los diez bolívares que le habían dado. Rufino sollozaba en silencio. Era infeliz, indocumentado y sin radio. Se cumplían los temores y presagios de un niño que había sido feliz en su infancia, y ahora se sentía un extraño en dos tierras.
En el autobús viajaba un radio encendido a todo volumen. Rufino escuchó un boletín oficial, su propio epílogo narrado con una fanfarria escandalosa:—El gobierno nacional informa que, continuando con la política de austeridad y democracia con energía prometida durante la campaña electoral, y en el marco de la profilaxis social, han sido enviados a su país de origen cincuenta y siete indocumentados colombianos. No están registrados ni empadronados por la DIEX, no tienen oficio conocido, y, con estos operativos, se alivia el pago del servicio e intereses de la deuda externa.
—Seguiremos informando —gritó el locutor, con fanfarria de fondo.—No se aparten de nuestra sintonía —dijo, como en un regate final.
Para rematar su mala suerte, Rufino oyó la cuña radial:—¡La radio es un poder la-ten-te! ¡Vibre con la radio!Y ahí iba Rufino, vibrando sin radio, sin papeles y sin país, entre la bulla de unas ondas hertzianas que nunca llegaron a su pueblo.
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