Venezuela 2026: un país entre el agotamiento interno y la prudencia internacional, donde nadie se atreve a derribar lo que aún sirve para negociar.
“En Venezuela no caen gobiernos, se desvanecen lentamente, como los cartelones de una propaganda que el sol borró antes que la historia.
El país que ensayó su caída. Dicen que los imperios no aprenden historia: la reciclan. Y Venezuela, que alguna vez fue potencia petrolera, se convirtió en campo de pruebas diplomáticas donde los laboratorios del mundo experimentan con paciencia forense. Aquí no hace falta invadir con tanques; basta con un comunicado ambiguo, una licencia comercial y tres reuniones secretas en alguna capital “amistosa”.
El poder tropical descubrió la fórmula de la eternidad: obedecer discretamente al enemigo mientras sigue jurando que lucha contra él. Y la oposición liberal, con 90% de respaldo electoral y capacidad para mover masas, espera como un fantasma tutelado: su presencia depende del permiso de Washington, que prefiere la estabilidad petrolera antes que una transición democrática. El simulacro de la resistencia. La llamada unión cívico-militar, ese Frankenstein de discursos, se comporta como un vendedor de seguros: sonríe, promete protección y firma todo lo que le pongan si la prima es en divisas. Los generales envejecen custodiando pozos petroleros, no la soberanía; y los ministros repiten consignas que suenan a programa de radio mal sintonizado.Mientras tanto, las calles —esas que alguna vez soñaron revolución o libertad— ahora venden empanadas con billetes reciclados. El pueblo aprendió que en Venezuela la épica no alimenta, y la agitación cuesta más que el almuerzo. Nadie marcha por ideales, sino por gasolina.Los amos del tablero. En algún despacho elegante, un asesor extranjero hojea mapas de la Faja del Orinoco con el mismo interés con que un sommelier evalúa un vino añejo. Sabe que el país no va a derrumbarse del todo; necesita quedarse medio de pie, lo suficiente para producir y demasiado débil para exigir.
Así, entre sanciones calibradas y frases de “transición ordenada”, la tragedia venezolana se administra como una concesión minera. Cada espacio se negocia: un pedazo para los inversionistas, otro para los militares, y migajas emocionales para los sobrevivientes.El arte de fingir estabilidad. El actual gobernante ya no necesita discursos; le basta con dejar pasar el tiempo. A veces parece más un conserje del poder que un presidente. Su tarea no es gobernar, sino asegurar que nada se mueva demasiado. De tanto obedecer a todos, terminó pareciendo neutral. Y los que lo detestan desde fuera también lo necesitan: porque representa el tipo de autoritarismo rentable que no dispara sin permiso ni firma sin supervisión.
Epílogo de la ironía.
La líder liberal, convertida en holograma con respaldo masivo, sigue causando pánico sin estar presente. Cada tanto, resurge como rumor, tuit o epístola espiritual, mientras sus dirigentes aprenden a resistir dentro de prisiones o aeropuertos. Sus creyentes fieles aún repiten su nombre en voz baja, como una contraseña para acceder al futuro —si Washington lo permite.Y el país sigue ahí, entre apagones, sin agua, billetes inútiles y nuevas alianzas energéticas. Los mismos militares que juraron morir por la revolución ahora comparten whisky importado con los técnicos del pragmatismo global. Afuera, los grandes inversores sonríen: la estabilidad llegó, aunque huela a resignación.Porque, al fin y al cabo, Venezuela no fue invadida. Solo fue administrada.
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