Crónica del Tribunal Supremo de Macondo: Donde los títulos universitarios nacen por Inteligencia Artificial y los Alquimistas usan betún
Venezuela ha logrado lo que ningún país nórdico, con todas sus riquezas y calefacciones subvencionadas, ha podido siquiera soñar: erradicar el analfabetismo profesional. Aquí ya no quedan obreros; según los últimos listados, en la administración pública hay más Doctores en Derecho que ciudadanos de a pie. Macondo se quedó pendejo. Hemos entrado oficialmente en una dimensión donde el Realismo Trágico y el Realismo Mágico se fusionaron en una sola obra de teatro burlesco, financiada con el hambre de los jubilados y transmitida en vivo para las principales plataformas de streaming.
La escena actual es digna de una novela de Gabriel García Márquez, pero reescrita por un libretista de comedia barata. La Asamblea Nacional (y lo que sea que quede del ecosistema interino) se encuentra en plena faena de "selección y escogencia" de los nuevos magistrados del Tribunal Supremo de Justicia (TSJ).
El proceso, según el sagrado Artículo 264 de nuestra Constitución —la carta magna más violada del planeta, donde lo único que se respeta con devoción religiosa son los "artículos transitorios" que duran una eternidad—, debería ser un despliegue de pulcritud institucional: convocatoria pública, preselección ciudadana, filtro del Consejo Moral Republicano (un oxímoron maravilloso) y votación en la plenaria.
REQUISITOS FORMALES PARA SER MAGISTRADO (Según la Ley Orgánica)
1. Ser ciudadano de honorabilidad comprobada y probidad intachable.
2. Poseer un título de Doctorado en Ciencias Jurídicas.
3. Haber ejercido la abogacía o la docencia durante un tiempo mínimo.
4. (Requisito Oculto): Haber sido, al menos, alguacil, payaso de circo, saltimbaqui del PSUV o "ex "Watchman" nocturno de un calabozo.
Pero al abrir las listas de postulados, los jurisconsultos del país sufrieron un síncope. Aquello no es un listado judicial; se parece más bien a las antiguas y extintas Páginas Amarillas de la CANTV, donde estaba registrado hasta el perro de la vecina. Una marea interminable de nombres donde conviven maromeros del partido de gobierno, "líderes sin gente" y la fauna colorida de los diputados "Alacranes" de la AN, listos para avalar, con el entusiasmo de quien recibe un bono de alimentación, cualquier plan que los hermanos Rodríguez saquen de la manga.
El clímax de este realismo mágico-trágico ocurrió esta semana cuando se prendió la "San Pablera" en las redes y pasillos judiciales. Resulta que la factoría de Delcy tenía preparada una jugada maestra: colar a Indira Urbaneja en los cargos más altos del Poder Público. La presentaron con bombos y platillos como "Doctora en Derecho".
¿La duda metódica? Nadie sabía dónde había estudiado la susodicha. Se activaron las alarmas: ¿Se graduó por clases online? ¿Le otorgó el título una Inteligencia Artificial en una noche de delirio digital? Al final, se descubrió el entuerto: la doctora de Schrödinger se inscribió como en dos universidades, pero olvidó el pequeño detalle de cursar las materias. Nos querían meter gato por liebre —o mejor dicho, bachiller por Fiscal General o Defensora del Pueblo—.
R Si esa lista sigue su curso sin auditoría, no se extrañe usted si mañana aparecen como Doctores en Jurisprudencia Luis Ratti, Bernabé Gutiérrez, José Brito o cualquier influencer de TikTok que se coló a última hora en el Comité de Postulaciones. Al fin y al cabo, para firmar sentencias exprés no se necesita saber de leyes, basta con saber firmar.
Ante este panorama de comedia dramática, al venezolano de a pie sólo le queda elevar una plegaria al cielo:
"Te lo pedimos, Señor: alumbra el entendimiento de estos diputados con las lámparas de betún del mismísimo alquimista Melquíades. Y que las fuerzas místicas del norte —llámense Marco Rubio, Donald Trump o la mismísima Dinorah Figuera desde su exilio de papel— manden a parar esta genialidad de los Rodríguez".
No es para menos la angustia. Recordemos que a uno de estos magistrados "tapa amarilla" nos lo tenemos que calar en el trono judicial por unos eternos 12 años... esto, por supuesto, si no se les ocurre la brillante idea de inventar la "reelección indefinida del juez", porque en el teatro del absurdo venezolano, las funciones nunca terminan y el público siempre paga la entrada con sus costillas.

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