ÉRASE UN PAÍS DONDE TODOS ERAN DOCTORES (Inspirado en Italo Calvino y el Fenómeno Hemphill del Siglo XXI)
Por: La Inteligencia de la Comarca
PARTE I: LA COMARCA DE LOS TÍTULOS POSTALES
En la lejana comarca de Valdivia, un territorio atrapado entre las páginas de los viejos catálogos de correspondencia, existía una ley universal: para ser alguien en la vida, no hacía falta estudiar, sino completar la colección de folletos mensuales que traía el cartero.En Valdivia, el sistema era perfecto y funcionaba en un círculo de absoluta armonía burocrática. Por las mañanas, un habitante corría a la oficina postal del pueblo a pagar 60 monedas de plata por el folleto número cuatro. Por las tardes, ese mismo habitante le vendía un certificado de treinta páginas impresas a su vecino de la izquierda para justificar un tratamiento médico o una sentencia judicial. Al anochecer, el vecino de la derecha le vendía a él un diploma de postgrado en "Leyes del Cosmos" para recuperar las 60 monedas. Como el dinero y los pergaminos giraban en redondo, nadie sabía nada, pero todos eran ilustres. Nadie perdía, todos se llamaban "Doctor" y la ignorancia vivía en perfecta paz social.
En el centro de esta comarca destacaba una distinguida ciudadana de nombre Caryslia de Valdivia. Ella no era una estudiante cualquiera; poseía la velocidad de un rayo postal. Mientras los antiguos sabios de la comarca tardaban cinco años de vigilia y encierro para escribir una sola tesis doctoral, Caryslia lograba acumular cuatro doctorados y tres postgrados en lo que duraba un cambio de estación meteorológica.Cuando el cartero llegaba a su despacho en el Tribunal Mayor, no traía cartas de amor ni de cobro, sino sacos de lona repletos de folletos de la Hemphill School del Siglo XXI. Bastaba con que Caryslia firmara el recibo de entrega, pagara el arancel de las 60 monedas y, automáticamente, el ujier de la corte colgaba un nuevo marco dorado en la pared. Sus tesis —portentosas obras de arte de diez páginas preliminares, diez de introducción y diez de conclusiones idénticas— eran aprobadas antes de ser redactadas por los mismos directores de la escuela epistolar. El gran misterio de Valdivia era el paradero de la ciencia producida. ¿Dónde reposaban aquellas monumentales tesis doctorales de Caryslia y sus colegas magistrados? El Gran Estatuto de la comarca obligaba a que todo el conocimiento fuera resguardado en los tres pueblos históricos de la periferia:
En el Pueblo de los Archivos Olvidados: En las catacumbas bajo la iglesia del pueblo, se apilaban miles de folletos con portadas de colores. Allí reposaba el primer doctorado de Caryslia, justo al lado de los manuales de «Cómo reparar radios a transistores en tres lecciones» y «Medicina Integral en quince minutos». Nadie abría jamás esos folletos, porque leerlos habría roto el hechizo de la titulación automática.
En la Villa de los Tomos Invisibles: En este pueblo montañoso, las bibliotecas universitarias tenían los estantes completamente vacíos. Cuando un inspector extranjero preguntaba por la tesis de Especialización en Seguridad de la magistrada, el bibliotecario sonreía y señalaba el aire con el dedo: "Están guardadas en la Gran Nube del Correo" —decía—. Eran tesis tan avanzadas y etéreas que el ojo humano no estaba capacitado para ver sus treinta páginas de contenido.
En el Puerto del Olvido: Un pueblo costero donde los barcos llegaban cargados de papel en blanco y zarpaban llenos de diplomas con sellos de cera roja. En sus almacenes salobres se guardaban los folletos finales de la UCSAR y la UBV. Cada vez que subía la marea, el agua borraba las pocas líneas escritas en los trabajos de grado, purificando el sistema para que la siguiente promoción de magistrados pudiera presentar exactamente las mismas treinta páginas el mes siguiente. El sistema de Valdivia era inquebrantable... hasta que un buen día, un hombre venido de las viejas Universidades Autónomas llegó a la comarca. Este hombre cometió una terrible excentricidad: decidió quedarse en su casa a leer libros de verdad, de esos que no venían por correspondencia y cuyas tesis tomaban cinco años de investigación. Cuando el cartero pasó por su puerta a ofrecerle el folleto de "Astronauta Exprés por 60 dólares", el hombre honesto dijo: "No, gracias. Prefiero estudiar".
A partir de ese instante, la armonía de Valdivia se desmoronó. El director de la escuela que esperaba cobrar las 60 monedas del hombre honesto se quedó sin dinero. Como no tenía dinero, no pudo comprarle el folleto de "Magistrado en Derecho Procesal" a Caryslia. El círculo perfecto de la ignorancia recíproca se rompió. Unos pocos empezaron a darse cuenta de que los diplomas eran solo papel para envolver pescado, y otros descubrieron que los médicos del pueblo no sabían distinguir un hueso de una raíz.Para evitar el desastre y proteger a los ilustres, las autoridades de Valdivia tomaron una decisión salomónica: nombraron al hombre honesto "Doctor Honoris Causa en Asuntos Inútiles" por correspondencia, le enviaron su folleto obligatorio a la fuerza y decretaron que, a partir de ese día, quien osara leer más de treinta páginas en una tesis sería desterrado para siempre al mundo de los que sí trabajan. Y así, la comarca volvió a la normalidad: todos siguieron siendo doctores, nadie supo jamás curar una enfermedad ni redactar una ley justa, pero los carteros se volvieron los hombres más ricos del país.
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