La metamorfosis de las rockolas: El nuevo manual de taxonomía política
De cómo la dirigencia opositora experimentó una transformación express para adoptar el tono, la retórica y el refinado desprecio por el ciudadano común que tanto criticaban del oficialismo.
El ser humano es capaz de adaptaciones asombrosas. La psicología social suele llamar a esto "disonancia cognitiva", pero en el ecosistema político venezolano lo conocemos llanamente como metamorfosis express. No deja de ser un espectáculo fascinante ver cómo el barro de las botas y la indignación popular desaparecen en tiempo récord en cuanto un dirigente opositor roza las alfombras rojas de Washington o los salones climatizados de Miraflores. El cambio de look y el sastre de diseñador son comprensibles —el ego exige estar a la altura textil de la puesta en escena—, pero lo que verdaderamente estremece es la adopción quirúrgica de la retórica, el tono y el profundo desprecio por el ciudadano común que caracteriza al régimen de los Brothers Rodríguez.
El microchip del pragmatismo musical y el coro alacrán
Es aquí donde emerge la gran metáfora de nuestro tiempo: la conversión de la dirigencia en una rockola ideológica. Ya no estamos ante un cuerpo deliberante de representantes populares, sino ante dispositivos electrónicos intercambiables. Al diputado de turno se le extrae el chip del mandato original y se le introduce un microdispositivo con el pensamiento del contrario. El resultado es acústicamente perfecto: por la ranura posterior, los Brothers introducen la ficha del pragmatismo y la máquina comienza a reproducir, de inmediato, la melodía oficial del poder.
Lo más divertido de esta sinfonía es la asombrosa coincidencia de coros. Da igual si el vocero es el alacrán mayor, Bernabé Gutiérrez, o si habla el mismísimo Jorge Rodríguez —autoproclamado de facto como "El Rey del Dilate"—, o si el comunicado proviene de la mesa de negociación de la AN 2015 (esa suerte de Guaidó versión 3.0). En la voz de su jefa actual, rebautizada por la sabiduría popular como "Demora" Figuera, el guion es idéntico: "las elecciones solo ocurrirán cuando haya un CNE legítimo y nosotros estemos facultados para decidirlo". Traducido al cristiano: las elecciones presidenciales se convocarán el día en que la rana eche pelo y el sapo baile tap. Las instrucciones del Palacio se cumplen en esa mesa con una puntualidad suiza.
Aplaudidores de fábrica vs. auténticos burócratas
Ante semejante nivel de mimetismo y sincronización musical, uno no puede evitar una reflexión económica y logística: ¿Para qué gastar tanto presupuesto en viáticos internacionales, hoteles de lujo y asesores refinados para la gestión de "Demora" Figuera, si al final el resultado discursivo va a ser idéntico al de la acera del frente? Si el objetivo del Rey del Dilate era poblar la mesa con autómatas, habría sido mucho más orgánico y barato nombrar directamente a los claques de fábrica. Operadores ruidosos como José Brito, Luis Ratti, Carvajalino, Roi López, Indira Urbaneja o Jorge Arreaza habrían hecho exactamente el mismo trabajo de coro, con la enorme ventaja de que ya vienen programados de origen y no requieren el costo de simular una dignidad que la rockola electrónica desecha al primer cambio de frecuencia.
Pero la cumbre de esta metamorfosis ha alcanzado la cúspide de la burocracia del absurdo con la creación del Departamento de Taxonomía Penal. En un despliegue de soberbia que parece extraído de las páginas más oscuras de George Orwell, este sector de la oposición se ha tomado la atribución de redactar un manual para clasificar quién es un "Preso Político" legítimo y quién no. Desde la comodidad de un café madrileño o un despacho blindado, se dictamina el valor de la libertad ajena con la frialdad de un burócrata de aduanas.
Nuevos delitos y un pueblo "como plancha 'e chino"
Bajo esta nueva escala de méritos penitenciarios, si un ciudadano de a pie, un activista comunitario o un testigo electoral termina en los calabozos por el simple atrevimiento de cuidar los votos de las primarias o militar en las organizaciones que respaldan a María Corina Machado, la rockola parpadea en rojo y arroja un veredicto implacable: Categoría inválida. Delincuente común o imprudente electoral. Para la Mesa, la inmensa mayoría de los perseguidos actuales no califica para el estatus VIP del cautiverio. Pareciera que están listos para inventar nuevos delitos en el código penal de la sumisión: "Conspiración por conteo manual de actas" o "Terrorismo por portación agravada de esperanza".
Mientras las rockolas giran y los negociadores brindan con sus caros trajes, en la calle la realidad es otra. El pueblo llano no es tonto; está como plancha de chino: caliente y acumulando presión. La gente ya conoce el truco de la música prestada. Si esta comedia de enredos tuviera una banda sonora real, no sería la melodía sumisa de la rockola, sino la clásica salsa brava de rebeldía popular. Una letra como la de "Plantación Adentro" de Rubén Blades y Willie Colón, que le recuerda a los capataces de turno que el sufrimiento de los de abajo no se borra con discursos solemnes, o el grito de "Pueblo Latino" de Héctor Lavoe, exigiendo la unión y el cumplimiento de un destino que los burócratas de la Mesa pretenden seguir dilatando.
Al final, la sátira se queda corta. Como en la escena final de Rebelión en la granja, el ciudadano venezolano mira hoy a través de la ventana del salón de negociaciones. Pasa la mirada de Jorge Rodríguez a Bernabé, de Bernabé a Dinorah Figuera, y de vuelta al opresor original; pero a estas alturas del concierto, ya es absolutamente imposible distinguir quién es quién.
jlrlinares@gmail.com

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