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martes, 13 de octubre de 2026

La obscenidad del pensamiento: Agujeros negros y gallineros verticales

 La obscenidad del pensamiento: Agujeros negros y gallineros verticales

Por Juan Linares





El intelecto humano sufre de una alarmante miopía geoespacial. En las academias del Norte Global y en los congresos de vanguardia científica, se destinan miles de millones de dólares a financiar debates abstractos sobre física cuántica, la composición de los agujeros negros o la alarmante advertencia de que al Sol «solo» le quedan unos 50 millones de años de existencia. Es una ciencia cómoda, limpia y segura. Discutir sobre el fin del sistema solar o el metaverso no incomoda a ningún banco, no cuestiona los presupuestos del G8 ni amenaza el libre comercio. Mientras tanto, con los pies hundidos en el barro de un planeta exhausto, los problemas del hambre y el ecocidio del Arco Minero son tratados como molestas notas al pie de página.

Esta desconexión entre la teoría de élite y las urgencias terrenales encuentra su versión más cínica y caricaturizada en el modelo político venezolano, que este mes de octubre de 2026 ha alcanzado su clímax de realismo mágico en los pasillos de Europa.

Roma no cree en conucos: El discurso de la FAO

Mientras las potencias se refugian en la abstracción cósmica, la delegación oficial venezolana acudió al Foro Mundial de la Alimentación de la FAO en Roma. En la plenaria de un evento cuyo lema es «Innovar hoy. Alimentar el mañana», se pretendió revivir la herencia teórica del llamado "Comandante Galáctico", cuyo gran aporte científico para la seguridad agroalimentaria de la nación se resumió en dos grandes quimeras de balcón:

• Los gallineros verticales: Una ocurrencia urbana que pretendía sustituir la producción agroindustrial de proteínas por jaulas de subsistencia familiar en los bloques de cemento.

• Los conucos escolares: El diseño actual de sembrar 20 plantas de yuca y 10 de plátano en los patios de escuelas públicas desmanteladas, pretendiendo que la improvisación micro-familiar sustituya el financiamiento agrario crónicamente ausente.

Ante jefes de Estado y delegaciones internacionales, el discurso oficial afirmó sin pestañear que Venezuela avanza en su soberanía mediante el "Plan Venezuela Alimenta". Intentar alimentar a una matrícula escolar entera a base de conucos sin fertilizantes ni presupuesto es el equivalente político a soplar un huracán. Es la mentira institucionalizada ante la ONU para ocultar que el salario de los trabajadores no cubre la canasta básica y que la distribución real depende de la beneficencia distópica del CLAP y los oscuros negocios de importación de Alex Saab.

La ilusión de TikTok: De la panacea de Walmart al protectorado comercial

El colapso de la soberanía alimentaria también se alimenta de ilusiones digitales. Tras los acontecimientos del pasado 3 de enero de 2026, cuando la intervención militar estadounidense capturó y trasladó a Nicolás Maduro a Nueva York, las redes sociales se inundaron de una ola de desinformación masiva. Los buscadores de likes en TikTok y otras plataformas viralizaron videos asegurando que el regreso de Donald Trump significaría el desembarco inmediato de megacadenas de supermercados como Walmart y el consecuente abaratamiento de la comida. El venezolano, desesperado por pensar en cómo alimentarse, llegó a creer en la llegada de una abundancia extranjera empaquetada. 

La cruda realidad es que Washington no trae anaqueles llenos de libre mercado benévolo; viene a cobrarse el coste de oportunidad. Bajo la mirada del secretario de Estado, Marco Rubio, el histórico acuerdo petrolero firmado con el gobierno interino de Delcy Rodríguez asegura el control estadounidense sobre más de 65.000 millones de barriles de reservas de crudo. El propio Trump ha sacado pecho en sus mítines afirmando que «el petróleo está fluyendo a borbotones» y que ya se han extraído miles de millones de dólares en recursos. Trump parece haber encontrado su propio "Cashea" geopolítico: se lleva el oro y el petróleo de inmediato, pero le impone al país la obligación de gastar esos ingresos de forma exclusiva en comprar productos manufacturados y agrícolas estadounidenses, pagando en "cómodas cuotas" de ayuda condicionada que el pueblo jamás ve reflejadas en sus salarios ni en su felicidad cotidiana. 

La "Línea Cotidiana": El verdadero Ministerio de Alimentación

El contraste más lacerante de esta retórica internacional no está en las estadísticas del Norte ni del Sur, sino en las cajas registradoras. Mientras los políticos en Roma y Washington firman macroacuerdos energéticos millonarios, la realidad del venezolano común se sigue financiando en cuotas quincenales a través del sector privado.

Ante un poder adquisitivo pulverizado, la empresa privada ha tenido que salir al rescate mediante plataformas de crédito como Cashea y su recién expandida Línea Cotidiana. Hoy en día, el venezolano no come gracias a las políticas agrarias de la FAO ni a los convenios petroleros de la Casa Blanca; come porque tiene que pagar una inicial del 50% o 60% en el supermercado o la farmacia de la esquina para poder llevar arroz, harina o antibióticos, empeñando el ingreso de las siguientes semanas. Mientras el Estado legisla una nueva Ley de Economía Local para centralizar lo que queda de producción, el ciudadano de a pie sobrevive gracias a un modelo de "compre ahora y pague después" aplicado a la subsistencia biológica. 

Dos formas de evadir la tierra

El mundo actual se debate entre dos formas de cobardía intelectual:

1. La del Norte Global, que prefiere mirar a las estrellas, calcular la densidad de un agujero negro o preocuparse por la jubilación del Sol para no asumir el coste de oportunidad de sus billonarios presupuestos militares y sus intervenciones energéticas de extracción. 

2. La del régimen venezolano, que maquilla sus cifras ante la FAO, presenta el colapso de plantas termoeléctricas como Tacoa como una fatalidad sísmica y pretende resolver el desabastecimiento crónico con recetas de agricultura de supervivencia, mientras entrega los recursos del sur de forma preferencial.

El hambre no es una fatalidad astronómica ni un problema de falta de calorías en el planeta; es una decisión política. Seguir discutiendo sobre la extinción solar en millones de años mientras la población tiene que pedir un crédito privado para cenar hoy bajo la sombra de un protectorado petrolero, no es ciencia: es una profunda obscenidad.






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