¡CUÁNTO DIERA YO POR UN REINADO!
Crónicas del Gran Remate Estigio y la Claque Mutante
PROLOGO CÓMICO: El Black Friday Antimperialista
Caracas, 2026. La matemática revolucionaria ha alcanzado su cúspide cuántica. En un giro magistral de soberanía económica, la vanguardia gobernante ha descubierto que la mejor manera de derrotar al imperio es inundarlo con petróleo regalado. Mientras el mercado internacional fija el barril de crudo Merey en unos estables 65 dólares, la audacia patria ha decidido liquidarlo a precio de liquidación de almacén: ¡a tan solo 19 dólares el barril!
La claque oficialista, apostada en el altar de la patria con sus boinas impecables y guayaberas de lino importado, aplaude a rabiar hasta que les sangran las palmas. '¡Un genocidio financiero contra Wall Street!', grita un diputado con tres relojes inteligentes en la muñeca izquierda. 'Les estamos quitando el mercado obligándolos a aceptar un regalo'. Los economistas clásicos se jalan los cabellos, pero la doctrina es clara: si el enemigo compra barato, se debilita con la comodidad.
ACTO I: El Fango Estigio de 8° API
En el inframundo, la geografía clásica ha sufrido una actualización tecnológica. La mítica Laguna Estigia ya no es de agua estancada; ahora es un pantano denso, hirviente y pestilente de crudo extrapesado de la Faja, a duras penas diluido para simular movimiento. En medio de este fango de azufre y petróleo, Karl Marx trata de limpiarse las barbas impregnadas de betún bituminoso.
—¡Esto es una perversión de la teoría! —brama Marx, hundiéndose hasta las rodillas—. ¿Dónde está la plusvalía? ¡Están vendiendo la materia prima por debajo del costo de extracción socialmente necesario! ¡Están financiando el confort burgués de la cúpula con el sudor del proletariado!
A su lado, Vladimir Lenin, con el cuello de su abrigo raído por los ácidos estigios, sacude un ejemplar arrugado de 'El Estado y la Revolución'.
—¡Peor que eso, Karl! —responde Lenin—. No son revisionistas, no son reformistas... ¡son agentes inmobiliarios con chequera! Cambiaron la dictadura del proletariado por la dictadura del bodegón y el SUV blindado. ¡Míralos arriba, aplaudiendo la entrega como ovejitas sumisas ante el lobo feroz!
Fidel Castro, fumando un tabaco hecho de azufre puro que no se apaga con el petróleo, exhala un humo gris azulado:
—Chicos, no entienden la táctica. Estos tipos no tienen ideología, ni patria, ni bandera. Su única doctrina es el billete verde, el confort de alta gama en Miami o Madrid, y mantener el poder al costo que sea. Sacrificaron el manual por el jacuzzi.
ACTO II: El Banquillo de los Dictadores de Verdad
Más allá del fango, en un tribunal de arquitectura kafkiana con pasillos que terminan en paredes de roca viva y burócratas que sellan formularios en blanco eternamente, se encuentra el Círculo de los Dictadores. Sentados en un banquillo de hierro oxidado, tres figuras observan las pantallas que transmiten en vivo las sesiones de la Asamblea nacional venezolana.
Pol Pot, ajustándose sus lentes de intelectual de la selva, suspira decepcionado:
—Qué blandengues. Qué falta de carácter. Yo vacié las ciudades, abolí la moneda y destruí la civilización para imponer la pureza agraria. Estos muchachos hablan de socialismo mientras revisan la cotización del dólar en el celular y entregan los pozos petroleros al primer postor imperialista.
Kim Jong-un, comiendo caviar estigio de un envase de oro, asiente con la cabeza pesada:
—Exacto. Yo tengo a todo un país aplaudiendo porque les tengo misiles apuntando a la cabeza y un control absoluto del átomo. Estos de aquí tienen una claque que aplaude porque les pagan los viáticos en divisas. Son unas ovejitas que le temen al lobo feroz de las sanciones, y en cuanto entra un elefante americano en su cristalería, le limpian las botas y le ofrecen los muebles.
Adolf Hitler, compartiendo el mismo banquillo con expresión de profunda amargura, interrumpe con su característico tono histriónico:
—¡Es una vergüenza técnica! Yo destruí continentes enteros basándome en una locura destructiva y totalitaria. Pero estos... estos destruyen la economía de su propia nación no por una ideología de supremacía, sino por una comisión del 10% en una cuenta numerada. ¡Es un ultraje al arte de la tiranía!
ACTO III: La Transmutación Cromática de la IA
En el escenario principal del teatro oficial, la escenografía es un monumento al exceso totalitario: todo es de un rojo rojito ensordecedor. Las pantallas LED proyectan consignas de 'Patria y Venceremos' mientras Jorge, Delcy y Diosdado (este último balanceando un mazo de plástico inflable que emite un chillido cómico cada vez que golpea el podio) ensayan sus discursos.
—¡Camaradas! —exclama Delcy con voz vibrante—. ¡El compromiso histórico está sellado! Hemos salvado a la patria de Bolívar entregando los contratos de operación directa. ¡Un sacrificio supremo en el altar de la revolución!
De repente, los altavoces del teatro emiten un chirrido estrepitoso. La Inteligencia Artificial que controla las pantallas sufre un glitch sistémico. Las luces rojas parpadean con violencia y, en cuestión de microsegundos, la escenografía muta por completo. El rojo desaparece, devorado por una marea de luces azul brillante, blanco níveo y barras rojas corporativas. Una lluvia automática de confeti con la silueta exacta de billetes de 100 dólares inunda el recinto.
La claque, entrenada para aplaudir cualquier estímulo luminoso, no duda un segundo. Al ver aparecer en el escenario virtual las figuras gigantográficas de Donald Trump y Marco Rubio, los aplausos estallan a rabiar. Las palmas suenan como ametralladoras de adulación.
—¡Viva el libre mercado soberano! —grita un aplaudidor de primera fila, confundido pero entusiasmado—. ¡Trump es la reencarnación de Hugo Chávez en su fase corporativa y de alta gama!
Al fondo del escenario, la pantalla gigante de IA despliega en letras de neón parpadeantes una frase que sepulta siglos de retórica:
«¿CUÁNTO DIERA YO POR UN REINADO?»
Trump, descendiendo de un yate digital que navega sobre el fango estigio, sonríe a la cámara, levanta el pulgar y exclama hacia el público enfervorizado:
—¡Un regalo increíble, de verdad! El mejor Black Friday de mi vida. Sesenta y cinco dólares en Nueva York, pero Delcy me lo deja en diecinueve. ¡Hagamos a la Faja grande otra vez!
ACTO IV: La Lucha Prolongada del Arco Minero
Mientras la claque celebra el remate petrolero, en un rincón más oscuro del fango, Diosdado toma el micrófono inalámbrico para justificar la siguiente fase de la soberanía extractivista. Detrás de él, mapas satelitales muestran el Arco Minero del Orinoco transformado en un queso suizo de proporciones bíblicas.
—La estrategia es clara, camaradas —explica Diosdado con una sonrisa cínica—. Para mantenernos en el poder y continuar la lucha prolongada contra el capitalismo, debemos aplicar la táctica de la tierra arrasada... pero cobrada por adelantado. Cada campo petrolero, cada pozo, cada hueco de mina en el Arco Minero del Orinoco debe ser entregado estratégicamente. Si el imperio quiere oro, se lo vendemos al precio de la arena; si quiere coltán, se lo envolvemos para regalo. Eso sí, las regalías van directo a nuestro fondo de resistencia en Suiza. ¡Patria, dólares y venceremos!
La claque, con los ojos fijos en la lluvia de confeti verde que todavía cae del techo, vuelve a estallar en vítores, celebrando la entrega de los recursos naturales como si fuera la mismísima batalla de Carabobo.
EPÍLOGO: El Balance Contable de Caronte
Lejos del ruido de los aplausos y los discursos de tarima, en la orilla más fría de la laguna de azufre y crudo Merey de 8° API, se encuentra Caronte. El viejo barquero ya no viste harapos mitológicos; ahora lleva un traje de tres piezas de alpaca italiana, un sombrero de ala corta y una tableta electrónica de última generación donde registra los movimientos contables de la jornada.
Caronte ajusta sus lentes de montura de titanio y revisa el libro de pases en dólares. Ya no acepta óbolos de plata de la Grecia antigua; la burocracia moderna exige divisas convertibles de curso legal.
—Veamos el balance del día —murmura el barquero con una sonrisa gélida mientras desliza el dedo por la pantalla táctil—:
Pases VIP (Línea Roja-Rojita): 150 altos funcionarios transportados en botes con motor fuera de borda. Tarifa premium por equipaje pesado (maletas Louis Vuitton repletas de efectivo y lingotes del Arco Minero). Total recaudado: $4,500,000.
Descuento Corporativo (Paquete Trump-Delcy): Derechos de navegación para tanqueros fantasmas transportando Merey a $19 el barril. Comisión por hacerse de la vista gorda ante el azufre. Total recaudado: $12,300,000 en cuentas de custodia.
Tasa de Penalización por Ideología Obsoleta: Cargos adicionales aplicados a Marx, Lenin y Castro por quejarse en exceso durante el trayecto y salpicar la barca con crudo extrapesado. Total recaudado: $350,000 (pagados bajo cuerda por la propia claque para que no los dejen volver a subir).
Caronte cierra la aplicación contable, mira hacia el horizonte de fuego, azufre y torres de perforación oxidadas, y suelta una carcajada seca que resuena en todo el abismo:
—¡Qué gran negocio es la revolución! Al final del día, todos estos teóricos del comunismo puro y sus herederos pragmáticos terminan pagando la misma tarifa. La única diferencia es que los modernos me pagan con los mismos dólares que le sacaron al imperio vendiendo su propia tierra. Definitivamente, en este infierno, el único soberano soy yo.


Excelente creatividad, ingeniosa manera de recurrir a personajes históricos para hacer más propia la narrativa. Magnífica sátira.
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