El último pececito del Arco Minero
El aire en la celda de Brooklyn era denso, pesado, con un olor a salitre y a metal fundido que le recordaba al Aracataca de la infancia, pero con el frío neoyorquino colándose por los barrotes. Frente al crisol, el Coronel Aureliano Buendía, Comandante General de las fuerzas revolucionarias y el hombre que alguna vez hizo temblar al régimen conservador con 32 levantamientos armados, pulía con paciencia de santo un pececito de oro. El material no era de las minas locales; le llegaba de contrabando, en valijas diplomáticas, extraído directamente de las venas abiertas del Arco Minero de Macondia.
A su lado, su sobrino Arcadio lo miraba con una mezcla de desconcierto y resignación.
—Treinta y dos guerras, tío —suspiró Arcadio, espantando una mosca que parecía extraviada en el invierno estadounidense—. Treinta y dos guerras perdidas para terminar expropiado por la Bananera Fruit Company y extraditado a Brooklyn.
El Coronel no levantó la vista del yunque. Sus ojos, que habían visto los fusilamientos más célebres de la historia, parecían fijos en un punto invisible del pasado.
—Perdí treinta y dos guerras, Arcadio, es verdad —dijo el Coronel con voz de trueno apagado—. Pero me faltó imaginación. Nosotros nos batíamos a duelo por el honor y los principios de la patria. Nos faltó la astucia de Nicolás. Ese sí que tiene el récord: más de cien magnicidios inventados. Cada vez que quería meter preso a un panadero o a un poeta en Macondia, anunciaba un atentado con drones de papelillo o veneno invisible. Solo lo supera su mentor, el viejo Fidel, que pasó de los miles siempre culpando a la CIA. La paranoia, sobrino, es una industria más rentable que el café.
Arcadio se sentó en un banquito de madera, cruzando las piernas.
—Pues la paranoia de los herederos nos está costando la vida, tío. En Macondia ya no hay salarios dignos ni pensiones que alcancen para comprar un kilo de yuca. El pueblo se muere de hambre, pero los reales vuelan. ¿Sabe en qué se va el dinero que manda Donald Trump para la supuesta liberación?
El Coronel esbozó una sonrisa amarga, sin dejar de soldar las escamas de oro.
—¿En fusiles? ¿En barcos de guerra?
—¡Qué va! —exclamó Arcadio con desprecio—. Se va en la Peregrinación por la Paz y Venezuela Libre de Sanciones. El otro día montaron un concierto de ocho tarimas en la base aérea de La Carlota. Gastaron millones. ¿Y sabe quién fue? Nadie. Ni un alma. Solo revoloteaban mariposas rojas sobre el asfalto vacío. Una ausencia total. Mientras tanto, la casta de la interina y sus acólitos viajan en comitivas reales a Granada, Barbados y los Países Bajos. Hoteles de cinco estrellas, viáticos de jeques árabes... una plataforma propagandística para promocionarse, pagar cabilderos en la Casa Blanca y financiar los abogados de los que ya están guardados aquí en Brooklyn. Una maquinaria corrupta y represiva que hace milagros para no soltar la teta del poder.
El Coronel soltó las pinzas. El pececito brilló bajo la luz fluorescente de la prisión.
—En Macondia siempre ha sido fácil saquear la patria —dijo Aureliano—. Los que más se golpean el pecho cantando el himno son los primeros que le meten la mano al bolsillo. Alí Babá y los cuarenta ladrones se quedaron pendejos al lado de estos muchachos vestidos de rojo.
—Son 170 mil millones de dólares desaparecidos, tío —añadió Arcadio, consultando unos papeles amarillentos—. Y ahora Delcy quiere refinanciar el saqueo. Destruyeron PDVSA, quebraron el país y pretenden hipotecar otra vez el futuro para seguir alimentando a las mafias. Dicen que es una "reestructuración", pero hasta los ciegos ven que es la legalización del robo más grande de nuestra historia. Nos dejan la deuda a nosotros y ellos se quedan con las ganancias.
—El realismo mágico de nuestro pueblo, Arcadio, es que somos capaces de marchar por nuestros propios verdugos —sentenció el Coronel, volviendo a su tarea—. Mira el caso de Alex Saab. El tipo sobrefacturó 27 mil millones de dólares vendiendo cajas y bolsas de comida podrida para el pueblo. Alimentos en mal estado que enfermaron a media población, y como premio lo nombraron Ministro de Industria y Producción Nacional. Pero lo más fantástico no es eso. Lo más macondiano es que obligaron a la escuálida militancia a salir a la calle con pancartas y pintar murales que decían Free Álex Saab, como si fuera un héroe de la independencia o un santo de altar.
—Bueno, el heroísmo le duró poco —ironizó Arcadio—. Al "diplomático" lo acaban de deportar otra vez a Estados Unidos. Ya debe estar por llegar a una celda vecina.
El frío del dolor y las armas imaginarias
El Coronel suspiró, y por un momento el tintineo del oro cesó. Un silencio sepulcral inundó el taller improvisado.
—¿Y las mazmorras, Arcadio? —preguntó el Coronel con una gravedad que helaba la sangre—. ¿Todavía queda la esperanza de que se vacíen esos sótanos de terror?
—Esa es la condena perpetua de Macondia, tío —respondió Arcadio, bajando la mirada—. Si usted pudiera escuchar lo que yo escucho... Es el frío de dolor de Úrsula Iguarán, multiplicado en centenares de madres que deambulan por las plazas, clamando por la libertad de sus hijos. Hijos que no eran soldados, ni conspiradores, sino muchachos que salieron a la esquina.
Arcadio se levantó y caminó hacia la pequeña ventana de la celda.
—Están presos por la paranoia de un ministro de mente afiebrada. Un hombre que confunde los viejos fusiles Máuser de sus guerras, tío, con un misil teledirigido Tomahawk. Para ese ministro, un traquitraki navideño o un simple cohete de fiesta patronal es una bomba GBU-57A/B Massive Ordnance Penetrator, un arma de destrucción masiva diseñada para perforar el búnker de su propio miedo. Viven en un delirio bélico donde un estudiante con una pancarta es una amenaza nuclear.
El Coronel Aureliano Buendía negó con la cabeza, recordando sus propios días de arbitrariedad militar, aunque aquello superaba cualquier código de guerra conocido.
—¿Y la justicia de Macondia? —preguntó de forma retórica.
—¿Justicia? —Arcadio soltó una carcajada amarga—. Siempre hay un fiscal solícito, con la pluma afilada y el alma vendida, dispuesto a acusar a cualquier inocente que la guardia arrastre a los tribunales. Inventan expedientes como quien escribe novelas de caballería. Ahora les dio por hacer razzias cazando a cualquiera que sea "catire", que tenga el pelo claro o hable con un acento extraño. Los detienen en plena calle para exhibirlos en televisión y decir que capturaron a peligrosos terroristas extranjeros enviados por el imperio para destruir los acueductos y los puentes de Macondia. Un circo de tres pistas donde los payasos tienen uniformes y los inocentes llevan las esposas.
El Coronel Aureliano Buendía guardó silencio pececito de oro terminado, una joya perfecta hecha con el sudor y la sangre del Arco Minero, destinada a ser vendida para comprar más olvido.
—Qué tristeza y qué amargura, sobrino —concluyó el Coronel, mientras el eco de las sirenas de Nueva York se mezclaba con el recuerdo de la lluvia de Macondia—. Obligar a un pueblo con hambre a pedir la libertad de un delincuente que, mientras encierran a sus hijos por el delito de existir, solo demuestra una cosa: aquí en el norte o allá en el sur, los tiranos siempre terminan cerca de sus jefes, compartiendo el mismo patio de prisión, mientras el pueblo sigue pagando la fiesta que nunca disfrutó.








