lunes, 6 de abril de 2026

Crónicas de Macondia

 Crónicas de Macondia: El Circo de los Relojes de Oro y el Pueblo de Barro

 Redacción de "La Verdad Inexistente"


Llegan los dirigentes en camionetas de alta gama, blindadas contra la realidad, vestidos a la moda con marcas del imperio que tanto dicen odiar y luciendo el brillo insultante de sus Rolex en muñecas que jamás han cargado un bulto. En la plaza, el pueblo espera bajo un sol que no perdona. Es una concentración convocada bajo caución: el que no asiste se arriesga a perder la bolsa de alimentos o los beneficios que llegan de forma esporádica. Allí, la gente sin luz, sin agua, frente a hospitales sin insumos ni médicos, escucha el mismo guión de hace un cuarto de siglo. El líder, lozano y perfumado, truena desde el estrado contra el "saqueo", el "bloqueo" y la "corrupción de los apátridas", mientras asegura que ellos se sacrifican por la verdad. Todo esto, bajo la sombra del Magnánimo Jefe Rojo que se fue, pero que —según el libreto— sigue alumbrando desde el más allá el camino de una Patria que solo los jerarcas parecen disfrutar.


La Arqueología del Desastre: Ingeniería de la Edad de Piedra


Este "sacrificio" de la cúpula se traduce, para el resto de Macondia, en una regresión técnica sin precedentes. El ejemplo más obsceno es el colapso del acueducto principal, donde un derrumbe obstruyó un túnel vital dejando a dos estados sumidos en la sequía. Pero en Macondia no hay máquinas modernas, ni topadoras, ni tuneladoras de precisión. El régimen ha desplegado una "epopeya" de picos, palos, martillos eléctricos remendados y pequeñas bombas de agua que parecen de juguete ante la magnitud del desastre.

No hay ingenieros hidráulicos ni equipos conocedores de la materia; el conocimiento ha sido exiliado y sustituido por la lealtad ciega. Los "analfabetos del saber" ocupan los puestos técnicos, creyendo que la hidráulica se resuelve con consignas y que el lodo se moverá por pura voluntad ideológica. Es la desprofesionalización convertida en política de Estado.


El Circo de los Nefastos y la Eutanasia Social

En Macondia, el gobierno ha convertido la gestión en un show mediático. Es un circo sin pan donde gobernantes sin conocimiento desfilan ante las cámaras para inaugurar escombros o celebrar reparaciones que se caen a la semana siguiente. Mientras ellos viven la Dolce Vita Revolucionaria, el país atraviesa una silenciosa Eutanasia Social. Se deja que los servicios públicos mueran por "causas naturales" para que el ciudadano, agotado de buscar agua en envases o comida entre la retórica, no tenga fuerzas para cuestionar la mitomanía del poder.


El Slogan de la Resistencia (al Sentido Común)


El fervor ha llegado a tal punto que el himno oficial de esta miseria planificada se repite como un mantra: "Con hambre, desnudo y sin empleo, con el Gran Jefe me resteo". Es la victoria final de la mentira aprendida: el seguidor absorbe el mensaje de que la culpa es siempre de un "Imperio" externo o de una "iguana" saboteadora, mientras sus líderes brillan en el televisor con relojes que cuestan más que la reconstrucción del acueducto.

El Destino Final

Al final del día, los victimarios regresan a sus búnkeres de cristal con aire acondicionado, convencidos de que son piezas de un tablero cósmico manejado por fuerzas superiores que los harán eternos si obedecen el guión al pie de la letra. En Macondia, la verdad es un delito y la ignorancia es una virtud gubernamental. Mientras el país se apaga, los únicos que mantienen la luz encendida son los diamantes en las manos de quienes mandan sobre las ruinas.

Nota del autor: Este relato es una sátira, pero cualquier parecido con la realidad de los últimos 27 años no es coincidencia, es el resultado de un guion diseñado para que el espectáculo nunca termine, aunque el público se muera de sed. Hechos de Realismo Mágico en los estados Sucre y Nueva Esparta.

miércoles, 1 de abril de 2026

La bodega de los rojos rojitos

 "En la esquina de La Campiña hay una bodega muy especial: vende petróleo por Telegram, acepta pagos en criptomonedas y tiene deudas con medio planeta. Así funciona PDVSA, la tienda socialista más cara del mundo… y también la más quebrada" 



Venezuela ya no es un país petrolero: es una bodega con gerente militar, proveedores chinos y fiadores en criptomonedas. Lo que antes fue la segunda empresa petrolera más poderosa del planeta —según Petroleum Intelligence Weekly— hoy sobrevive como tienda de barrio donde los precios cambian más rápido que el discurso de un ministro.

Todo empezó cuando Hugo Chávez decidió “rescatar la soberanía energética”. El resultado, años después, es una PDVSA convertida en pulpería del socialismo del siglo XXI: sin inventario, sin cuentas claras y con empleados que venden petróleo como si fueran empanadas. Las bodegas de antaño tenían libreta de fiados; en cambio, esta guarda sus cuentas en billeteras digitales, anotadas con seudónimos y emojis de bandera roja.

En la sede de La Campiña, Caracas, lo primero que se ve al entrar es el clásico cartel: “Hoy no se fía, mañana sí”. Los bodegueros revolucionarios lo han reinterpretado magistralmente: no se fía al pueblo, pero sí se descuenta petróleo entre 20 y 40% a clientes “amigos” en alta mar. Decorando las paredes, un retrato gigante del difunto y otro del vivo, como santos patronos del petróleo perdido.

Al frente del mostrador, los chinos pescan contratos, los iraníes discuten los precios del crudo como si hablaran de dátiles, y los rusos presentan sus “ofertas estratégicas” con el entusiasmo de quien vende vodka de contrabando. Los cubanos —los más veteranos— solo observan y anotan, mientras exigen su cuota de petróleo para mantener la revolución encendida, aunque sea con mechero.





La “bodega rojita” tuvo su tiempo de bonanza. Vendían tanto que hasta los delivery surtían buques. Pero, como en todo negocio sin control, se perdió la cuenta. Nadie sabe quién vendió, quién cobró ni quién se quedó con los vueltos. Por eso, cuando estalló el escándalo de los 30 mil millones de dólares extraviados, no hubo sorpresa. Era cuestión de calendario, no de casualidad.

El dinero —según versiones de pasillo con olor a oro y perfume de Las Mercedes— terminó transformado en Ferraris, apartamentos de lujo, casinos, cirugías estéticas y criptomonedas. La frase “oro negro” pasó a tener otro sentido: ahora brilla en los aretes de las “muñecas PDVSA”, aquellas influencers del socialismo que publican desde yates con filtros rojitos y mensajes de amor al comandante eterno.

Cuentan que el caos llegó a tal punto que desde La Habana enviaron una comisión. El mismísimo Papá Raúl quiso saber quién cerró el grifo sin avisar. En su informe, el G2 detectó que “el árabe encargado de la bodega” estaba tramando quedarse con todo el negocio. Una traición más grave que quedarse con los reales: intentar robar sin pasar por el partido.

Y fue ahí cuando el festín de los corsarios petroleros empezó a oler a quemado. Los enredos entre jerarcas, militares y testaferros reventaron como burbuja de champaña mala. El régimen fingió indignación, habló de una “cruzada anticorrupción” y metió preso a un par de peones. Pero el pueblo, que ya conoce el libreto, sabe que aquí no se castiga la corrupción, sino la desobediencia. Si robas, comparte; si no compartes, te delatan.

Mientras tanto, los boletines oficiales proclaman eufóricos: “¡Venezuela se arregló!” Y en cierto modo, sí. Hay burbujas, bodegones, nuevos restaurantes y camionetas de lujo. Lo único que falta es salario, electricidad y esperanza. El país se arregló, pero como en las bodegas viejas: pintaron la fachada, pusieron luces nuevas, y los precios triplicaron.

PDVSA pasó de producir más de tres millones de barriles diarios a apenas 700 mil. El resto se evapora entre descuentos solidarios, trueques de ideología y pérdidas sin factura. En cada esquina del país, un pensionado hace cola esperando el bono milagroso de tres dólares. En cambio, los dueños de la bodega petrolera celebran su prosperidad en los casinos de Las Mercedes o en las playas privadas de Margarita.

Porque en este país, la economía funciona como las bodegas del siglo pasado: los clientes deben, el dueño se queja, el cuaderno se pierde… y al final siempre sale ganando el bodeguero. Solo que ahora el bodeguero usa reloj suizo, habla de criptos y jura ser socialista.

Así que cuando vea por allí un cartel que diga “Hoy no se fía, mañana sí”, recuerde algo:

en la bodega de los rojos rojitos, el mañana nunca llega… pero los millones vuelan todos los días.










domingo, 29 de marzo de 2026

La Comisión que se investiga a sí misma

 Una tragicomedia en varios actos sobre el combate a la corrupción más largo del mundo.



Habrá que preguntar también dónde están los cementos, los hierros y los dólares evaporados entre CADIVI, Cencoex y todo ese rosario de organismos que sirvieron, más que para administrar divisas, para democratizar el fraude con partida de nacimiento y sello húmedo.

Pero no se queden ahí: la nueva cruzada viene con nombres de película de vaqueros. “Manos Limpias”, “Caiga quien caiga” —gritan desde el balcón del Palacio—. Operaciones relámpago donde los corruptos caen como moscas... o como chivos expiatorios, según convenga. Prometen incautar los dólares fugados a paraísos fiscales, el oro retenido en Londres y hasta las migajas de Citgo. ¿Y para qué? Para devolverlo al pueblo en forma de electricidad, agua y salud. ¡Que Generosos!.


Venezuela vuelve a la carga con una Comisión Anticorrupción. Esta vez —dicen— es la definitiva, la implacable, la que pondrá fin a dos décadas de saqueos, desfalcos y monumentos a la incompetencia que decoran el paisaje nacional. Una especie de comité de redención patriótica, donde los mismos que firmaron los contratos investigan las razones espirituales por las cuales las obras nunca se terminaron.

Entre las primeras tareas: revisar por qué el Tren Tinaco-Anaco se quedó dormido en la estación del olvido, con más millones que rieles, o por qué la Represa de Tocoma Monto total invertido: Aproximadamente 9.000 millones de dólares. Aún no ha generado un solo megavatios, terminó represando solo los discursos y los dólares de los ministros en paraísos fiscales.

Otras obras fantasmas emblemáticas

Aquí van más ejemplos icónicos de megaproyectos pagados a precio de oro, pero varados en el limbo de los paraísos fiscales:


Y no olvidemos el joyero de la corona: el Tercer Puente sobre el Orinoco, ese coloso de $2.500 millones (¡triplicados en bolívares entre 2013-15!) que une Bolívar con Guárico en un avance patético del 69%. Hoy es un mirador perfecto para toninas saltarinas y peces multicolores —podrían bautizarlo "Bridge Park River World", un parque temático donde el dinero sí cruza fronteras, pero hacia Zúrich y las Caimán.

Cuarto Puente sobre el Lago de Maracaibo: Anunciado como salvación vial, con miles de millones evaporados en contratos. Hoy, solo pilares sumergidos que sirven de arrecife artificial para peces curiosos —costo estimado superó $1.000 millones, avance irrisorio.

Metro de Valencia (Línea 1 y extensiones): Prometido como pulmón subterráneo, pagado hasta el techo pero con estaciones fantasmas. Dinero suficiente para un safari urbano, pero los trenes nunca llegaron.

Hospital de El Vigía (Mérida): Estructura de acero oxidada, con 80% de avance físico pero quirófanos vacíos. Botado con fanfarria en 2015, presupuestado en cientos de millones que hoy nadan en offshore.

Aeropuerto Internacional de Santiago Mariño (Porlamar, Margarita): Terminal modernísima en planos, con pagos faraónicos a contratistas. Resultado: pista abandonada y palmeras creciendo en la "zona de embarque".

Estas obras son el pináculo del despilfarro: megaproyectos faraónicos con Odebrecht como contratista estrella, pagados hasta el último bolívar pero varados en un limbo de óxido y promesas. Obras costosas con Odebrecht al mando.


Sistema Ferroviario Nacional: Anunciado como columna vertebral del país, con miles de millones evaporados en rieles invisibles. Odebrecht firmó contratos por más de $3.000 millones; hoy, vías cubiertas de maleza donde solo pasan cabras.

Metro de Guarenas-Guatire: El "salvavidas" del transporte masivo mirandino. Pagado con $500 millones vía Odebrecht, pero las estaciones son mausoleos vacíos —un viaje al más allá sin boleto de regreso.

Línea 5 del Metro de Caracas: Promesa de descongestionar la capital. Odebrecht cobró cientos de millones por túneles que nunca se perforaron —ideal para un safari subterráneo de ratas.


Cerramos con la obra cumbre, la más publicidad . El Saneamiento del Río Guaire.

El espejismo del Río Guaire: un “SeaWorld revolucionario”

Entre las tantas promesas faraónicas del chavismo, el saneamiento del Río Guaire ocupa un lugar emblemático. Fue presentado por Hugo Chávez el 7 de marzo de 2005, con toda la épica mediática que caracterizaba a su gobierno. En aquel acto, el propio presidente —con Daniel Ortega como testigo y Jacqueline Faría, entonces ministra del Ambiente, como responsable directa— prometió transformar el pestilente cauce caraqueño en un “espacio de esparcimiento popular”.

El plan, respaldado inicialmente con más de 103 millones de dólares, se anunció como el inicio de una nueva era ecológica: el Guaire sería un balneario con aguas cristalinas, peces de colores y parques ribereños, un orgullo nacional que rivalizaría en su retórica con los grandes complejos turísticos del mundo, el “River World Spa" de la revolución bolivariana”, digno de compararse con los parques SeaWorld Parks & Entertainment.

Pero la historia, como tantas en la era del socialismo petrolero, terminó en corrupción, sobreprecios y abandono. Las obras fueron adjudicadas con participación indirecta de Odebrecht, protagonista de la red de sobornos que consolidó la alianza de negocios y poder entre Lula y Chávez bajo el paraguas ideológico del Foro de São Paulo. Hoy, dos décadas después, el Guaire sigue siendo el mismo río oscuro que atraviesa Caracas, convertido no en balneario, sino en símbolo del derrumbe moral y financiero del proyecto bolivariano.

 Habrá que preguntar también dónde están los cementos, los hierros y los dólares evaporados entre CADIVI, Cencoex y todo ese rosario de organismos que sirvieron, más que para administrar divisas, para democratizar el fraude con partida de nacimiento y sello húmedo.

Pero no se queden ahí: la nueva cruzada viene con nombres de película de vaqueros. “Manos Limpias”, “Caiga quien caiga” —gritan desde el balcón del Palacio—. Operaciones relámpago donde los corruptos caen como moscas... o como chivos expiatorios, según convenga. Prometen incautar los dólares fugados a paraísos fiscales, el oro retenido en Londres y hasta las migajas de Citgo. ¿Y para qué? Para devolverlo al pueblo en forma de electricidad, agua y salud. ¡Qué generosos!

Claro, que el pueblo ya sabe cómo termina la película. Los apagones diarios —157.000 solo en 2020, y contando en 2026— convierten las noches en rituales de vela. El agua no llega por tubería en la mayoría de los estados; hay que comprar cisternas o rezar por la lluvia. Salud: colas eternas por medicinas que no existen. Y los salarios mínimos, congelados en 130 bolívares (¡0,26 dólares!), en CERO absoluto para la canasta básica. Todo eso con los fondos “recuperados” que debían ser el maná del cielo. 

La Comisión promete llegar al fondo del asunto. Y vaya si lo hará: el fondo del barril, del presupuesto, del país. Tal vez descubra, entre expedientes y memorandos, que Odebrecht dejó un legado arquitectónico invisible, una red de estructuras místicas que solo pueden verse con fe bolivariana: puentes que cruzan hacia ninguna parte, túneles metafísicos y trenes que viajan al futuro —aunque nunca pasaron por aquí.

Mientras tanto, los nuevos comisionados posan en cadena nacional, serios, austeros, heroicos. Hablan de "transparencia", palabra que en Venezuela se usa con tanto fervor que ya casi no se ve nada. Afirman que se hará justicia y que ahora sí el país cambiará. Es probable: siempre cambia de manos





 


jueves, 26 de marzo de 2026

República laboral en coma, reelección en UCI VIP: Delcy, Trump y la Constitución a su medida




En Venezuela, los derechos laborales parecen tener un estatus de “santos de paper”, venerados en la Constitución, pero ausentes en la mesa del trabajador. El artículo 89 CRBV suena contundente: “ninguna ley podrá establecer disposiciones que alteren la intangibilidad y progresividad de los derechos y beneficios laborales” y toda renuncia es nula. Pero luego entra la inflación, el congelamiento salarial y la política de austeridad, y se encargan de bajar la estatua del pedestal, dejándola expuesta a la lluvia y al viento.




El artículo 91, en cambio, se lee como un verso de optimismo: el Estado garantizará un salario mínimo vital ajustado cada año según el costo de la canasta básica. En la práctica, ese “salario mínimo vital” parece más una promesa literaria que un dato de realidad: el decreto se publica, el sueldo sube en números, pero en la vida real el trabajador descubre que el aumento apenas alcanza para comprar un pasaje, en el mejor de los casos, mientras la canasta básica se infla día a día. La Constitución, entonces, se queda en la ley; el poder adquisitivo, en la cola.


Mientras tanto, el poder político resuelve el asunto de la reelección con notable fluidez. La Enmienda N.º 1 de 2009 reformó el artículo 230 para permitir que cualquier funcionario de elección popular, incluido el Presidente de la República, pueda postularse de forma continua y sin límites cuantitativos. En un texto que se dice socialista y de justicia, se abre la puerta a mandatos sucesivos, como si el poder fuera el único bien escaso que merece protección especial.


Es curioso que, mientras se discuten amenazas, sanciones, acuerdos petroleros y posibles reformas neoliberales, el debate sobre el salario mínimo se limite a la ritualística de un decreto anual, sin que nadie se pregunte de verdad si el trabajador puede vivir con dignidad. El Estado cumple formalmente con la Constitución, pero en la vida real, el salario mínimo se convierte en un símbolo de resignación, mientras la reelección recibe el trato de prioridad de Estado.


Del otro lado, el discurso internacional maneja el equilibrio entre el “reñir” y el “negociar”. Delcy Rodríguez se mueve entre el lenguaje de la resistencia, la defensa del modelo socialista y la necesidad de apertura hacia el mercado global, mientras Donald Trump, reelecto, oscila entre el endurecimiento de sanciones y la posibilidad de “conversaciones constructivas”, siempre que el ajuste interno favorezca a los intereses del capital.


En este escenario, el trabajador quedó en medio de una pinza: el Estado le ofrece un discurso de justicia social y un salario simbólico; el mercado internacional le impone restricciones y le vende la ilusión de que el cambio de régimen será la panacea. La Constitución queda en los estantes: se cita en discursos, se invoca en argumentos, pero se evade cuando se trata de traducir el artículo 91 en una vida mínimamente digna.


La ironía mayor es que, mientras el poder político se calcifica en el cargo, el derecho del trabajador se licúa en el bolsillo. La reelección indefinida funciona como una especie de “UCI VIP”, con monitoreo constante, terapia de estabilización y privilegios de permanencia, mientras la “República laboral” se mantiene en estado de coma: la Constitución la mantiene viva en el papel, pero la economía y la política le dejan sin oxígeno suficiente.


Si la cartografía de la Constitución fuera fiel a la realidad, el mapa mostraría el artículo 89 en letras borrosas, el 91 en etapa de desgaste avanzado y el 230 en trazos dorados y reforzados. La frase que más se debería leer ya no es “ninguna ley podrá alterar la intangibilidad laboral”, sino “nadie toca los mandatos, aunque se toque el salario”.

lunes, 23 de marzo de 2026

Crónicas del Apagón

 Capítulo 1

El Sol, nuevo saboteador del Socialismo Eléctrico



Desde el Palacio de los Calores Eternos, fuentes cercanas al astro rey confirmaron su indignación ante las acusaciones del régimen bolivariano por los apagones nacionales. “Yo solo hago mi trabajo desde hace miles de millones de años, sin aumento, sin viáticos y sin viáticos en divisas”, habría declarado el Sol en un comunicado que brilló más que cualquier bombillo ahorrador de Corpoelec.

El gobierno, sin embargo, no cede en su investigación. Según la vocera solar, Delcy I del Termómetro, los rayos ultraviolentos han estado penetrando la patria con intenciones subversivas, elevando las temperaturas para sabotear el sistema eléctrico. El enemigo no duerme, pero calienta.

Antes los culpables eran otros: la iguana que mordió el cable de Guri y falleció electrificada en nombre de la revolución energética; el rabipelado que se infiltró en Palo Verde; el mato de agua exiliado en el Orinoco; y hasta unas golondrinas sospechosas que planeaban desde Mérida una operación aérea. Todos, próceres caídos de la fauna conspirativa.

Ahora toca señalar al Sol, ese astro imperialista que no fue nacionalizado a tiempo. Los ministerios recomendarán pronto usar paraguas en interiores y sombreros con placa del PSUV para “proteger el rendimiento eléctrico del pueblo”.

Algún asesor científico ya debe preparar la denuncia ante la ONU: sabotaje solar de alta intensidad. Tal vez propongan nacionalizar el firmamento, o instalar toldos rojos en el espacio. Porque si algo caracteriza a la lógica revolucionaria es esa mágica habilidad de culpar al cielo antes que mirar los cables podridos en el suelo.

Lo curioso es que el fenómeno acusado —la declinación solar— ocurre cada año, como la inflación o las cadenas de Maduro: entre marzo y abril, y luego en septiembre. Es un simple movimiento astronómico, pero aquí todo tiene un responsable visible: nunca el descuido, jamás la corrupción ni el abandono tecnológico.

Si en septiembre vuelve el calor, seguro culparán a Donald Trump por encender el HAARP para freír empanadas atmosféricas sobre el Caribe.

Así que, por favor, un aplauso para el nuevo culpable nacional: el Sol. Próximamente, será citado en tribunales por sabotaje térmico continuado y conspiración cósmica. Se rumora que su defensor será la Luna, que ya se declaró “cansada de cargarle la noche a ese pobre condenado”.

Nota de autor 

La llamada declinación solar es un fenómeno astronómico normal: dos veces al año, aproximadamente entre marzo‑abril y agosto‑septiembre, el Sol incide casi perpendicularmente sobre Venezuela y otros países, y esto aumenta la temperatura y la sensación térmica. No es nuevo, no es excepcional y no explica por sí solo una crisis eléctrica crónica.
Lo que sí se ha documentado durante años es otra cosa: corrupción en contratación de obras, plantas incompletas o inservibles, falta de mantenimiento, improvisación y el vaciamiento técnico de un sistema que alguna vez fue referencia en la región. 

Frente a eso, culpar a iguanas, rabipelados o al propio Sol es más que un chiste: es la coartada perfecta para que la oscuridad siempre tenga relato, pero nunca responsables.

Capítulo 2

 De Guri al cosmos: la evolución de los saboteadores eléctricos

Los próceres caídos de Corpoelec

La fauna venezolana dio su cuota de sangre por la revolución energética. Todo comenzó con la Iguan exa Mártir, que según Corpoelec mordió un cable de alta tensión en Guri. Un sacrificio heroico que iluminó titulares pero no bombillos.

Luego vino el Rabipelado de Palo Verde, declarado roedor imperialista por el mayor general Luis Motta Domínguez. En Instagram oficial explicó: «ratas, ratones, culebras, gatos, ardillas, rabipelados, zamuros» —todos buscando nido en el sistema eléctrico para sabotearlo.

No faltaron las golondrinas de Mérida, sospechosas de operación aérea contra la soberanía lumínica. Ni el Mato de Agua, que se exilió al Orinoco tras ser acusado de conspiración hidráulica.

El salto cósmico

Pero el socialismo tropical no se conforma con enemigos terrenales. En 2026 llegó el Sol Imperialista, culpado de la declinación solar que "calienta demasiado" la patria. Un astro que trabaja gratis hace 4.600 millones de años, pero que ahora enfrenta cargos por sabotaje térmico.

La verdadera conspiración

Mientras el zoológico y el zodíaco cargan culpas, los cables se pudren, las turbinas se oxidan y los presupuestos de miles de millones se esfuman. El sistema eléctrico que fuera orgullo latinoamericano ahora depende de excusas creativas.

Próximo culpable previsto para septiembre: Donald Trump y su HAARP, según filtraciones del alto mando solar.

En Venezuela, la luz siempre tiene villano. Lo único que nunca falla es la oscuridad.

jlrlinares@gmail.com 




domingo, 22 de marzo de 2026

La intangibilidad laboral frente a la perpetuación del poder: una lectura de los artículos 89, 91 y 230 de la CRBV

 






La Constitución de la República Bolivariana de Venezuela (CRBV) se define a sí misma como el fundamento del ordenamiento jurídico y como un texto de naturaleza social y garantista en materia de derechos del trabajo. En este marco, los artículos 89 y 91 consagran un conjunto de principios que orientan toda regulación laboral: intangibilidad, progresividad, irrenunciabilidad y el derecho a un salario mínimo vital suficiente, ajustado anualmente tomando como referencia el costo de la canasta básica. Sin embargo, la realidad política y económica muestra una clara asimetría: mientras se mantiene, al menos formalmente, una protección laboral robusta, se abre con facilidad la vía a la reelección indefinida de los cargos de elección popular mediante la reforma del artículo 230. 

Artículo 89 CRBV: límite material al legislador

El artículo 89 CRBV dispone que el trabajo es un hecho social protegido por el Estado y que, en consecuencia, el derecho al trabajo se concreta en el ejercicio libre de actividades económicas, en la oportunidad de escoger libremente un trabajo útil y en la seguridad social, entre otros. De forma esencial, establece que “ninguna ley podrá establecer disposiciones que alteren la intangibilidad y progresividad de los derechos y beneficios laborales” y que los derechos laborales son irrenunciables, siendo nula toda acción, convenio o acuerdo que implique renuncia o desmejora de tales derechos.

Este texto constituye un límite material directo al poder legislativo y reglamentario: la Asamblea Nacional puede dictar leyes, el Presidente de la República puede ejercer potestad reglamentaria o recibir habilitaciones para legislar, pero ninguno de ellos está facultado para producir normas que impliquen una regresividad en el estándar de protección laboral o que supriman beneficios ya consolidados. La intangibilidad opera así como un cerrojo frente a intentos de reducir garantías, prestaciones o condiciones mínimas de trabajo, incluso por vía de reformas de la Ley Orgánica del Trabajo, los Trabajadores y las Trabajadoras  (LOTTT).

Artículo 91 CRBV: salario mínimo vital y salario digno

El artículo 91 desarrolla, en el terreno salarial, los principios del artículo 89. Reconoce el derecho de todo trabajador a un salario suficiente que le permita vivir con dignidad y cubrir para sí y su familia las necesidades básicas materiales, sociales e intelectuales, asimilable a la categoría de salario digno. Además, declara la igualdad salarial, la participación en los beneficios de la empresa y el carácter inembargable del salario, salvo excepciones como la obligación alimentaria.

En un punto de especial relevancia, el artículo 91 establece que el Estado garantizará a los trabajadores, tanto del sector público como del privado, un salario mínimo vital, que debe ser ajustado cada año tomando como referencia el costo de la canasta básica, quedando la ley encargada de fijar la forma y el procedimiento de ese ajuste. El incumplimiento sistemático de esta obligación —a través de congelaciones, ajustes meramente nominales o desajustes frente a la inflación y el costo de vida— configura un fraude constitucional: el Estado cumple formalmente con la existencia de un “salario mínimo”, pero vacía materialmente su contenido protector, erosionando el principio de salario digno.

LOTTT y el desarrollo de la protección laboral

La LOTTT recoge y desarrolla estos principios constitucionales, reafirmando el carácter tuitivo del ordenamiento laboral, la irrenunciabilidad de los derechos, la primacía de la realidad sobre las formas contractuales y la limitación de la transacción a derechos litigiosos o dudosos. La figura de la transacción se concibe como una excepción estrictamente controlada: exige acuerdo por escrito, homologación por autoridad administrativa o judicial y se vedan las renuncias a derechos ciertos, determinados y exigibles, como el salario mínimo, el recargo nocturno o las prestaciones sociales.

Asimismo, el poder de organización del patrono (“ius variandi”) se encuentra limitado por el principio de intangibilidad. La jurisprudencia ha reconocido que cambios en funciones, horario o lugar de trabajo que impliquen desmejora material o moral pueden configurarse como desmejora laboral, facultando al trabajador a considerarse despedido (despido indirecto) y a reclamar sus indemnizaciones completas. De esta forma, el diseño legal y judicial busca reforzar la protección del trabajador frente a intentos de rebaja encubierta de condiciones de trabajo.

¿Puede el Presidente o la Asamblea eliminar derechos laborales?

A la luz del artículo 89, la respuesta jurídica es clara: el Presidente de la República y la Asamblea Nacional, actuando como poder constituido, no tienen facultades para eliminar o suprimir derechos y beneficios laborales reconocidos por la Constitución y la ley. Ningún poder ordinario puede, legítimamente, dictar normas que impliquen una regresividad en el estándar de protección, una reestructuración que degrade beneficios o una “reforma” que, en el fondo, desmonte el sistema de derechos sociales.

Solo el poder constituyente originario o derivado —por ejemplo, una Asamblea Nacional Constituyente convocada conforme a la propia CRBV— podría revisar el contenido esencial de los derechos laborales consagrados en el texto constitucional, y aun así, bajo el escrutinio de los principios de progresividad y no regresión en materia de derechos humanos. La voluntad de los sectores económicos (Fedecámaras, patronos estatales y privados) o de fuerzas políticas no puede prevalecer sobre un diseño constitucional que les niega expresamente la capacidad de “pactar hacia abajo” los derechos ya reconocidos.

La Enmienda N.º 1 de 2009 y el artículo 230

La Enmienda Constitucional N.º 1, aprobada en referéndum en febrero de 2009, modificó varios artículos, entre ellos el 230 de la CRBV, para permitir la postulación continua de las autoridades de elección popular, incluyendo al Presidente de la República. La versión original de 1999 limitaba la reelección presidencial inmediata a un solo período consecutivo; la enmienda eliminó esta restricción, abriendo la puerta a reelecciones sucesivas sin límite numérico, bajo el argumento de que corresponde al cuerpo electoral decidir en cada oportunidad.

Esta reforma evidencia una notable flexibilidad del aparato político para flexibilizar las reglas de permanencia en el poder, mientras se mantiene una cierta inercia para desarrollar y cumplir cabalmente el mandato de garantizar un salario mínimo vital efectivamente ajustado al costo de la canasta básica. La paradoja es manifiesta: se alteran disposiciones que amplían el horizonte de la permanencia política, pero se tolera la violación de facto de normas que deberían asegurar condiciones de vida dignas a los trabajadores.

Conclusión

La CRBV, articulada con la LOTTT, configura un régimen de fuerte protección laboral, donde la intangibilidad, la progresividad y la irrenunciabilidad de los derechos actúan como límites materiales al legislador y al Ejecutivo. En contraste, la dinámica político‑constitucional ha mostrado una capacidad notable para abrir caminos de reelección indefinida, mientras se erosiona de facto el mandato de ajustar el salario mínimo vital a la realidad económica.
En términos normativos, el interrogante inicial —si el Presidente de la República o la Asamblea Nacional tienen facultades para eliminar derechos y beneficios de rango laboral— se responde con un “no” categórico: cualquier intento de suprimir o reducir derechos ya reconocidos por la Constitución y la ley cae en el terreno de la inconstitucionalidad y del fraude a la Constitución, aun cuando se disfraza de “reforma”, “flexibilización” o “acuerdo de concertación”.
 
jlrlinares@gmail.com 




viernes, 20 de marzo de 2026

LA RADIO VIBRA

 LA RADIO VIBRA

Juan Linares Ruiz 




Este cuento es una crónica de pueblo, de esos donde el tiempo se estira, las lluvias caen con razón mágica y las radioemisoras parecen más reales que el Estado. Me lo escribí hace años, como un recuerdo festinado de la infancia, el realismo mágico de los caseríos y la amargura del exilio interior que sufren muchos que van a la ciudad en busca de la vida y solo encuentran la oportunidad de ser deportados en el silencio de la ley. 

La historia de Rufino Esteban, el niño de la centella, mezcla mito rural, superstición de vecindario y una radio que nunca llega a sonar en su pueblo. Es también una sátira suave sobre la burocracia, el aparato policial, la devoción por la tecnología y la idea de que el progreso, prometido año tras año, siempre se queda en el boletín oficial de la radio.

Lo publico hoy tal como lo escribí, con solo una ligera corrección de estilo y ortografía, para que no se pierda entre los papeles viejos. Aquí el horror no es espectacular, sino cotidiano: Rufino no pelea con el Diablo, sino con la estática, con la pobreza de ondas, con la burocracia y con ese poder latente que pulsa sin darle nada a cambio.

Que el cuento sirva de espejo suave para quien recuerde otra aldea, otro radio, otra ciudad que nunca lo escuchó, pero que lo siguió despidiendo como indocumentado.


Es un feliz acontecimiento el nacimiento de un nuevo ser, más aún si es el primogénito. Nació un hermoso varón, un día cualquiera de esos del calendario. Por cierto, su nombre fue elegido de acuerdo con el santoral del almanaque de los hermanos Rojas: le correspondió llamarse Rufino Esteban. Ese día era cuarto menguante y, en la hora misma del alumbramiento, ocurrió un eclipse anular de sol y se precipitó un torrencial aguacero. Reinaba la oscuridad en la habitación. La comadrona encendió una lámpara de kerosén, los quejidos de la madre anunciaban la llegada del niño y las descargas eléctricas se desprendían de las negras nubes. Fue un día tormentoso. El vecindario se alarmó: algo terrorífico parecía signar el nacimiento de ese niño.

Sus señas particulares eran muy llamativas: tenía los ojos negros y grandes, mucho pelo y un lunar rojo en la mejilla izquierda. Era larguísimo. Los vecinos comentaban que parecía hijo de El Silbón, ese espanto llanero que aterroriza por esos lados, un poco más abajo, en el llano amplio, porque la zona donde nos ubicamos es montañosa. El Silbón, espanto folklórico muy popularizado por el cantante llanero Rudy Chester, el mismo que cantaba Hey Jude.

Las lluvias de ese día, acompañadas de precipitaciones eléctricas, truenos, relámpagos y centellas, completaron el cuadro. Una de esas centellas cayó al lado de la casa de Rufino Esteban, partiendo y haciendo astillas una frondosa ceiba. Al instante entró un remolino de gran intensidad en la cocina, volteando ollas, sartenes y platos. Este hecho contribuyó a crear más alarma y recelo entre los moradores del lugar, que se acercaron a curiosear y a ver al niño Rufinito.

Asiclo, el padre de Rufinito, estaba ocupado en el corral de los cochinos porque, simultáneamente, paría una cochina: quince crías, y nacieron tres cochinitos con dos cabezas y seis patas. Día de gran acontecimiento. El padre de Rufino Esteban, muy alegre, brindó con sus vecinos con ron blanco El Recreo. El pavo que había en el solar fue sacrificado y hecho guiso; más tarde fue devorado con avidez por la decena de personas presentes. Muchos, al observar al recién nacido, se hacían la señal de la cruz. Otros, más supersticiosos, se persignaban al revés. Para unos era un enviado del cielo, con poder divino; para otros era algo que anunciaba señales de fin de mundo, un ser del averno, el anticristo. Todas esas especulaciones venían al caso por los fenómenos naturales ocurridos en el momento de la paridura de doña Antonia.

Para los muchachos de la época, en cambio, era algo normal: un compañero más para ir a bañarse a la quebrada o al río, y para caer en el conuco de Pedro Pablo a robar las dulces patillas. En el pueblo recién habían instalado la luz eléctrica en el centro, donde vivían los pudientes: el jefe civil, el alcalde, el dueño del expendio de medicinas, la iglesia y la casa cural, los dueños de ganado y el club social donde se divertían los adinerados jugando dominó y barajas. Para los campesinos y el resto de los mortales quedaba la diversión de las bolas criollas en los dos bares del pueblo.

Las noticias del nacimiento de Rufinito corrieron como pólvora por el pueblo y los caseríos circunvecinos. Unos la contaban como algo normal; la gran mayoría, como una revelación celestial o diabólica. Hasta el párroco del pueblo se alarmó y pidió que lo llevaran a la casa del recién nacido. El sacristán, que tenía una bicicleta, montó al sacerdote en el manubrio. Gran esfuerzo del sacristán, que tuvo que subir las lomas a pedal limpio para llegar a la casa de Rufino Esteban; el cura estaba excedido en algunos kilitos.

El párroco, al observar al niño, lo halló normal: un hijo de Dios más. Bendijo el nacimiento de esta nueva criatura del universo y, para congraciarse con los progenitores, Asiclo y Antonia, se comió media pechuga de pavo y la asentó con una totuma de caña blanca. El sacristán del pueblo, que a la vez era monaguillo, mayordomo de la casa cural y padrino de casi todos los muchachos del pueblo —y del que muchos parroquianos malpensados llegaban a decir que, en varios casos, era padrino de sus propios hijos—, no se quedó atrás: degustó la molleja del pavo y también se tomó una porción de licor blanco.

Los comentarios continuaron por muchos días porque, además del nacimiento de Rufino Esteban, las lluvias, los fuertes vientos y las tormentas eléctricas hicieron que se desbordara el río. El agua arrasó con los conucos y los sembradíos de sus márgenes y muchos ranchos fueron destruidos por las inundaciones. 

Después de lo sucedido, en muchas casas colocaron cruces de palmas benditas en las puertas, para alejar las malas influencias y los malos espíritus. Fue pasando el tiempo, como pasa en los pueblos tristes: nadie se muere, todo parece perpetuo y eterno. Era un gran aburrimiento para el sepulturero. Las casas de adobe y bahareque, con techo de palma, tomaban la coloración de la tierra, rojiza como el onoto, porque no llovía nunca, con la excepción del día en que nació Rufino Esteban.

Rufino compartía sus días infantiles entre el conuco y la escuela. En las tardes se bañaba en la poza azul de la quebrada cercana a su casa. Era obediente, pero inquieto, y demostraba una inteligencia excepcional para el trabajo agrícola.

En su bautizo se repitió la historia muy común en el pueblo: el sacristán fue el padrino porque no se presentó don Severiano, el dueño del bar, que se había enfermado de jaqueca y notificó su ausencia faltando dos horas para la ceremonia. La madrina fue la lavandera Juanita.

El encargado del acto bautismal fue el padre Juan. La iglesia lucía limpia y una suave fragancia se transmitía por todo el salón. Las flores recogidas por Rufino en la montaña impregnaban cada rincón: lirios y jazmines se destacaban entre todos los aromas. El padre Juan era propietario de una gallinera, porque el costo de un bautismo era una gallina, las únicas propiedades de esos pobres feligreses.

Con el padrino, el niño aseguraba un real de pan diario que este compraba en las bodegas del pueblo. Dos cuentas de pan que don Pepe repartía cada día a sus ahijados. Así Rufinito aseguraba todas las mañanas sus panes y, con una totuma de café aguarapado, completaba su desayuno antes de irse a la escuelita rural. En la casa todo podía faltar, menos el real de pan, que llamaban “los benditos” por provenir del ayudante del cura.

Rufino Esteban fue creciendo y llegó hasta sexto grado, con muy buenas calificaciones. Era aplicado y decidido. Hasta ese nivel llegaba la escuelita.Rufino Esteban, mozalbete y lleno de sueños y esperanzas, dedicó sus días al conuco, a la siembra del maíz y de la yuca. La yuca no se daba de muy buena calidad porque la tierra era reseca. Los ruidos de las chicharras lo llenaban todo. El sol lo quemaba todo. El calor ahogaba. En ese ambiente transcurría el trabajo diario de Rufino, a tiempo completo.

Todos los vecinos reconocían que, como por arte de magia, todo en el pueblo había mejorado desde el advenimiento de Rufino. En las tardes, al finalizar sus labores, se dirigía a la poza azul. Antes de bañarse, se contemplaba en las aguas pensando en su futuro. Su mente era un mar de confusiones, pero poco a poco fue perfilando la idea de irse a la ciudad. Estaba maravillado por las historias y las innovaciones tecnológicas de las que le hablaba su padrino.

Su padrino le contaba cosas grandiosas que había visto en unas revistas que mensualmente le enviaban al padre Juan desde la capital. Allí se describía un instrumento llamado radio, donde hablaba y cantaba la gente. Ese aparato pequeño impresionó profundamente a Rufino Esteban. También hablaban de grandes pájaros con motores que volaban, donde viajaban muchas personas a otros países: los aviones. Otra maravilla eran unos cajones donde se veían imágenes de personas, ciudades y cosas, llamados televisores. En las revistas aparecían, además, mujeres hermosas y voluptuosas.

En una de sus conversaciones con el padrino-sacristán, Rufino dijo:

—Padrino, yo me voy para la ciudad, para conocer todo ese mundo, y tal vez tenga la oportunidad de conocer ese gran pueblo que dicen que queda en Norteamérica. En la ciudad está la vida.

Don Pepe, taciturno, respondió:

—Rufino, eso de la ciudad es la perdición para muchos. Tú no estás hecho para enfrentar ese reto.El ahijado replicó:

—Me voy, padrino. Aunque sea con un radio regreso al pueblo.

Rufino Esteban, mozo y lleno de sueños, preparó su viaje. Vendió las gallinas, dos cochinos y varios sacos de maíz y yuca. Se despidió de sus padres y de su padrino, y pidió la bendición al cura. Sus padres, llorosos, le desearon toda la suerte del mundo.

La espera del autobús en la carretera negra tardó por lo menos dos horas. Al fin, Rufino se marchó para enfrentar el difícil reto de vivir en la ciudad: extraña, inhóspita para el forastero y el provinciano, más aún para un muchacho de pueblo.

Después vinieron las calamidades y las penurias. Vivió debajo de los puentes y durmió en plazas públicas. En muchas ocasiones fue acosado por las autoridades policiales y, en otras, por los delincuentes. Los cuerpos policiales realizaban constantemente redadas y operativos de seguridad llamados Plan Unión y Plan Ciudadana. Los agentes del orden siempre actuaban con violencia:

—¡Manos a la pared! ¡Cédula de identidad en la mano! ¡Constancia de trabajo y fe de bautismo!

 En varias oportunidades se salvó. Al que detenían en esas redadas y no tenía los documentos exigidos le aplicaban la Ley de Vagos y Maleantes, oficio muy desconocido para Rufino.

Pasó el tiempo. Un día más, de tanto caminar y buscar trabajo, comprendió que su sexto grado no lo ayudaba mucho. En todos los puestos exigían bachilleres. Ni los poderes divinos que le atribuían en su pueblo servían de nada. No valían su fuerza, su dureza ni la intuición que reflejaba su humanidad.

Al final logró un trabajo de caletero en el mercado de las pulgas. Ganaba poco, pero ya tenía un propósito claro: lo primero que haría sería comprar un radio para lucirlo en las esquinas del pueblo, escuchando a todo volumen las canciones rancheras de Pedro Infante y José Alfredo Jiménez, y la música venezolana de Loyola, Reinaldo Armas y Adilia Castillo. También sonarían en su receptor las voces de otros mundos: Culture Club, Laura Branigan, Marilyn Manson, John Lennon y las Hermanitas Calle.

No se perdería ni un solo capítulo de la radionovela de mamá Dolores, seguiría las aventuras y romances de Albertico Limonta, su héroe preferido, junto con las hazañas de Martín Valiente e Iron Man. Todos los días en la mañana se acercaba a un quiosco para escuchar la radionovela. El dueño del puesto le contó todos los capítulos anteriores con lujo de detalles, para que el recién llegado se actualizara en las aventuras y romances de la historia.

Antes de conseguir el trabajo de caletero, Rufino ayudaba al dueño del quiosco en la venta de empanadas, tequeños y jugos de parchita y papelón con limón. También ofrecía quincallería para diversificar las ventas. Abelardo, el dueño del quiosco, fue una bendición para él: le dio alojamiento en el depósito de la mercancía, lo que además le servía al propietario porque Rufino hacía de vigilante nocturno.

Al recibir sus primeras cuatro pagas como caletero, cumplió su sueño: se compró el ansiado radio, marca RCA Víctor, la mejor del mercado. También se compró un sombrero tejano. Sus primeros sueños se habían cumplido: ser propietario de un radio.

Cómo deseaba estar en su pueblo para que lo ex vieran parado en las esquinas, escuchando la música y las radionovelas, rodeado de muchachas y amigos. Su radio tenía un cuidado y mantenimiento diarios, como si fuese una criatura delicada y poderosa a la vez.

Nunca falta una primera vez. Un viernes por la tarde, después de concluir el trabajo, los compañeros de Rufino lo invitaron a un bar llamado El Ojo de Vidrio. Allí había varias mesoneras y el ambiente era animado. Rufino, entusiasmado, no pudo resistirse a contar su historia, desde el día de su nacimiento, agregándole un poco de fantasía para llamar la atención de los presentes.

Contó cómo las gallinas buscaban acomodo en las ramas de los árboles cuando el eclipse solar dejaba todo en penumbras. Habló de la centella, de los presagios y del miedo del vecindario. Entre copa y copa, narraba su larga historia de vida, con algunas exageraciones y la picardía campesina propia de su pueblo.

 Cuando mencionó la centella que partió el tronco de la ceiba, dijo que el impacto convirtió a las gallinas en polvo, y que solo se salvó el pavo que dormía en la mata de chaparro, aunque para nada, porque al final fue sacrificado y la mayor parte se la comió el padre Juan junto con el padrino-sacristán.

En los años que vivió en su pueblo, la gente le decía que tenía que encontrar la piedra de la centella, porque esa sería su suerte o su desgracia. Los ancianos la describían como una piedra negra y redonda, un objeto misterioso que aparecía, según las leyendas, veinte años después de la tormenta. Rufino se aferró a esa creencia, reforzada por las historias de pueblo, caseríos y vecindarios que se escuchaban de un extremo a otro de la geografía.

Por eso, su empeño por hallar la piedra de la centella, su piedra filosofal, se volvió una gran preocupación. Pero también estaba orgulloso: en la ciudad había conocido el cine, las mujeres, los licores, el televisor, y en muchas tardes se iba hasta el aeródromo a contemplar los aviones que despegaban, aterrizaban y surcaban raudos el cielo, rompiendo las nubes y el silencio con sus potentes motores. Sus anhelos y deseos parecían cumplidos: era dueño de un potente radio RCA Víctor.

Años después, cuando había ahorrado algo de dinero y tenía por fin su radio en las manos, decidió regresar al pueblo, a su viejo caserío. Su idea era pasar solo unos días en el terruño y luego volver a la ciudad.

 Compró regalos: un molino de maíz para su madre, una máquina de afeitar Gillette para su padre, un rosario de perlas plásticas para el párroco y, para su padrino el sacristán, un diccionario de latín forrado en cuero, para que lo estudiara y superara al cura en el oficio de la misa.

Llegó muy bien vestido: un conjunto de kaki color beige, marca Ruxton, un llavero de color chocolate, un sombrero de pelo de guama y unas botas de vaquero, de esas que usa John Wayne en las películas. Y, por supuesto, su inseparable radio RCA Víctor. Lucía unos lentes fotocromáticos como los de Sammy Davis.

Del terminal de la ciudad al pueblo eran dos días de carretera, y para llegar al caserío tenía que hacer el último tramo en lomos de bestias: burros o mulas subiendo la serranía que lo separaba del pueblo.

La llegada del hijo de Asiclo y Antonia causó un gran revuelo en el caserío. Pero pronto se presentó un problema grave que lo sumió en tristeza y honda melancolía: sus sueños se esfumaron. Las ondas hertzianas no llegaban hasta ese pueblo porque la potencia irradiada de las emisoras de la ciudad no se captaba en una zona tan apartada. Rufino buscó desesperado en los diales de onda corta, onda larga y FM, pero no lograba sintonizar nada, solo ruidos. No había joropos, ni rancheras, ni cumbias, ni la radionovela El derecho de nacer, que estaría en sus capítulos finales. Por las cornetas del radio no salían voces, solo estática.

Se encontró con otra novedad: su padrino, el sacristán, y el cura tenían un problema laboral. El párroco había llamado la atención del señor Pepe porque tenía más de tres días con los santos desnudos; los había desvestido para mandar a lavar la ropa con la comadre Antonia. El padrino, por su parte, había declarado una huelga exigiendo reivindicaciones y prestaciones sociales. Llevaba más de cuarenta años laborando en la iglesia. El padre Juan, calculando la deuda, llegó a la deducción de que ni vendiendo la iglesia y los santos alcanzaban los reales para pagarle a Pepe.

Muchos mal pensados y chismosos regaron voces de que el problema era un lío de faldas, que las diferencias en el clero no eran solo de dinero. Pero las cosas volvieron a la normalidad cuando Rufino conversó con ambos. Entraron en razón y la iglesia recuperó la paz perpetua.—¡Qué bien está Rufino! —decían sus vecinos.

—Luce como todo un patiquín —opinaban los viejos del caserío.

Las muchachas casaderas le metían el ojo, y él las piropeaba y galanteaba como Juan José cuando volvió de la gran ciudad.

Pero su mala suerte era no poder sintonizar ninguna emisora, y se le metió la idea de encontrar su talismán, la piedra de la centella. Creía que esa era la causa de que su radio no se escuchara. Para buscarla, preguntó e indagó con todas las personas que estaban cerca de su casa el día de su nacimiento. No había mucho que investigar, porque el tronco de la ceiba donde dormían las gallinas seguía allí, chamuscado por el rayo eléctrico.

Su papá, Asiclo, lo ayudó a excavar. Trabajaron dos días, tres días, una semana. Ya habían abierto un gran hueco, y la tierra salía húmeda. Rufino se sentía agotado y sin aliento, pero ya se acercaban a la roca sólida que se encuentra a gran profundidad. Después de muchas conversaciones con los viejos del lugar, estos le aconsejaron que desistiera de la búsqueda de su talismán.

Desilusionado y desesperanzado, aceptó la derrota. Ni la piedra de la centella, ni la señal de las emisoras. De tanto encender el radio, se le habían agotado las baterías alcalinas, y eso que había traído consigo una remesa de pilas de repuesto.

Su padrino, el sacristán, le contó un día que, colocando una antena de gran altura, podría captar emisoras con su radio. Ya su lenguaje no lo entendían en el pueblo, porque solo hablaba de bandas de 19.31 y 50 metros, de kilohercios, de megahercios, de ondas hertzianas, de FM, de dial, de SW, de YWQZ, de CQKW, de vatios de potencia y de muchas palabras técnicas de electricidad y electrónica.

Un día, Rufino no aguantó más. Ya había agotado todas las alternativas al alcance de su mano para hacer sonar su radio. Se decidió a marcharse a la ciudad en busca de la antena y de más pilas para su artefacto. Al llegar, contó a todos sus conocidos sus peripecias en el pueblo.

Continuó en su trabajo de caletero por varios meses, ahorrando dinero para terminar de cumplir su feliz sueño. En la metrópoli, sus amigos le explicaron que para oírse en pueblos muy apartados de las grandes ciudades, las emisoras tenían que aumentar su potencia en vatios. Les envió cartas a los dueños y directores de las emisoras para que aumentaran la potencia de sus estaciones radiales.

Estos, amablemente, le respondieron que era un proyecto que estaba en estudio, que debían realizar un estudio de mercado en la región, que dependía de si el presupuesto  alcanzaba y de si lograban los dólares preferenciales. Las solicitudes de dólares se estaban tramitando en la oficina de CADIVI, y las diligencias las adelantaba un gestor de nacionalidad china. Si lograban los recursos, la instalación de antenas y el aumento de potencia serían una realidad. Cosas de meses, explicaron los ingenieros y técnicos de las emisoras.

Todo ese proyecto estaba enmarcado en el desarrollo sustentable del país y en la idea de llevar la tecnología a todos los rincones de la geografía nacional. Era el clamor de la sociedad civil. Los dueños de las emisoras luchaban por llevar a la civilización los adelantos científicos que significaba la radio, porque la gente necesitaba estar bien informada, oír las novedosas radionovelas románticas y de aventuras que estaban causando furor en las ciudades.

Habían ocurrido cientos de suicidios de jovencitas cuando descubrieron el terrible secreto de que Albertico Limonta no era hijo de mamá Dolores con Nacho Amundarain, sino de Ligia Elena y el trompetista. Eran historias arrancadas de la vida misma, que día tras día arrancaban lágrimas y llantos de las damas y de algunos varones que lo simulaban muy bien. Las emisoras de radio, en el género de las novelas, se peleaban por el rating y por tener, en forma exclusiva, al escritor de novelas Salvador Cabrujas, el escritor que llega al corazón de las mujeres.

Decepcionado, pero con grandes esperanzas en las gestiones y respuestas de los radiodifusores, Rufino decidió marcharse a su lugar natal. Compró su pasaje en autobús en la Línea La Rápida, llegó temprano al terminal de pasajeros del Parque Central. En un descuido, unos amigos de lo ajeno lo asaltaron: se llevaron la antena, la cartera y el radio.

Un poco más tarde, cayó la redada policial.

—¡Cédula de identidad! —gritó un funcionario—. Constancia de trabajo, fe de bautismo…

Rufino intentó explicar que lo acababan de robar, que sí tenía documentos, que era caletero, que venía del pueblo. La policía no le creyó, lo llevó detenido por indocumentado, lo reseñaron en la oficina de identificación y al siguiente día lo enviaron a la oficina de extranjería. Allí le entregaron diez bolívares “para sus gastos de viaje”, lo montaron en un autobús con cincuenta y seis colombianos y lo enviaron a Cúcuta.

Después de dieciocho horas de viaje llegaron a la frontera. Los guardias nacionales, con la misma naturalidad con la que revisaban mochilas, le dieron unos planazos y se llevaron los diez bolívares que le habían dado. Rufino sollozaba en silencio. Era infeliz, indocumentado y sin radio. Se cumplían los temores y presagios de un niño que había sido feliz en su infancia, y ahora se sentía un extraño en dos tierras.

En el autobús viajaba un radio encendido a todo volumen. Rufino escuchó un boletín oficial, su propio epílogo narrado con una fanfarria escandalosa:—El gobierno nacional informa que, continuando con la política de austeridad y democracia con energía prometida durante la campaña electoral, y en el marco de la profilaxis social, han sido enviados a su país de origen cincuenta y siete indocumentados colombianos. No están registrados ni empadronados por la DIEX, no tienen oficio conocido, y, con estos operativos, se alivia el pago del servicio e intereses de la deuda externa.

—Seguiremos informando —gritó el locutor, con fanfarria de fondo.—No se aparten de nuestra sintonía —dijo, como en un regate final.

Para rematar su mala suerte, Rufino oyó la cuña radial:—¡La radio es un poder la-ten-te! ¡Vibre con la radio!Y ahí iba Rufino, vibrando sin radio, sin papeles y sin país, entre la bulla de unas ondas hertzianas que nunca llegaron a su pueblo.


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