lunes, 20 de abril de 2026

Venezuela en penumbra: apagón informativo, ruina industrial y saqueo sin control

 Venezuela en penumbra: apagón informativo, ruina industrial y saqueo sin control


Para un país funcionar necesita luz; para una estructura de poder sobrevivir, necesita oscuridad. En Venezuela, el apagón no empezó cuando fallaron las turbinas ni cuando el ciudadano se acostumbró a vivir entre racionamientos: comenzó mucho antes, cuando la información técnica dejó de circular con normalidad y la Memoria y Cuenta de las empresas del Estado pasó de ser un instrumento de control a un estorbo para el saqueo. Desde entonces, la opacidad no ha sido una falla administrativa, sino una política de Estado.

El apagón informativo y la represa del silencio

El Guri se convirtió en una especie de secreto de seguridad nacional, no porque la transparencia sea peligrosa, sino porque la verdad suele ser incómoda cuando la administración está hecha de improvisación, sobreprecio y abandono. Durante años, la cota del embalse fue un dato público que permitía medir el riesgo; hoy, su ocultamiento funciona como una cortina sobre el deterioro del Sistema Eléctrico Nacional. Sin boletines confiables, sin balances técnicos verificables y sin rendición de cuentas, la población queda reducida a una sola certeza: la electricidad puede irse en cualquier momento, y el Estado se reserva el derecho de no explicar por qué.

La cifra crítica de 240 msnm opera ya como un símbolo narrativo del peligro negado. No es solo un nivel hidrológico: es el borde de una política que prefiere apagar estados enteros antes que reconocer que el sistema está fracturado por dentro.  En ese contexto, la Ley Antibloqueo ha servido como una manta discursiva para tapar contratos opacos, compras fallidas y una arquitectura de corrupción que ha devorado los recursos destinados al sector eléctrico. La falta de luz es grave; la falta de verdad, devastadora.

Las sanciones, coartada y privilegio

Las sanciones no son un bloque homogéneo ni una condena abstracta contra todo un país. En el caso venezolano, conviene distinguir entre las sanciones dirigidas al régimen y sus estructuras de poder —incluyendo empresas estatales, sectores estratégicos y redes de financiamiento— y las sanciones individuales aplicadas a funcionarios, intermediarios y operadores señalados por corrupción, represión o evasión. Esa diferencia importa porque el gobierno ha usado ambas cosas como si fueran una sola.

Mezcla las sanciones sectoriales con las personales para construir un relato único: “todo es culpa del bloqueo”. Pero no es lo mismo una restricción impuesta a una empresa estatal o a una operación petrolera que una medida dirigida contra un jerarca por enriquecimiento ilícito, lavado de dinero o represión política. En la práctica, las sanciones individuales revelan un punto incómodo para el poder: no castigan al país, castigan nombres y apellidos. Son el resultado de redes concretas de corrupción, saqueo y abuso, no de una abstracción geopolítica.

Por eso el oficialismo insiste en borrarlas en el discurso: le conviene convertir al corrupto en patriota y al sancionado en víctima nacional. Pero esa operación retórica tiene un límite muy claro: una cosa es la sanción como presión sobre estructuras de poder y otra, muy distinta, es la sanción personal contra quienes hicieron del Estado una caja fuerte privada.  Confundirlas no aclara nada; más bien protege a quienes prefieren esconder la responsabilidad detrás de una consigna.

Guri y la ingeniería del silencio

La represa de Guri no solo alimenta buena parte del país; también expone la fragilidad del modelo que la administra. Cuando el dato técnico desaparece, desaparece también la posibilidad de control ciudadano. Y cuando no hay control ciudadano, la corrupción deja de ser una desviación y se convierte en método. Ese es el verdadero apagón: no el de los bombillos, sino el de la información.

La población dejó de recibir cifras y empezó a recibir consignas. Donde antes había boletines, ahora hay excusas; donde antes había alertas, ahora hay silencio; donde antes había un indicador de riesgo, ahora hay propaganda. El resultado es una especie de normalización de la incertidumbre: se vive pendiente de una falla que el poder niega mientras la pospone. Y así, el Guri deja de ser una central hidroeléctrica para convertirse en un espejo de la administración pública: enorme en apariencia, opaco en el fondo, vulnerable en la práctica.

SIDOR y el cementerio del acero



Hubo un tiempo en que SIDOR fue una referencia industrial de América Latina. En 2007 produjo 4,3 millones de toneladas de acero líquido, una escala que hablaba de país industrial y no de ruina administrada. Hoy, en cambio, la planta funciona como un museo de la desidia: equipos canibalizados, hornos apagados, mantenimiento aplazado y una producción que se desplomó hasta niveles residuales. La siderúrgica ya no representa potencia productiva, sino la evidencia de cómo se destruye una industria a punta de decisiones políticas, abandono técnico y saqueo continuado.

El discurso oficial insiste en que las sanciones explican la parálisis. Pero la realidad es más grave y menos cómoda: SIDOR fue sacrificada por un modelo que no priorizó la producción, sino la supervivencia política.  Una industria electro-intensiva exige un sistema eléctrico robusto; cuando ese sistema se derrumba, la planta queda atrapada entre dos ruinas: la del suministro y la de la gestión. Así, la disyuntiva no fue entre producir acero o soportar sanciones, sino entre sostener la industria o preservar la paz social de corto plazo en la capital.

El resultado fue previsible. Se prefirió contener el ruido urbano antes que sostener la producción nacional. Se aceptó el colapso fabril como costo político para evitar un colapso social inmediato. Y mientras los hornos se enfriaban, los fondos destinados a modernización y mantenimiento se perdían en tramas de sobreprecio, facturas dudosas y contratos sin transparencia. La verdadera sanción contra SIDOR no vino del exterior: vino de adentro, de una administración que convirtió la ruina en política industrial.

Guayana y el cero industrial




SIDOR no está sola en esa tragedia. ALCASA y el resto de la industria básica de Guayana completan el retrato de un territorio donde la producción dejó de ser prioridad y pasó a ser recuerdo.  El contraste entre el pasado de altos volúmenes y el presente de inercia es tan brutal que ya no habla de crisis coyuntural, sino de una demolición estructural. Guayana pasó de ser promesa de desarrollo a escenario de apagón productivo.

Ese “cero industrial” no surgió por accidente. Es la consecuencia de un modelo que castigó el mantenimiento, congeló la inversión, ocultó las cifras y subordinó la técnica a la propaganda. Cada vez que el sistema eléctrico entra en crisis, la primera víctima es la industria básica, porque el gobierno prefiere proteger el equilibrio urbano antes que arriesgarse a sostener procesos productivos de alto consumo. En otras palabras, el país no dejó de producir por casualidad; dejó de producir por acumulación de decisiones políticas erradas.

Del oro al barro



En el Arco Minero del Orinoco, la narrativa de la soberanía se deshace con el primer golpe de pico. Lo que se presentó como una oportunidad para dignificar al minero artesanal terminó convertido en un sistema de control, despojo y jerarquías armadas. Bajo el lenguaje de las “alianzas estratégicas” y la “cooperación internacional”, el negocio minero se llenó de estructuras opacas, empresas de fachada y vínculos que conectan el Estado con redes de intermediación y poder informal.

El caso de Mibiturven es ejemplar. Su creación fue vinculada a una red de intereses con registro turco y a la sombra de Alex Saab, figura asociada a múltiples tramas de negocios con el Estado venezolano.  Lo que en el papel se presenta como una asociación para reactivar la minería, en la práctica opera como una vía para extraer riqueza con escasa trazabilidad y alto costo humano. La frontera entre administración pública y pranato se ha vuelto difusa, y en ese vacío la violencia se instala como forma de gestión.

El drama no es solo institucional; es humano. Mineros desplazados, zonas tomadas por grupos armados y comunidades arrinconadas por una economía que promete prosperidad mientras reparte miseria. El oro sale, pero el bienestar no llega. El botin brilla para unos pocos, mientras el trabajador local queda reducido a peón de un esquema extractivo donde la soberanía es una palabra útil para el discurso, no para la vida diaria.

La termo-inexistencia

Si el Guri simboliza el silencio informativo, las plantas termoeléctricas representan la estafa material. Planta Centro, por ejemplo, fue concebida como una columna de respaldo para el sistema eléctrico, pero terminó degradada por años de fallas, conversiones inconclusas, incendios, subutilización y promesas incumplidas.  No se trata de un accidente aislado, sino del patrón de una infraestructura abandonada mientras el discurso oficial insiste en culpar a enemigos externos.

La narrativa del sabotaje suele ser funcional porque evita la pregunta central: ¿dónde fueron a parar los recursos? En el sector eléctrico venezolano, la ausencia de mantenimiento, la corrupción y la falta de datos técnicos crearon el terreno perfecto para el colapso.  Por eso el problema no es únicamente que las turbinas no giren; es que el país ya fue habituado a aceptar que no giren, siempre que haya un culpable útil al cual señalar.

En ese sentido, la “termoinexistencia” es una imagen útil: hay plantas, hay estructuras, hay cemento, pero no hay generación efectiva. Quedan esqueletos de obra, contratos opacos y una memoria material del desfalco. Entre 2010 y 2025, los recursos perdidos en el sector eléctrico habrían permitido renovar parte sustancial de la capacidad instalada, pero terminaron diluidos en opacidad, sobreprecios y la rutina de una impunidad de alto voltaje.

El país que apagaron


La tragedia venezolana no consiste solo en haber perdido capacidad eléctrica, siderúrgica y minera. Consiste en haber normalizado la desaparición del dato, del control y de la responsabilidad. Cuando un gobierno oculta la cota del Guri, deja caer SIDOR y convierte el Arco Minero en una economía de sombras, no está administrando crisis: está administrando ruinas.

Por eso la imagen más exacta no es la del apagón como evento, sino la del apagón como sistema. Se apagó la luz, sí, pero también apagaron la información, la industria y la posibilidad de supervisión pública. Y cuando un país pierde esos tres planos al mismo tiempo, lo que queda no es una falla técnica: es una forma de poder.





domingo, 19 de abril de 2026

La Cara Oculta de la Luna

 

La Cara Oculta de la Luna: ¿Quiénes Somos Nosotros, los Invisibles, o Ellos, los Clanes Lunáticos?



Imagina la Luna, esa bolita plateada que nos guiña el ojo cada noche. De cara visible, nos muestra cráteres poéticos, mares de basalto y un romanticismo de bolero chavista. Pero dale la vuelta: la cara oculta, ese enigma sideral que la Tierra nunca ve gracias a la rotación síncrona —un vals gravitacional perfecto donde ambos cuerpos giran en armonía perversa, ocultando secretos desde hace 4.500 millones de años—. Teorías conspirativas la pintan como un páramo radioactivo, con hielo eterno a -230°C, cráteres más profundos que la deuda venezolana y rumores de bases nazis o extraterrestres. Larry Devoe y Egleé González, ¿quiénes? Ah, no: ahí entran los hermanos Rodríguez, dueños de la Luna criolla.

Aquí en el pueblo venezolano, como se dice en las hamacas de Portuguesa o las veredas de los llanos, "la luna llena le sube los humos a los dementes" (sin ofensa a los enfermos del cerebro, Dios los bendiga), haciendo que los locos hablen más verdad que los cuerdos y los que mandan pierdan el norte. No es casualidad: las fases lunares nublan el juicio. La luna nueva trae silencios siniestros; creciente, chismes que crecen como maleza venenosa; llena, desquicio total con amenazas de cárcel a opositores. Vemos algo de muy mal gusto en ese programa semanal, puro chisme repulsivo como lo más llamativo, donde un ministro de Interior, Justicia y Paz —que debe respetar— vive amenazando encarcelar venezolanos. ¡No es normal! Al parecer, nuestro satélite lo afecta faz tras faz, desatando locuras crecientes que ignoran su deber constitucional.

Nosotros, los trabajadores, pensionados y jubilados venezolanos, vivimos en nuestra cara oculta: el lado oscuro de la economía, invisibilizados por un tidal locking político. Imperceptibles como neutrinos, nos mantienen en anonimato mientras clanes familiares —esos Mariscales del Espacio, hermanos Rodríguez y su corte— cenan manjares franceses en La Casona, decidiendo el destino de la República con un sorbo de Château Margaux. "¿Fiscal General? Larry Devoe, sumiso y con expediente de corrupción para chantajearlo. ¿Defensora del Pueblo? Eglée González, obediente como un satélite en órbita. ¿CNE y TSJ? Ya tienen la lista: hombres y mujeres con currículos de lealtad canina y carpetas negras más gruesas que un anillo de Saturno."

Ellos creen que somos el rebaño en la cara oculta: votantes o militantes ficticios, contados en las últimas décadas como ovnis en Roswell sobreviven controlando poderes públicos —CNE, TSJ, AN— como astronautas en la misión Artemis II, que por fin nos dejó echar un vistazo a ese lado helado en 2025. Pero ¡sorpresa! La verdadera cara oculta es la de ellos: un mundo de privilegios congelados, donde el bolívar se evapora como sublimación lunar y la dolarización informal es el oxígeno que no admiten. Nosotros, en cambio, orbitamos en la penumbra: pensiones de $3 mensuales (menos que un tanque de oxígeno en la ISS), salarios que no cubren un cráter de arepas, y una sociedad civil que brilla solo en apagones.

¿Quiénes estamos realmente en la oscuridad? Ellos, los clanes, son los parias cósmicos: aislados en su vacío autoritario, donde el aire es irrespirable por corrupción y la gravedad de sus designios aplasta disidencias. Nosotros somos la cara visible que late: 7 millones de emigrantes que mandan remesas (más que el PIB petrolero), trabajadores que improvisan con trueque y jubilados que venden mangos en semáforos. La perversidad no es nuestra; es su sincronía maligna con el poder, un eclipse eterno que nos invisibiliza.

¿Cómo prepararnos para imponernos y vencer la maldad lunar? ¡Rompamos el ciclo faz por faz! Manual satírico con aroma a Artemis:

Luna nueva (silencio siniestro): Desincronícense —organicen primarias reales fuera del CNE, asambleas en plazas. Usen Telegram y X para mapear corruptos.

Creciente (chismes venenosos): Acumulen hielo subversivo —dólares informales, cripto, cooperativas de trueque petrolero por medicinas.

Llena (desquicio y amenazas): Láncense como sondas —capacítense en derecho (YouTube gratis), saturen redes con crónicas y TikToks virales de pensionados bailando en la "Luna oscura".

Menguante (promesas falsas): Aterricen con sarcasmo —memes de clanes como alienígenas: "¡Artemis II grabó su base en Portuguesa!" Ríanse de cenas francesas comiendo yuca.

Eclipse total: Imponen la nueva órbita —exijan elecciones con observadores reales. Marchen masivos como la marea lunar.

En resumen, ellos están en la cara oculta: fríos, aislados, conspirando en tinieblas. Nosotros, los invisibles, somos la luz que emerge. ¡Despierten, terrícolas! La Luna no siempre será síncrona; hagamos nuestra propia misión: Artemisa Popular, para iluminar la República entera.

viernes, 17 de abril de 2026

El Vértigo de la Obediencia: Luis Pérez y el Banco de las Sombras

 El Vértigo de la Obediencia: Luis Pérez y el Banco de las Sombras



En el corazón de Macondia, donde la lógica se dobla ante el decreto y los ceros desaparecen de los billetes como por arte de magia negra, ha ocurrido lo inevitable. El nombramiento de Luis Pérez al frente del otrora Banco Central —ahora rebautizado en el imaginario popular como la "Sucursal Miraflores"— no es un movimiento técnico, es un acto de fe ciega.

I. La Anatomía de la Sumisión

La imagen que circula hoy en nuestras calles no miente: un presidente institucional con el traje raído, encadenado por un cordón telefónico que no transmite datos macroeconómicos, sino órdenes directas. Mientras en las nubes los fantasmas de la Escuela de Chicago se llevan las manos a la cabeza ante el desastre inminente, en la tierra la realidad es más cruda.

Autonomía en cadena: El nuevo currículum de Pérez no destaca por doctorados o papers académicos, sino por una obediencia garantizada. Es el eco de un auricular gigante que susurra desde el cuartel.

La Bolsa de las Migajas: Mientras el General de turno reparte granos en la "Bolsa de la Economía", el ciudadano de a pie levanta pancartas que gritan verdades: "Queremos harina", "¿Dónde está el trabajo?". La economía de Macondia se ha convertido en un ejercicio de supervivencia donde el Bolívar es solo papel para alfombrar la desidia.

Ideología vs. Realidad

Bajo la sombra de una bandera roja y los manuales de Planificación Centralizada Soviética, la hiperinflación avanza como una bestia que no entiende de consignas. Luis Pérez llega para ser el rostro de un banco que ya no emite confianza, sino excusas.

En Macondia, el dinero ya no se cuenta, se pesa; y las decisiones no se toman en una junta de directores, se reciben por una línea caliente que atraviesa las paredes de una institución que alguna vez fue el orgullo técnico de la nación

II. El Cónclave de las Nubes: El Espanto de Chicago

Mientras en el suelo de Macondia el asfalto arde, en el plano celestial de la teoría económica se libra otra batalla. Los padres de la Escuela de Chicago, con sus anteojos empañados por el asombro, observan desde una nube de incredulidad.

Para ellos, lo que ocurre en la "Sucursal Miraflores" es un sacrilegio matemático. No pueden comprender cómo un Banco Central pasó de ser el guardián del valor a ser el impresor de la miseria. En sus pizarrones celestiales, las fórmulas de oferta monetaria estallan. El desastre que anuncian en sus carteles de "Alerta" no es una profecía, es el presente continuo de un país donde la moneda tiene menos valor que el aire que la rodea. Luis Pérez, en su rol de "Presidente de Dedo", es la antítesis de todo lo que enseñaron: es la política devorándose a la técnica.

III. La Fila de los Invisibles: Pan para hoy, Hambre para siempre

Abajo, lejos de las nubes y los manuales soviéticos que agitan los ideólogos del régimen, está la verdad de la acera. La fila de ciudadanos no es solo una espera por comida, es el desfile de una dignidad que se desmorona.

El General y la Limosna: La figura del militar entregando granos en la "Bolsa CLAP Económica" es la imagen irealidad, un banco que ya no existe.




Crónicas de Macondia: El Paraíso Obrero de las Siglas Vacías

 Crónicas de Macondia: El Paraíso Obrero de las Siglas Vacías




En la ilustre República de Macondia, la gravedad no solo afecta a las manzanas, sino principalmente a la producción y al sentido común. Aquí, la "Revolución de las Cuentas de Vidrio" ha logrado un hito histórico: convertir el sudor del trabajador en vapor de agua y las promesas de los ministros en lingotes de retórica pura.

El Canto de las Sirenas con Carnet

Todo comenzó con una melodía embriagadora. Se les prometió a los obreros que ya no serían simples mortales, sino "Dueños y Señores". El "Control Obrero" llegó con la sutileza de un elefante en una cristalería: los trabajadores fueron nombrados presidentes de empresas que, curiosamente, empezaron a sufrir de una extraña anemia de repuestos y una obesidad mórbida de burocracia.

Mientras los fondos de los aliados lejanos —esos tesoros de Oriente y Fondos de nombre impronunciable— se evaporaban en las cuentas de los "Alquimistas del Proceso", las chimeneas de las empresas básicas en Hierro Valley (el Silicon Valley de la chatarra) dejaron de echar humo para empezar a suspirar nostalgia.

La Profetisa de la "Sostenibilidad Responsable"

En el clímax de esta función de ilusionismo, no puede faltar la intervención de la Gran Oráculo del Tesoro, la interina Delcy, quien cada víspera de mayo aparece con el rostro de quien está a punto de multiplicar los panes, pero termina dividiendo los átomos del bolívar. Con una solemnidad casi religiosa, lanza su profecía favorita: “Anuncio que el 1 de mayo haremos un incremento, y será un incremento responsable”.

En Macondia, la palabra “responsable” es un código místico; significa que el aumento será tan discreto que no perturbará la paz de los precios ni la billetera del Estado, pero sí la paciencia de la clase obrera. Ella promete que avanzaremos por ese camino de mejora “conforme Venezuela goce de más recursos”, una condición tan etérea como esperar que las máquinas oxidadas de Guayana empiecen a destilar oro por sí solas. Es el arte de prometer el paraíso mañana, siempre y cuando el hoy sea lo suficientemente sostenible para que nadie cobre lo que le corresponde.



La Sopa de Letras: CPTT, CBST y el Estado Mayor

En Macondia, si algo no funciona, se le pone una sigla. ¿La producción está en caída libre? Creemos un CPTT. ¿El obrero tiene hambre? Formemos un Estado Mayor.

Los CPTT nacieron con la mística de la gestión productiva, pero en el camino sufrieron una mutación genética digna de un laboratorio de ciencia ficción: desarrollaron ojos en la nuca y lenguas hiperactivas, transformándose en los "Vigilantes del Pensamiento" o, como se dice en los pasillos de las fábricas, en delatores de carpa y comedor.

Por encima de todos, brilla la Central Bolivariana de Aplausos CBST, un órgano de dirección política cuya principal función es garantizar que el eco de la "Jefatura Suprema" no encuentre resistencia. Es una estructura tan perfecta que ha logrado la armonía absoluta: los trabajadores no protestan porque, técnicamente, según el manual, están "viviendo el paraíso".

El Truco Final: El Memorando de la Desaparición

Pero el acto de magia más impresionante ocurrió en 2018 con el Memorando 2792. Fue el equivalente administrativo a una pócima de amnesia colectiva. Con un solo papel, desaparecieron décadas de conquistas laborales, las convenciones colectivas se volvieron literatura fantástica y el derecho a huelga pasó a ser un mito urbano.

Para complementar la obra, llegó el Instructivo ONAPRE, un algoritmo diseñado por los dioses del Olimpo Financiero para asegurar que, sin importar cuánto trabaje un profesor o un obrero, el resultado final siempre sea 0 o una cifra que no alcanza para comprar la "píldora endulzada" que antes les daban.

Los Guardianes del "Orden"

Y por si algún trabajador osado decide recordar que la Constitución de Macondia todavía habla de "progresividad" y "justicia social", siempre están los esquiroles de turno y los grupos de "entusiasmo motorizado". Estos guardianes del bienestar se encargan de recordarles a los pensionados y jubilados que, en el realismo mágico, exigir un salario digno es un acto de traición a la patria y una perturbación de la paz del cementerio industrial.

Así sobrevive Macondia: entre el Estado Mayor que manda, la Central que aplaude y una clase obrera que sigue esperando que, por arte de magia, las siglas se conviertan en pan.

¡Venceremos! (O al menos, convenceremos a alguien de que estamos venciendo).

miércoles, 15 de abril de 2026

 Las fallas eléctricas en Venezuela: 26 años de promesas, apagones y una red en terapia intensiva



Venezuela no atraviesa una simple crisis eléctrica. Vive, desde hace años, en una especie de vigilia forzada entre racionamientos, apagones, bajones de voltaje y promesas oficiales que duran menos que un bombillo chino en sobrecarga. La narrativa ha cambiado con los gobiernos, pero el resultado sigue siendo el mismo: un país a oscuras, administrado por autoridades que explican el colapso con la misma creatividad con la que evitan asumir responsabilidades.

La primera gran crisis eléctrica moderna se declaró a inicios de 2010, durante el mandato de Hugo Chávez. Entonces se habló de emergencia, de racionamiento y de medidas extraordinarias, en medio de una severa sequía que redujo los niveles de Guri y de una falta de inversión que ya venía socavando al sistema desde años antes. La electricidad comenzó a dosificarse como si fuera medicina escasa, mientras el país descubría que la planificación energética también podía morir de abandono.

Ya para finales de 2009 y comienzos de 2010, los hornos de SIDOR empezaron a apagarse progresivamente por orden del Gobierno nacional, bajo el argumento del racionamiento eléctrico. Se impusieron cortes de 2 a 4 horas diarias, se redujo la jornada laboral pública y se restringió al comercio. Así comenzó una etapa que normalizó lo inaceptable: en vez de resolver la crisis, se administró el apagón como si fuera política pública.

Promesas, excusas y memoria corta

La crisis del Sistema Eléctrico Nacional no solo dejó racionamientos. También produjo una colección de promesas incumplidas que hoy forman parte del archivo oficial de la desmemoria. En abril de 2013, Jesse Chacón aseguró que estabilizaría el sistema en 100 días y llegó incluso a ofrecer su renuncia si no cumplía. El problema fue que no cumplió, no renunció y el país siguió hundiéndose en una precariedad eléctrica cada vez más profunda.

Entre 2014 y 2018, el deterioro se aceleró. Las denuncias de corrupción, sobreprecio, desvío de recursos e ineficiencia gerencial dejaron de ser murmullos de técnicos y se convirtieron en una constante. El sistema empezó a mostrar sus costuras: subestaciones envejecidas, mantenimiento insuficiente, equipos dañados y una burocracia más preocupada por sostener el relato que por sostener la red.

Y llegó 2019, cuando el país terminó de entender que el colapso ya no era una posibilidad sino una rutina. El gran apagón de marzo dejó a buena parte de Venezuela sumida en la oscuridad durante días y confirmó lo que ingenieros y especialistas venían advirtiendo: un sistema sin inversión, sin redundancia y sin gestión no falla; se derrumba.

La excusa de siempre

Cada apagón en Venezuela viene acompañado de una liturgia conocida. Si falla el sistema, la culpa es del clima. Si colapsa una subestación, fue sabotaje. Si se incendia un equipo, la explicación se busca en enemigos externos, animales imprudentes o conspiraciones perfectamente oportunas. El problema es que esa narrativa ha sido repetida tantas veces que ya no convence ni como libreto de emergencia.

La realidad técnica es mucho menos glamorosa y bastante más incómoda: durante años no se sustituyeron equipos, no se garantizó mantenimiento, no se modernizó la infraestructura y no se protegieron las instalaciones críticas. Cuando un país deja de invertir en su sistema eléctrico, no obtiene “incidentes aislados”; obtiene una crisis estructural. Y eso es precisamente lo que Venezuela lleva padeciendo desde hace más de una década.

De impusieron cortes de 2 a 4 horas diarias, se redujo la jornada laboral pública y se restringió al comercio. Así comenzó una etapa que normalizó lo inaceptable: en vez de resolver la crisis, se administró el apagón como si fuera política pública.

El Cementerio de Hierro: Autotransformadores en el Olvido

La crisis eléctrica nacional no solo es hija de la desinversión, sino de una gestión que parece haber sentenciado al sistema al abandono, incluso teniendo las soluciones a la mano. Diversos reportes técnicos y denuncias de especialistas han señalado una realidad dolorosa: la existencia de equipos y repuestos de alta gama que, habiendo llegado al país hace años, permanecen acumulando polvo en almacenes sin ser instalados. Esta situación convierte la falta de mantenimiento preventivo en una omisión deliberada que pone en riesgo la estabilidad del país.  

Un ejemplo emblemático de esta negligencia ocurrió en la Subestación Guri B, donde la explosión de uno de sus autotransformadores trifásicos —con capacidad de 1,500 megavatios— pudo haberse evitado si se hubiera reemplazado un simple bushing. Lo verdaderamente alarmante es que el repuesto necesario para esa reparación, cuyo costo es ínfimo comparado con los 5 millones de dólares que se perdieron por la destrucción del autotransformador, se encontraba disponible en el almacén de la propia subestación. Este patrón de "repuestos en depósito y equipos en falla" evidencia que la estructura administrativa ha priorizado el almacenamiento por encima de la operatividad real.  

Mientras el 90% de los transformadores en las subestaciones nacionales ya han superado su tiempo de vida útil, la negativa a ejecutar un plan de sustitución con los equipos que ya están en inventario es una condena al servicio eléctrico. No se trata solo de falta de recursos, sino de una desidia institucional que prefiere dejar que los autotransformadores se conviertan en chatarra en los patios de almacenamiento antes que ponerlos al servicio de un sistema interconectado que agoniza por sobrecargas y falta de atención técnica.  

Un país que produce oscuridad

La ironía es brutal. Venezuela, con enormes recursos energéticos, terminó administrando apagones como quien administra una costumbre nacional. La electricidad dejó de ser una garantía del Estado y pasó a ser una especie de premio intermitente, sujeto al humor de la red, al desgaste de los equipos y a la capacidad del gobierno de turno para maquillar la realidad.

Pero la crisis no se explica solo por la sequía o por la caída de generación. También hay una dimensión política y moral que no puede esconderse detrás de ningún comunicado. La corrupción en el sector eléctrico ha sido denunciada durante años como parte de un esquema donde contratos, obras inconclusas y recursos públicos mal administrados terminaron erosionando aún más un sistema ya frágil. Lo que se perdió no fue solo dinero: se perdió capacidad técnica, confianza institucional y tiempo, ese recurso que en electricidad también se mide en daños acumulados.

Tocoma: la obra que no alumbró

Si hay una imagen perfecta del fracaso eléctrico venezolano, esa es Tocoma. La central hidroeléctrica Manuel Piar fue presentada como una pieza clave para fortalecer la generación del país, pero terminó convertida en símbolo de retrasos, sobrecostos, corrosión, abandono y promesas que nunca llegaron a encender turbinas. La obra debió estar concluida hace años, pero sigue siendo una demostración permanente de cómo la desidia puede disfrazarse de proyecto estratégico.

Tocoma no solo representa una infraestructura inconclusa. Representa una manera de gobernar: anunciar, inaugurar en maqueta, prometer por fases, justificar retrasos y dejar que el tiempo haga el trabajo sucio. Mientras tanto, el país siguió a oscuras y el sistema eléctrico siguió perdiendo capacidad como si el deterioro fuera parte de un plan nacional.

El negocio de la oscuridad

En ese ecosistema florecieron los llamados Bolichicos, esa generación de intermediarios que descubrió que en Venezuela podía hacerse fortuna no necesariamente con talento, sino con cercanía al poder. Derwick Associates quedó asociada a una época de compras opacas, contratos cuestionados y equipos adquiridos bajo una lógica más financiera que técnica. En un país desesperado por resolver apagones, la electricidad también se convirtió en negocio.

Y ese es quizá uno de los grandes absurdos de toda esta historia: mientras millones de venezolanos aprendían a vivir entre bajones y racionamientos, otros hacían fortuna en torno al mismo sistema que se estaba hundiendo. El país se quedó sin luz, pero algunos sí encontraron el interruptor del enriquecimiento.

Un colapso anunciado

Los apagones de 2018 y 2019 dejaron claro que el sistema eléctrico venezolano no estaba enfrentando fallas fortuitas, sino un colapso anunciado. Subestaciones vulnerables, transformadores envejecidos, protecciones obsoletas y equipos sin repuestos forman parte de una red que funciona por inercia y no por robustez. Cuando ocurre una falla, el país entero lo siente porque el sistema ya no tiene margen para absorber golpes.

En cualquier país con una gerencia mínimamente seria, una falla se corrige antes de convertirse en tragedia. En Venezuela, en cambio, la falla se convierte en rutina, la rutina en excusa y la excusa en política oficial. Así se ha ido normalizando lo intolerable: hospitales con fallas, industrias paradas, hogares sin servicio estable y ciudades enteras sometidas a un racionamiento disfrazado de contingencia.

Cierre

Después de tantos años, el problema eléctrico venezolano ya no puede presentarse como una emergencia pasajera. Es el resultado de una cadena de decisiones, omisiones y saqueos que dejaron al país sobreviviendo con un sistema que opera muy por debajo de su capacidad real. Venezuela no está únicamente sufriendo apagones: está pagando el costo de haber convertido la infraestructura pública en botín, la técnica en propaganda y la corrupción en método de gobierno.

La oscuridad, en este caso, no es metáfora. Es política, economía y vida cotidiana. Y mientras el poder siga buscando culpables en el clima, en el sabotaje o en la mala suerte, el país seguirá haciendo lo mismo de siempre: esperando luz en un sistema que fue apagado mucho antes de que se fueran los bombillos


Nota de Prensa

 El Dorado, Estado Bolívar, 14 de abril de 2026. Vocería de Contraloría Social del Consejo Comunal San Rafael de la Camorra



CONSEJO COMUNAL SAN RAFAEL DE LA CAMORRA EXIGE AL MINISTRO HÉCTOR SILVA INTERVENCIÓN POR ACCIDENTE FATAL Y RESTITUCIÓN DE DERECHOS A LA ALIANZA SARAD

EL DORADO, ESTADO BOLÍVAR – El Consejo Comunal San Rafael de la Camorra, a través de su Vocería de Contraloría Social, emite un pronunciamiento urgente dirigido al Ministro del Poder Popular de Desarrollo Minero Ecológico, Héctor Silva, ante la gravedad de la situación laboral y jurídica en nuestro ámbito territorial.

1. DENUNCIA POR ACCIDENTE FATAL EN MINING VENEZUELA C.A.

Como autoridad comunitaria, denunciamos que el reciente fallecimiento del trabajador Maxiel San Martin, el día 11/04/2026, evidencia la desprotección absoluta en las operaciones de la empresa Mining Venezuela C.A.:

Evasión del Seguro Social: El fallecido carecía de registro en el IVSS.

Falta de Seguros: Operatividad sin pólizas de vida ni de accidentes personales.

Inseguridad Industrial: Incumplimiento de normativas de prevención de riesgos.

2. EXIGENCIA DE RESTITUCIÓN DE DERECHOS A LA ALIANZA SARAD

Denunciamos públicamente que la Alianza SARAD ha sido víctima de una Vía de Hecho que le arrebató su administración legítima. El Consejo Comunal respalda el reclamo de SARAD para que le sea restituida de inmediato su operatividad administrativa, la cual venía ejerciendo conforme a derecho antes de este atropello.

Recordamos que este caso fue introducido ante el Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) hace dos años sin que hasta la fecha exista una respuesta, lo que constituye un grave retardo procesal que afecta la estabilidad de los trabajadores y la comunidad.

3. PETITORIO DIRECTO AL MINISTERIO DE MINAS

Dada la potestad del Ministro Héctor Silva sobre estos asuntos, el Consejo Comunal solicita:

Inspección Inmediata e Integral: Auditoría técnica y laboral a las Alianzas Estratégicas (incluyendo Dominic Gold / Pozo 8), Brigadas y Personas Naturales del sector.

Cese de Vías de Hecho: Justicia para los pisatarios históricos con más de 30 años de permanencia y solución inmediata al caso de la Alianza SARAD.

Acompañamiento Comunal: Participación de la Contraloría Social en toda inspección oficial para garantizar la transparencia frente a los atropellos denunciados.

3. UNIDAD EN LA DEFENSA TERRITORIAL

En conjunto con la Asociación Civil del Dorado, el Consejo Comunal ratifica su compromiso con la justicia social. No permitiremos que se sigan vulnerando los derechos de las alianzas legítimas, de los trabajadores ni de los habitantes de nuestra zona.

CONCLUSIÓN Ministro Héctor Silva, la omisión institucional ha costado vidas y ha permitido atropellos jurídicos. Exigimos la restitución de la administración a la Alianza SARAD y seguridad para todo el pueblo minero de San Rafael de la Camorra.

“Contraloría Social en defensa de la vida y el derecho”

Vocería de Contraloría Social Consejo Comunal San Rafael de la Camorra



lunes, 13 de abril de 2026

La Corporación CAMAFLORO

 “La versión azul del PSUV”: CAMAFLORO 2.0 y el marketing de la continuidad autoritaria


Introducción: el discurso del cambio sin el cambio real

En los últimos años, el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) ha intentado proyectar una imagen renovada, articulada en la noción de “transición” y en un repensar de su propia imagen pública. Ese intento de rebranding político se ha traducido en un cambio de tonalidad: el rojo patriótico tradicional cede paso a una paleta azul “moderna”, asociada a la idea de gestión eficiente, tecnología y profesionalismo. La propia metáfora de una empresa fallida ha sido adaptada para pensar este fenómeno: CAMAFLORO, una corporación en quiebra, que decide, no corregir defectos estructurales, sino cambiar el envase de sus productos.

En este texto, CAMAFLORO se convierte en la metáfora perfecta de la versión 2.0 del PSUV. Un partido que, lejos de representar un cambio de paradigma, perpetúa la corrupción, el autoritarismo y la exclusión, solo que ahora bajo el disfraz del lenguaje del marketing político contemporáneo. El sarcasmo, en este caso, no será un recurso marginal, sino una herramienta analítica que permite exponer las paradojas de un régimen que se moderniza en el discurso mientras el país retrocede en la práctica.

1. CAMAFLORO: el fracaso de una corporación de Estado

El fracaso de los “CEO de CAMAFLORO” puede ser leído como una metáfora de la descomposición institucional del PSUV. Sus siglas, construidas a partir de los apellidos de los directivos estrella, simulan un modelo de gestión corporativa, con lenguaje de eficiencia y profesionalismo, pero el resultado es el mismo que el de muchos organismos de gobierno: quiebra programática y pérdida de legitimidad. El partido, en lugar de escuchar a la “base de consumidores” (ciudadanía, trabajadores, pensionados, jóvenes), prioriza un marketing demagógico de régimen, que impone la narrativa desde arriba, sustituyendo el diálogo por consignas y la participación por la obediencia.

El pensamiento de los directivos, en esta metáfora, es más cerrado que una alcabala en Caracas: el debate político se reduce a la repetición de rituales ideológicos, y el espacio de la disidencia se ve limitado por la verticalidad de la cadena de mando. La estructura se comporta como un cacicazgo familiar, donde un “dueño” eterno concentra el poder y el resto aparece como ejecutor pasivo de decisiones, relegando a la juventud a la cuneta simbólica del proceso político.

2. Del rojo patrio al azul marketing: la estética sin sustancia

El paso de la iconografía roja de los FLOMA a la paleta azul “shiny” de la propaganda reciente no supone necesariamente un cambio de praxis. Más bien, se trata de un ejercicio de rebranding ideológico: el PSUV, como CAMAFLORO, borra viejas consignas (“patria o muerte”) para sustituirlas por slogans relucientes, más llamativos que un carnaval en El Callao, pero igualmente vacíos. El discurso se vuelve “light” y se recubre de términos de la moda gestionaria (“innovación disruptiva”, “transformación digital”, “eco‑friendly”, “escalable”), que convierten un programa de gobierno en una solución integral smart.

Sin embargo, detrás de este lenguaje, la calidad del producto político es la misma: miseria con hashtag, hambre “optimizada”, corrupción “disruptiva” y represión con sonrisa de influencer. La única diferencia es que ahora el dinosaurio lleva glitter, pero el olor, lejos de desaparecer, se vuelve más penetrante. El producto sigue siendo el mismo, solo el envase ha cambiado.

3. La farsa de la “transición Blue”

La marcha del 9 de abril, en la que los trabajadores y pensionados exigen salarios dignos y pensiones justas, se convierte en el símbolo de una transición real que el régimen niega. Frente a ese reclamo, la respuesta no es el diálogo ni la reforma, sino la represión cosmetizada: confites de pimienta, lacrimógenas y garrotazos, acompañados del argumento de que se trata de una nueva etapa democrática. La promesa de una “transición Blue” resulta, así, en la continuación de los métodos autoritarios, con un reparto de cárceles idéntico, solo adornado por el lenguaje de la “nueva era”.

Ni siquiera la marquesina de la casa del partido ha sido renovada: las viejas consignas que afirman que “el muerto vive y el preso vuelve” persisten, como si el tiempo no hubiera pasado. Esa galimatías discursiva refleja un vacío de ideas y una incapacidad para reconocer el propio fracaso. El PSUV, como CAMAFLORO, puede cambiar de logo, pero no puede cambiar su ADN sin renunciar a la lógica de dominación que lo sostiene.

4. El siglo XXI del atraso: Guri, velas y hielo derretido

El contraste entre el hombre del siglo XXI que vuelve a la Luna y el régimen que sigue remendando las turbinas de Guri con alambre y cinta de Mercal es paradójico, pero revelador. El discurso oficial sostiene la falta de recursos y culpa a gobiernos pasados, mientras el presente se consume en apagones sucesivos y soluciones rudimentarias. La vela a precio de dólar, que dura apenas veinte minutos, hecha con hielo derretido de una nevera vacía, se convierte en la imagen perfecta de una economía que consume el capital sin producir nada digno de sustento.

Mientras tanto, el imaginario político promete rascacielos más altos que Dubai y un Río Guaire cristalino y bebible, como si el poder simbólico de la palabra pudiera sustituir la carencia material. La electricidad es “disruptiva”, pero las luces se apagan; las promesas brillan, pero las cuentas se inflan.

5. Conclusión: la versión azul de un dinosaurio vencido

La versión azul del PSUV, lejos de representar una verdadera modernización, expresa el esfuerzo por maquillar un dinosaurio que ya está en estado de putrefacción. Corrupción, represión, desigualdad y pobreza persisten intactas, solo que ahora se visten con los colores del marketing político de principios del siglo XXI. El sarcasmo, entonces, no es un recurso gratuito, sino una lente necesaria para ver lo que el discurso oficial intenta ocultar.

Los trabajadores, pensionados, madres y jóvenes que salen a la calle no necesitan un nuevo tono de pintura en el letrero; necesitan salarios verdaderos, pensiones dignas, energía confiable y justicia. Hasta que el PSUV se vea obligado a transformar su práctica, y no solo su estética, la “versión azul” seguirá siendo solo el intento no decorativo de un régimen que ya ha caducado.



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