Los Quijotes de Angostura: Andanzas de la libertad en un trópico en penumbras
Prólogo:
El libreto de la mentira y las andanzas del Trópico este escrito no nace del capricho, sino de la urgencia del testigo. Nace del dolor acumulado en veintisiete años de ver cómo una nación entera es desvalijada ante los ojos del mundo, mientras sus verdugos ensayan un cínico simulacro de normalidad. Lo que el lector encontrará en estas páginas no es una simple enumeración de carencias, sino la radiografía de un secuestro colectivo; un thriller desolador de la vida real donde la perversión y la mentira se han elevado a la categoría de política de Estado. En esta crónica, el periodismo se funde con el espíritu de Don Quijote y Sancho Panza en sus desventuradas andanzas por el trópico. Prestamos los ojos del Caballero de la Triste Figura para contemplar la belleza marchita del Casco Histórico y la quijotesca dignidad de los maestros que aún defienden las aulas vacías; pero también asumimos la cruda e inmediata sensatez de Sancho para aterrizar la implacable matemática del hambre, contando los centavos necesarios para comprar un camión de agua o rindiendo las pensiones de miseria frente a los monstruosos gigantes de la corrupción estatal. Escribir sobre esta realidad es un ejercicio repetitivo porque la destrucción misma es un bucle infinito que se replica en cada escuela desvalijada, en cada hospital en penumbras y en cada grifo seco. Es la letanía de un pueblo que mastica su rabia en la oscuridad, contemplando cómo los destructores del futuro pretenden sepultar la verdad bajo luces de neón y propaganda. Pero el silencio no será su cómplice. Dejar constancia del colapso es el primer acto de resistencia contra el olvido.
Acto I: El banquete de los verdugos
Veintisiete años y el hambre hoy tiene cara de niño. Dicen los jerarcas en la televisión que el país se arregló, pero la verdad es un hueso de pollo seco en el plato de un niño de primaria. En las escuelas de los sectores más vulnerables, donde hace un lustro el eco de quinientos alumnos llenaba los pasillos de futuro, hoy solo quedan ochenta sombras desnutridas. Las aulas no se vaciaron porque las mujeres dejaran de parir; se vaciaron porque el país se desangra por las fronteras ante la falta absoluta de calidad de vida. En los barrios, la inocencia muere temprano: niñas de trece años, desamparadas y desnutridas, dan a luz a la próxima generación del éxodo. Mientras tanto, el personal administrativo y los maestros —héroes con los zapatos rotos— intentan mitigar el llanto escolar cocinando milagros con carapachos y una chicha aguada. Eso no es alimento; es el menú de un cautiverio impuesto.
Veintisiete años y la patria se parece a una postal de la Habana Vieja. No por la belleza de su historia, sino por el crujir de sus paredes y el cinismo de su fachada. Las empresas básicas que un día fueron el motor del territorio hoy son cementerios de metal. Las escuelas, los liceos y los acueductos se caen a pedazos a plena luz del día. Las universidades languidecen en la penumbra de un presupuesto de miseria. El descaro tiene impunidad total: en Ciudad Bolívar, clausuraron el Hospital Psiquiátrico, pero no para salvar vidas, sino para desalojar a los enfermos y sembrar allí a los colectivos, amigos de la corona regional. Es la descomposición social hecha decreto. El olvido se convirtió en la política oficial de los verdugos de los sueños.
Veintisiete años y los campos huelen a fogata de malandros. Lo que costó décadas construir con el sudor de productores y ganaderos honrados fue borrado por el pillaje del uniforme y el fusil. Las fincas productivas y los hatos ganaderos fueron expropiados bajo la bandera de una falsa soberanía, solo para terminar convertidos en el asado de fin de semana de los delincuentes y los colectivos. Devoraron el ganado, quemaron las tierras y destruyeron la propiedad privada. En este thriller de la vida real, a los policías y a los militares no se les enseñó a defender la ley, se les inculcó el negocio del saqueo. Enterraron la moral y la patria en la misma fosa común. Mientras el régimen maquilla el ghetto con luces de neón y vende nuestras riquezas al mejor postor, la mentira brilla con un destello de oro falso. Pero en la oscuridad del pueblo, la verdad sigue viva, masticando su rabia.
Acto II: La sala de espera de la morgue
Veintisiete años y enfermarse es firmar una sentencia anticipada. En los pasillos de los hospitales públicos la piedad fue desterrada; el horror es tan cotidiano que la consulta médica se ha convertido en el prólogo de la morgue. El éxodo también viste de bata blanca: los médicos especialistas huyeron del colapso migratorio o se refugiaron en los quirófanos de las clínicas privadas, porque la vocación no se puede alimentar con la limosna de un Bono de Guerra. En su lugar, el sistema colocó a médicos comunitarios en la primera línea de contención, improvisando diagnósticos en salas donde escasea lo más elemental. Si entras a una emergencia buscando alivio, te topas con el vacío absoluto: no hay gasas, no hay curitas, no hay compasión institucional. El derecho a la salud quedó reducido a la nada.
Veintisiete años y el quirófano cuesta la comida de una familia. Someterse a una intervención quirúrgica —incluso para algo tan común como una hernia— es iniciar un calvario de supervivencia. Los cirujanos, atrapados en la misma desolación que sus pacientes, se ven obligados a entregar listas interminables e inhumanas de insumos: desde el material quirúrgico, los medicamentos y las soluciones, hasta las propias batas médicas que usarán en la operación. La humillación se ha vuelto el pan de cada día, llegando al punto extremo donde los médicos deben pedir a los familiares que les garanticen el desayuno o el almuerzo para poder resistir las largas horas de la jornada de intervenciones. Es el sálvese quien pueda financiado por la angustia del pueblo.
Veintisiete años y el descaro se mide en toneladas de despojo. Mientras el ciudadano común empeña lo poco que le queda para comprar una jeringa, las altas esferas del régimen ejecutan el saqueo sistemático de la ayuda asistencial. Las denuncias contra ministros por desviar presupuestos y vaciar almacenes médicos saturan el clamor público. El ejemplo más obsceno quedó registrado en la desaparición de 71 toneladas de medicamentos e insumos quirúrgicos, un cargamento vital destinado a los pacientes en cuidados críticos que ingresó formalmente al país. Aunque los jerarcas ensayaron excusas de distribución, los gremios médicos confirmaron el fraude: los insumos jamás llegaron a la red hospitalaria de los estados. Se robaron la vida en cajas selladas. En este thriller de impunidad, mientras los verdugos engordan sus cuentas, los hospitales siguen siendo el escenario donde la verdad se desangra y la mentira brilla con total impunidad.
Acto III: Las arterias secas del ghetto y el eclipse de Angostura
Veintisiete años y sobrevivir exige resolver un dilema inhumano: te bañas o comes. El colapso de los servicios públicos no es una falla técnica; es un método de sometimiento que mantiene al ciudadano ocupado en no morir. Los acueductos del país son hoy tuberías muertas. Las estadísticas del desespero confirman que más del 80% del territorio nacional no recibe agua potable por tuberías, con estados en situación de colapso crítico absoluto como Sucre, Nueva Esparta y Cojedes. En estas regiones, abrir el grifo es una fantasía del pasado. Y cuando por milagro llega algo, lo que brota es agua cruda, turbia y sin ningún tratamiento potabilizador, obligando a los seres humanos a jugar a la ruleta rusa con hepatitis, parásitos y fiebres virales.Esta sequía institucional muerde con saña el corazón de Ciudad Bolívar. Su Casco Histórico, aquella joya de arquitectura colonial que estuvo a las puertas de ser declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, hoy se encuentra completamente abandonado a su suerte, con sus habitantes cargando tobos de agua cruda entre fachadas históricas que se caen a pedazos. La desidia borró el asfalto de las grandes avenidas de la capital, transformándolas en polvorientas calles de tierra que reflejan el retroceso de más de un siglo.
Veintisiete años y la sed es un negocio de camiones. El vacío del Estado lo llenan los mercaderes de la necesidad. Para una familia promedio de Pipas (cinco personas), la higiene se ha convertido en un artículo de lujo inalcanzable. Racionando el líquido hasta la última gota, el presupuesto familiar se desangra a un ritmo de 24 dólares mensuales, pagados a camiones cisterna privados que venden el tanque de mil litros a 6 dólares. En un país con salarios pulverizados, gastar cuatro tanques al mes implica mutilar el presupuesto de la comida. La lógica del verdugo es perfecta: si pagas por el agua para no enfermarte, dejas el plato vacío; si compras comida, te condenas a la suciedad y la infección.
Veintisiete años y el movimiento se detuvo en el apagón. El transporte y el sistema eléctrico nacional guardan material suficiente para redactar una enciclopedia del horror institucional. Las calles se poblaron de camiones de carga y vehículos improvisados donde la gente viaja hacinada, arriesgando la vida solo para llegar a unos puestos de trabajo que no pagan ni el pasaje. En la otrora pujante tierra del oro y el diamante, la parálisis es total: el Aeropuerto Nacional General Tomás de Heres yace en el olvido absoluto, convertido en un desierto de maleza y pistas desoladas. Sobre esta inmovilidad cae, como una guillotina diaria, el racionamiento eléctrico criminal. Pero en Ciudad Bolívar el castigo tiene su propio sello de crueldad: alimentada desde subestaciones locales colapsadas e independientes de otros flujos regionales, la capital sufre un ensañamiento eléctrico que no coincide con los cronogramas nacionales. Los cortes de luz en los barrios no avisan, duran horas interminables y hunden a comunidades enteras en una oscuridad total y peligrosa. En este thriller sin fin, las plantas eléctricas de los jerarcas zumban con opulencia, mientras el pueblo de Angostura cocina con leña y espera, a la luz de una vela, el amanecer de un país que se quedó a oscuras.
Acto IV: El purgatorio de las canas
Veintisiete años y la vejez se convirtió en un crimen de Estado. El libreto de mentiras, manipulación y promesas rotas ha tenido como víctima fija a la generación que construyó el país. El supuesto "presidente obrero" y su maquinaria ensayaron una coreografía de engaños perfecta: si la primera voz fallaba en su promesa, la segunda salía a rematarla en el canal oficial. Prometieron bonos de medicina, subsidios de recreación y un bienestar de cartón que solo existe en sus pantallas. La burla máxima quedó sellada cuando el régimen seleccionó a un centenar de allegados de la tercera edad, los montó en un avión y los llevó a pasar un fin de semana en Los Roques para simular un programa turístico nacional. Mientras tanto, cinco millones de pensionados condenados a la miseria siguen esperando un turno que jamás llegará, viendo cómo su vejez se evapora en las colas del banco.
Veintisiete años y las deudas históricas se pagan con limosnas digitales. En el año 2022, la vicepresidencia ejecutiva de la mano de los portavoces del régimen empeñó su palabra en televisión nacional para anunciar un "bono único reparador" destinado a resarcir las prestaciones devoradas por la hiperinflación a los jubilados entre 2018 y 2021. Prometieron un equivalente a 2000 dólares pagaderos en cuotas a través del Sistema Patria. Al final, el tramo diluido por la devaluación convirtió aquella "justicia social" en una migaja humillante que hoy apenas roza los 10 dólares. Cada promesa económica del régimen se deshace en las manos de los abuelos como sal en el agua, dejando solo el rastro de la estafa institucional.
Veintisiete años y el éxito oficial equivale a menos de un dólar. Cada mes, el Instituto Venezolano de los Seguros Sociales anuncia con bombos y platillos el depósito de la pensión mensual. El monto es un insulto a la dignidad humana: 130 bolívares. Una cifra que en el mercado real no alcanza ni para comprar un caramelo y que representa apenas unos centavos de dólar tras el colapso de la moneda. Con tres o más enfermedades crónicas a cuestas —hipertensión, diabetes, artrosis—, los ancianos se enfrentan al mismo dilema de muerte que acecha en cada rincón del ghetto: compras la pastilla para el corazón o compras el medio kilo de harina. Los viejos mueren a mengua, en silencio y en la más absoluta soledad, convertidos junto a los niños en la zona cero del abandono de un país desmantelado.
Acto V: El biocidio del conocimiento y la soberanía
Veintisiete años y las cenizas de los libros sustituyen al futuro. El desmantelamiento de la nación no es solo de cemento y cables; es un ataque sistemático contra la mente de sus jóvenes. El abandono de las universidades públicas pasó de ser desidia presupuestaria a convertirse en un ensañamiento planificado. El símbolo más atroz de esta barbarie quedó grabado en el fuego provocado que consumió la Biblioteca Central de la Universidad de Oriente (UDO), núcleo Sucre. Allí, 120.000 textos e investigaciones científicas se convirtieron en humo y cenizas; un crimen contra el saber que coronó años de asfixia institucional y que se extiende como un cáncer por los cinco núcleos de la llamada "casa más alta". En Ciudad Bolívar, el libreto de la decadencia muerde los espacios académicos con total impunidad. La Escuela de Ciencias de la Tierra, ubicada en el sector La Sabanita, hoy no es más que un esqueleto de concreto desvalijado. Mucho antes de la pandemia, la delincuencia amparada por la oscuridad de la zona comenzó un desmantelamiento feroz: se llevaron las rejas, las ventanas, la cerca perimetral y hasta los techos de las edificaciones. En plena campaña electoral, el régimen prometió con bombos y platillos una rehabilitación total que jamás llegó; otra mentira televisada que contrasta con la realidad de la Escuela de Ciencias de la Salud en el barrio Ajuro, también sumergida en el abandono. Mientras las bibliotecas y laboratorios son vandalizados o incendiados, los profesores y trabajadores de la UDO resisten con las uñas en salones en penoso estado, negándose a que el archivo literario y científico de su alma máter desaparezca bajo las garras de los verdugos del pensamiento. Mientras el pueblo padece a oscuras, cocinando con leña y estirando los centavos, los verdugos del régimen despachan las riquezas nacionales desde despachos con aire acondicionado. La soberanía, aquella palabra que tanto gritaron en sus discursos encendidos, fue entregada al mejor postor en un mercado negro de geopolítica y entreguismo. El subsuelo —el oro del Arco Minero, el petróleo, el gas— ya no pertenece al futuro de los niños de las escuelas públicas; ahora financia los lujos de potencias extranjeras y mafias corporativas que sostienen el andamiaje del ghetto. Los "malos" parecen imponerse con total impunidad, firmando concesiones en la sombra mientras convierten el territorio nacional en una mina a cielo abierto. Nos ofrecieron una supuesta independencia, pero terminaron subastando la patria pedazo a pedazo.
Epílogo:
El eclipse del cinismo y el despertar del mañana
La maldad y la perversión en este thriller real no son excesos individuales; son el manual de política de Estado. El cinismo es la ley: se expropia la propiedad privada para destruirla, se roban los dólares de la nación para atesorarlos en paraísos fiscales, y luego se culpa a fantasmas externos. Es la distorsión absoluta de la verdad, donde la mentira oficial brilla con descaro y la realidad se castiga.Ante tanta desolación, ante el llanto de los abuelos que mueren a mengua y las niñas que paren en la miseria, pareciera que Dios nos dejó olvidados en algún bosque de la historia. Nos invade el eco del profeta Jeremías en el libro de Lamentaciones 5:2-5, cuando clamaba al cielo una verdad que hoy se siente propia: "Nuestra heredad ha pasado a extraños, nuestras casas a forasteros. Huérfanos somos sin padre; nuestras madres son como viudas. Nuestra agua bebemos por dinero; nuestra leña compramos por precio. Padecemos persecución sobre nuestros cuellos; estamos cansados, y no hay para nosotros reposo".
Prometieron un mar de felicidad y libertad, pero el resultado ha sido el despojo absoluto de nuestros sueños y el secuestro del subsuelo. Bien le advertía Don Quijote a su fiel escudero: «La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres». Hoy la tierra y el mar de esta nación están empeñados, y sus hijos viven el cautiverio de la miseria. Sin embargo, en el fondo de esta noche oscura, la rabia y el llanto mutan en algo indestructible. La ignorancia y la maldad, por más que se revistan de decretos, bayonetas y propaganda, son intrínsecamente estériles: pueden quemar ciento veinte mil libros, pero no pueden borrar el hambre de saber; pueden desmantelar las aulas de Ciencias de la Tierra en La Sabanita, pero no pueden expropiar el conocimiento acumulado en el espíritu de sus maestros.La verdad está comprimida, pero no extinta. Este thriller no terminará con la victoria perpetua de los verdugos, porque la tiranía de la mentira necesita de la fuerza para sostenerse, mientras que la dignidad solo necesita recordar quién es para ponerse en pie. El futuro no se ha perdido; está en el limbo, esperando que la luz de la conciencia colectiva disipe la penumbra. Cuando el gigante despierte, la ignorancia caerá por su propio peso de ruina y ceniza, y sobre los cimientos de la verdad pisoteada se levantará una patria libre, limpia y luminosa.













