domingo, 26 de abril de 2026

El Evangelio según San Piñate y la Sagrada Eucaristía del Dólar

 Capítulo III: El Evangelio según San Piñate y la Sagrada Eucaristía del Dólar



Oído al tambor! Entramos en el fango más espeso de Macondia. Si el Tío Donald y el Tío Rubio pusieron la música, la Manada de los Esquiroles es la que baila sobre las tumbas de los contratos colectivos.

Aquí tienes el tercer capítulo de esta saga de realismo trágico-salarial.

En Macondia, el hambre no es una tragedia, es una “estrategia de resistencia”. Y para garantizar que esa resistencia sea eterna, ha aparecido la Manada de Adoradores del Dólar, liderada por el Sumo Pontífice del recorte, Eduardo “El Verdugo” Piñate.

El Milagro del Memorando 2792: El Pan que no se Multiplica

Todo buen culto tiene sus tablas de la ley, y la de estos esquiroles es el Memorando 2792. No bajó del Monte Sinaí, sino de una oficina con aire acondicionado mientras el pueblo sudaba petróleo.

Este documento es el artefacto mágico más poderoso de Macondia:

Tiene la propiedad de hacer invisible el Artículo 91 de la Constitución.

Convierte las prestaciones sociales (Art. 142 LOTTT) en confeti para el Carnaval.

Logra que un obrero gane en bolívares devaluados mientras la Manada de la CBST (Central Bolivariana de Sindicatos de Títeres) cuenta sus viáticos en billetes verdes con la cara de Washington.

La Constituyente Laboral: El Entierro con Orquesta

Ahora, la Manada ha anunciado su obra cumbre: la Constituyente Laboral. No es para dar derechos, ¡qué va! En el realismo mágico de Macondia, “Constituyente” significa “borrón y cuenta nueva”.

El plan es sencillo pero perverso:

Eliminar la Estabilidad: Porque estar fijo en un trabajo es “muy capitalista”. Lo moderno es la incertidumbre total.

Satanizar el Art. 106: Ese que habla del recibo de pago detallado. En Macondia, el pago debe ser un misterio de fe. Si no sabes qué te descuentan, no tienes por qué quejarte.

El Altar al Dólar: Mientras a los viejitos les dicen que los artículos 80 y 86 son “sugerencias poéticas” y les pagan una pensión que no alcanza ni para el pasaje al cementerio, la Manada de Piñate brinda con el Tío Donald.

“El dólar es malo para el pueblo, pero purifica el alma de los dirigentes”, parece ser el lema que susurran en las reuniones de la CBST.

La Danza de los Cómplices

Es una coreografía perfecta. Mientras el Tío Donald se ocupa del oro y el Tío Rubio mantiene un silencio sepulcral (seguramente porque tiene la boca llena de caviar de bauxita), Piñate y sus muchachos limpian el camino.

Están preparando la Alfombra Roja de Bauxita. La idea es entregarle el Arco Minero y las industrias básicas a los nuevos “socios” del Norte, pero con un detalle de lujo: mano de obra a precio de gallina flaca.

El trato es este: El Norte pone la maquinaria, el Gobierno de Macondia pone las tierras, y los esquiroles de la CBST ponen el silencio de los trabajadores.

Si alguien protesta invocando la LOTTT, la Manada suelta un rugido de “¡Traidor!”, mientras esconden sus cuentas en dólares bajo la alfombra de la Constituyente.

Epílogo Obrero

En las esquinas de Macondia, el trabajador ya lo sabe: no hay diferencia entre el empresario que se sienta con Juan Vicente León y el sindicalista que aplaude a Piñate. Ambos juegan al dominó con las mismas fichas, y la “traba” siempre la paga el que suda.

La Constituyente Laboral es el clavo final en el ataúd de los derechos, martillado por manos que juraron defender al pueblo pero que solo saben contar billetes extranjeros.

¿Cerramos esta crónica con el “Gran Juego de Dominó Final”, donde se apuestan las prestaciones del mundo los trabajadores en una mesa servida con el oro de sangre?

                              Está historia continuará 

El Silencio del Tío Rubio y la Fiebre del Dorado

 Capítulo II: El Silencio del Tío Rubio y la Fiebre del Dorado




En los salones dorados de Mar-a-Macondia, el ambiente ha cambiado. Ya no se escuchan los gritos de “todas las opciones están sobre la mesa”. Ahora, la mesa ha sido pulida con el mejor petróleo extra pesado y sirve para apoyar los mapas del Arco Minero.

El Tío Rubio: De León a Gatito de Porcelana

El Tío Rubio, aquel que en otros tiempos lanzaba rayos y centellas por el pajarito azul (ahora una “X” de incógnito), ha entrado en una fase de meditación profunda. Dicen los malas lenguas en Macondia que el silencio del Tío Rubio es proporcional al brillo de los lingotes que cruzan el océano.

Ya no hay discursos encendidos sobre la tiranía. Ahora, el Tío Rubio parece estar practicando el arte del mimetismo:

Si le preguntan por la democracia: Bosteza.

Si le preguntan por el Oro de Sangre: Anota en su libreta.

Si le preguntan por los derechos laborales: Se le olvida el español.

Es el realismo mágico de la geopolítica: el hombre que iba a salvar al pueblo de Macondia resultó ser el mejor auditor de las minas de la corona.

La Doctrina del “Excremento del Diablo”

El Tío Donald, con su cabellera al viento y su olfato para el “mejor trato de la historia”, ha descubierto que la libertad es un concepto muy abstracto comparado con la densidad del crudo. En Macondia, el pueblo esperaba que se llevara a los seis jinetes del apocalipsis, pero Donald sacó su calculadora de empresario:

“Llevarse a seis es un costo logístico muy alto. Mejor me llevo a dos que ya no me servían, y a los otros cuatro los dejo ahí como gerentes de mis futuros pozos. Business is business, amigos.”

Así, el Tío Donald pasó de ser el “Sheriff” a ser el “Socio Silencioso”. Mientras los venezolanos buscan en la basura, él busca en el mapa dónde queda exactamente el Arco Minero para asegurarse de que el “Oro de Sangre” llegue con el sello de aprobación de sus empresas amigas.

El Gran Combo: Sangre, Sudor y… Relaciones Públicas

Mientras el Tío Rubio guarda un silencio sepulcral —quizás para no espantar la inversión—, en las minas de Macondia el trabajo no para. Los analistas como Juan Vicente y José Gregorio ya están redactando los nuevos manuales: “Cómo amar al Tío Donald mientras ignoramos que nos está cobrando hasta el aire”.

La narrativa ha cambiado:

Antes: “El imperialismo nos ataca”.

Ahora: “Estamos en una fase de transición energética basada en la extracción intensiva de minerales con socios del Norte”. (Suena más elegante, ¿verdad?).

La Moraleja de Macondia

El pueblo mira al cielo buscando un dron de libertad y solo ve aviones de carga llevándose el mineral. Al final, la democracia en Macondia no se perdió por un golpe de estado, sino que se canjeó en una casa de empeño donde el Tío Donald puso las reglas, el Tío Rubio puso el silencio, y el Elector de Macondia puso la firma (pagada, por supuesto, con los abogados de lujo del primer capítulo).

                               Está historia continuará 

sábado, 25 de abril de 2026

Crónica de una Factura Anunciada (y No Presupuestada

 Crónica de una Factura Anunciada (y No Presupuestada)



En la ilustre República de Macondia, donde el tiempo no pasa sino que da vueltas en círculos sobre un tablero de dominó, ha surgido una nueva corriente de derecho internacional: el "Derecho a la Defensa con Tu Dinero".

Resulta que los abogados privados del Gran Elector y su Primera Combatiente de la Nostalgia han pasado su factura. Lo curioso no es el monto, sino que en la Constitución de Macondia —esa que invocan hasta para pedir un café— no aparece por ningún lado el ítem: "Páguese con el hambre del pueblo el bufete de lujo del Jefe". Pero en Macondia, la legalidad es como un fantasma: todos hablan de ella, pero nadie la ha visto en la Gaceta Oficial.

El Registro de los Milagros

Mientras tanto, en las redes sociales (ese oráculo de pulgar rápido), se dice que en la Registraduría de la vecina nación de Cofia ya reposa el acta de nacimiento del líder, confirmando que nació en tres lugares distintos al mismo tiempo. La Fiscalía guarda los documentos con tanto celo que ni ellos mismos los encuentran. Es el realismo mágico digital: si un tuit dice que eres extranjero, pues ya puedes pedir asilo en tu propio palacio.

El Banquete de los Esquiroles y el Dominó Político

En las altas esferas, el deporte nacional no es el béisbol, sino el dominó presupuestario.

Los Jugadores: Analistas de oficio y empresarios con olfato de sabueso para el guiso. Se sientan a la mesa Juan Vicente "El Encuestólogo" y José Gregorio "El Ficha Blanca", grandes amigos de Gorrincho, el magnate que transmuta oro en humo.

La Jugada: Entre trago y trago de escocés, deciden que subir el salario es "inflacionario", pero que financiar la Constituyente Sindical es "necesario".

Nota al pie: La Constituyente Sindical es ese ingenioso invento de la Central Bolivariana de Aplausos cuyo fin es proteger al trabajador... de la horrible tentación de tener derechos, prestaciones (Art. 142 LOTTT) o, Dios nos libre, un salario digno (Art. 91 CRBV). ¡La estabilidad laboral es tan del siglo pasado!

El Tío Donald y el Excremento del Diablo

Cruzando el océano de la esperanza, el pueblo mira hacia el Norte. Esperaban a un libertador y se encontraron con un cobrador de deudas.

Donald "El Rubí" parece haber olvidado los discursos sobre la democracia para concentrarse en la tabla periódica:

Au (Oro de Sangre): Extraído del Arco Minero donde el agua sabe a mercurio.

Petróleo (El Excremento del Diablo): Negro como las intenciones de quienes lo custodian.

La oferta inicial era un combo de "Seis Villanos Fuera", pero al final, el Tío Donald aplicó la promoción de Macondia: "Llévese dos y deje a los cuatro más feroces para que sigan cuidando el negocio". Es la diplomacia del "oro por paz", donde la libertad se canjea por una concesión minera y un apretón de manos bajo la mesa.

Epílogo: La Dieta de los Artículos Olvidados

En Macondia, los artículos 80, 86 y 91 de la Constitución han sido declarados "literatura de ficción". Los pensionados comen esperanza al horno y los trabajadores ayunan en honor a la "soberanía".

Mientras tanto, en el Palacio, suena el choque de las fichas de dominó. "¡Capicúa!", grita el líder, mientras el país cuenta los centavos que quedan después de pagarle al abogado que juró que todo esto, absolutamente todo, es perfectamente legal en el reino de lo absurdo.


viernes, 24 de abril de 2026

Trabajadores, pensionados y jubilados no pueden seguir esperando migajas del poder

 Trabajadores, pensionados y jubilados no pueden seguir esperando migajas del poder



Venezuela no necesita más discursos sobre recuperación mientras el salario siga destruido y la pensión continúe reducida a una cifra simbólica. Si la industria petrolera muestra señales de recuperación y el país recibe ingresos por exportaciones, entonces también debe existir la voluntad política de traducir esos recursos en mejoras reales para trabajadores, pensionados y jubilados. Lo contrario es insistir en una economía de parches, bonos y promesas que no resuelven la emergencia social.

La crisis del ingreso no es un accidente ni una consecuencia inevitable. Es el resultado de años de decisiones erradas, opacidad administrativa y una política que ha preferido administrar la miseria antes que reconstruir un sistema salarial digno. Mientras la inflación y la devaluación pulverizan el poder adquisitivo, millones de venezolanos sobreviven con ingresos que no alcanzan ni para cubrir las necesidades más elementales. La canasta alimentaria se ha convertido en una referencia cruel de la distancia entre la realidad del país y el salario formal.

En ese escenario, los pensionados y jubilados cargan con uno de los golpes más duros. Después de décadas de trabajo y cotización, reciben pagos que no garantizan alimentación, medicinas ni una vida mínimamente decorosa. La Constitución no deja espacio para interpretaciones convenientes: el artículo 91 consagra el derecho a un salario suficiente, y los artículos 80 y 86 obligan al Estado a garantizar seguridad social y protección integral a los adultos mayores. No se trata de dádivas ni de favores políticos; se trata de derechos adquiridos.

Sin embargo, el modelo de bonos fragmentados ha terminado por profundizar la desigualdad. El uso del Sistema Patria para pagos diferidos y fraccionados crea más incertidumbre, más retrasos y más pérdida de valor real para quienes dependen de esos recursos. En un contexto de devaluación diaria, cada día de espera equivale a menos capacidad de compra. Por eso, el pago directo y oportuno a las cuentas bancarias sería mucho más racional, más transparente y más respetuoso con los beneficiarios.

También es necesario decirlo con claridad: no puede existir una política salarial seria mientras la burocracia siga consumiendo buena parte del presupuesto público. Un Estado sobredimensionado, ineficiente y corroído por la corrupción no puede seguir pidiendo sacrificios a quienes menos tienen. Reducir privilegios administrativos, eliminar gastos superfluos y reorientar recursos hacia salarios, pensiones y servicios públicos debería ser la prioridad de cualquier gobierno que realmente quiera estabilizar la economía y proteger a la población.

Los trabajadores activos, los pensionados y los jubilados no pueden continuar dependiendo de anuncios parciales ni de fórmulas improvisadas. Necesitan un plan salarial sostenido, indexado al costo de vida, con aumentos periódicos y con mecanismos claros de protección frente a la inflación. Necesitan pensiones dignas, cestaticket para los jubilados y un sistema de seguridad social que funcione como establece la Constitución, no como un instrumento de control político.

La discusión ya no es técnica, sino moral y política. O el Estado decide respetar el trabajo, la vejez y la dignidad humana, o seguirá profundizando una crisis que castiga a quienes más han aportado al país. La renta petrolera no puede seguir repartida en forma de dádivas. Debe convertirse en salario, pensión y bienestar real. Todo lo demás es propaganda.

La “Eutanasia Creativa” y los 38 millones de fantasmas de Miraflores

 La “Eutanasia Creativa” y los 38 millones de fantasmas de Miraflores



¡Albricias, venezolanos! Finalmente, el laboratorio dialéctico del IVSS ha resuelto el misterio de la economía nacional con una lógica que dejaría a Einstein pidiendo clases particulares. Según los cálculos de quienes habitan el mundo de Narnia en Miraflores, para que un pensionado pueda comer, necesitamos 38 millones de trabajadores activos. Sí, leyó bien. En un país donde quedamos unos 28 millones —y contando los que no se han ido por la selva—, la solución del régimen es simple: ¡Hay que importar 10 millones de trabajadores imaginarios! O quizás, en un acto de fe bolivariana, esperan que los 9 millones de la diáspora regresen trotando para cotizar por un sueldo que no alcanza ni para un cartón de huevos.

La gestión de los “hermanitos” Maduro y Delcy ha elevado el cinismo a la categoría de Bellas Artes. Nos prometieron las “72 vírgenes eternas” del Socialismo del Siglo XXI pero terminamos en la época de las cavernas, recolectando leña porque no hay gas y cazando bonos en una plataforma digital que tiene más “ataques de hackers” que usuarios reales.

Es fascinante la “Regla de Tres” que aplican para las pensiones. Es una fórmula matemática digna de un villano de caricatura: si usted trabajó 40 años, le toca el 0.26% de la dignidad humana. A los jubilados les aplican la “Eutanasia Social Progresiva”: les pagan fraccionado, cuando les da la “real gana” y a través del Sistema Patria, esa maravilla cibernética que se “cae” sistemáticamente para que, cuando el dinero llegue al banco, la devaluación ya se haya almorzado la mitad.

Y ni hablar de los recibos de pago. El artículo 106 de la LOTTT ahora es un mito urbano, como el Chupacabras. No entregan recibos para que el trabajador no sepa qué le están robando exactamente. Es el “oscurantismo salarial”. Mientras tanto, nos dicen que las bolsas CLAP valen 100 dólares y que la leche de Alex Saab era ambrosía de dioses, aunque sabía a tiza mexicana. En fin, prepárense para el 1° de mayo; seguramente la próxima promesa será que, en vez de aumento, nos darán un curso de cómo vivir de la fotosíntesis.


miércoles, 22 de abril de 2026

Delcy no duerme, el jubilado tampoco come

 Delcy no duerme, el jubilado tampoco come




Dicen que Delcy Rodríguez no duerme. Y uno lo cree, porque debe ser agotador velar tanto por el pueblo mientras los apagones hacen fiesta en el Zulia y el resto del país practica el noble deporte nacional de contar horas sin luz. Seguro la vicepresidenta pasa la madrugada en una lucha interior: si no logra conciliar el sueño por la tristeza ajena, entonces por lo menos por la preocupación de que el Sistema Patria vuelva a depositar tarde y mal.

La escena es conmovedora: un Estado que promete protección social, pero entrega 130 bolívares a quienes dedicaron décadas de trabajo al país. Es casi una obra de caridad invertida, donde el pensionado recibe la pensión en cuotas morales y el consuelo en ofertas discursivas. Mientras tanto, desde Miraflores se insiste en que todo está bajo control, aunque el control parezca más un experimento de laboratorio que una política pública.

También es admirable la creatividad contable del poder. Un día el bono es ingreso, al otro es complemento, luego es alivio, después es un gesto, y finalmente termina convertido en una especie de chiste administrativo. El problema es que el chiste lo paga el jubilado, que debe hacer magia para comprar comida, medicinas y sobrevivir a un país donde la dignidad ha sido rebajada a saldo promocional.

Y no faltan los recuerdos: aquel “bono reparador y compensatorio” anunciado con solemnidad terminó siendo otra pieza del museo de las promesas incumplidas. En Venezuela, la memoria política no se borra; simplemente se acumula como polvo sobre las ruinas del salario. Por eso el humor popular ya entendió la lección: si el gobierno promete paz, probablemente habrá silencio; si promete recuperación, probablemente habrá recorte; y si promete protección, lo más seguro es que venga fraccionada, tarde y por Patria.

lunes, 20 de abril de 2026

Venezuela en penumbra: apagón informativo, ruina industrial y saqueo sin control

 Venezuela en penumbra: apagón informativo, ruina industrial y saqueo sin control


Para un país funcionar necesita luz; para una estructura de poder sobrevivir, necesita oscuridad. En Venezuela, el apagón no empezó cuando fallaron las turbinas ni cuando el ciudadano se acostumbró a vivir entre racionamientos: comenzó mucho antes, cuando la información técnica dejó de circular con normalidad y la Memoria y Cuenta de las empresas del Estado pasó de ser un instrumento de control a un estorbo para el saqueo. Desde entonces, la opacidad no ha sido una falla administrativa, sino una política de Estado.

El apagón informativo y la represa del silencio

El Guri se convirtió en una especie de secreto de seguridad nacional, no porque la transparencia sea peligrosa, sino porque la verdad suele ser incómoda cuando la administración está hecha de improvisación, sobreprecio y abandono. Durante años, la cota del embalse fue un dato público que permitía medir el riesgo; hoy, su ocultamiento funciona como una cortina sobre el deterioro del Sistema Eléctrico Nacional. Sin boletines confiables, sin balances técnicos verificables y sin rendición de cuentas, la población queda reducida a una sola certeza: la electricidad puede irse en cualquier momento, y el Estado se reserva el derecho de no explicar por qué.

La cifra crítica de 240 msnm opera ya como un símbolo narrativo del peligro negado. No es solo un nivel hidrológico: es el borde de una política que prefiere apagar estados enteros antes que reconocer que el sistema está fracturado por dentro.  En ese contexto, la Ley Antibloqueo ha servido como una manta discursiva para tapar contratos opacos, compras fallidas y una arquitectura de corrupción que ha devorado los recursos destinados al sector eléctrico. La falta de luz es grave; la falta de verdad, devastadora.

Las sanciones, coartada y privilegio

Las sanciones no son un bloque homogéneo ni una condena abstracta contra todo un país. En el caso venezolano, conviene distinguir entre las sanciones dirigidas al régimen y sus estructuras de poder —incluyendo empresas estatales, sectores estratégicos y redes de financiamiento— y las sanciones individuales aplicadas a funcionarios, intermediarios y operadores señalados por corrupción, represión o evasión. Esa diferencia importa porque el gobierno ha usado ambas cosas como si fueran una sola.

Mezcla las sanciones sectoriales con las personales para construir un relato único: “todo es culpa del bloqueo”. Pero no es lo mismo una restricción impuesta a una empresa estatal o a una operación petrolera que una medida dirigida contra un jerarca por enriquecimiento ilícito, lavado de dinero o represión política. En la práctica, las sanciones individuales revelan un punto incómodo para el poder: no castigan al país, castigan nombres y apellidos. Son el resultado de redes concretas de corrupción, saqueo y abuso, no de una abstracción geopolítica.

Por eso el oficialismo insiste en borrarlas en el discurso: le conviene convertir al corrupto en patriota y al sancionado en víctima nacional. Pero esa operación retórica tiene un límite muy claro: una cosa es la sanción como presión sobre estructuras de poder y otra, muy distinta, es la sanción personal contra quienes hicieron del Estado una caja fuerte privada.  Confundirlas no aclara nada; más bien protege a quienes prefieren esconder la responsabilidad detrás de una consigna.

Guri y la ingeniería del silencio

La represa de Guri no solo alimenta buena parte del país; también expone la fragilidad del modelo que la administra. Cuando el dato técnico desaparece, desaparece también la posibilidad de control ciudadano. Y cuando no hay control ciudadano, la corrupción deja de ser una desviación y se convierte en método. Ese es el verdadero apagón: no el de los bombillos, sino el de la información.

La población dejó de recibir cifras y empezó a recibir consignas. Donde antes había boletines, ahora hay excusas; donde antes había alertas, ahora hay silencio; donde antes había un indicador de riesgo, ahora hay propaganda. El resultado es una especie de normalización de la incertidumbre: se vive pendiente de una falla que el poder niega mientras la pospone. Y así, el Guri deja de ser una central hidroeléctrica para convertirse en un espejo de la administración pública: enorme en apariencia, opaco en el fondo, vulnerable en la práctica.

SIDOR y el cementerio del acero



Hubo un tiempo en que SIDOR fue una referencia industrial de América Latina. En 2007 produjo 4,3 millones de toneladas de acero líquido, una escala que hablaba de país industrial y no de ruina administrada. Hoy, en cambio, la planta funciona como un museo de la desidia: equipos canibalizados, hornos apagados, mantenimiento aplazado y una producción que se desplomó hasta niveles residuales. La siderúrgica ya no representa potencia productiva, sino la evidencia de cómo se destruye una industria a punta de decisiones políticas, abandono técnico y saqueo continuado.

El discurso oficial insiste en que las sanciones explican la parálisis. Pero la realidad es más grave y menos cómoda: SIDOR fue sacrificada por un modelo que no priorizó la producción, sino la supervivencia política.  Una industria electro-intensiva exige un sistema eléctrico robusto; cuando ese sistema se derrumba, la planta queda atrapada entre dos ruinas: la del suministro y la de la gestión. Así, la disyuntiva no fue entre producir acero o soportar sanciones, sino entre sostener la industria o preservar la paz social de corto plazo en la capital.

El resultado fue previsible. Se prefirió contener el ruido urbano antes que sostener la producción nacional. Se aceptó el colapso fabril como costo político para evitar un colapso social inmediato. Y mientras los hornos se enfriaban, los fondos destinados a modernización y mantenimiento se perdían en tramas de sobreprecio, facturas dudosas y contratos sin transparencia. La verdadera sanción contra SIDOR no vino del exterior: vino de adentro, de una administración que convirtió la ruina en política industrial.

Guayana y el cero industrial




SIDOR no está sola en esa tragedia. ALCASA y el resto de la industria básica de Guayana completan el retrato de un territorio donde la producción dejó de ser prioridad y pasó a ser recuerdo.  El contraste entre el pasado de altos volúmenes y el presente de inercia es tan brutal que ya no habla de crisis coyuntural, sino de una demolición estructural. Guayana pasó de ser promesa de desarrollo a escenario de apagón productivo.

Ese “cero industrial” no surgió por accidente. Es la consecuencia de un modelo que castigó el mantenimiento, congeló la inversión, ocultó las cifras y subordinó la técnica a la propaganda. Cada vez que el sistema eléctrico entra en crisis, la primera víctima es la industria básica, porque el gobierno prefiere proteger el equilibrio urbano antes que arriesgarse a sostener procesos productivos de alto consumo. En otras palabras, el país no dejó de producir por casualidad; dejó de producir por acumulación de decisiones políticas erradas.

Del oro al barro



En el Arco Minero del Orinoco, la narrativa de la soberanía se deshace con el primer golpe de pico. Lo que se presentó como una oportunidad para dignificar al minero artesanal terminó convertido en un sistema de control, despojo y jerarquías armadas. Bajo el lenguaje de las “alianzas estratégicas” y la “cooperación internacional”, el negocio minero se llenó de estructuras opacas, empresas de fachada y vínculos que conectan el Estado con redes de intermediación y poder informal.

El caso de Mibiturven es ejemplar. Su creación fue vinculada a una red de intereses con registro turco y a la sombra de Alex Saab, figura asociada a múltiples tramas de negocios con el Estado venezolano.  Lo que en el papel se presenta como una asociación para reactivar la minería, en la práctica opera como una vía para extraer riqueza con escasa trazabilidad y alto costo humano. La frontera entre administración pública y pranato se ha vuelto difusa, y en ese vacío la violencia se instala como forma de gestión.

El drama no es solo institucional; es humano. Mineros desplazados, zonas tomadas por grupos armados y comunidades arrinconadas por una economía que promete prosperidad mientras reparte miseria. El oro sale, pero el bienestar no llega. El botin brilla para unos pocos, mientras el trabajador local queda reducido a peón de un esquema extractivo donde la soberanía es una palabra útil para el discurso, no para la vida diaria.

La termo-inexistencia

Si el Guri simboliza el silencio informativo, las plantas termoeléctricas representan la estafa material. Planta Centro, por ejemplo, fue concebida como una columna de respaldo para el sistema eléctrico, pero terminó degradada por años de fallas, conversiones inconclusas, incendios, subutilización y promesas incumplidas.  No se trata de un accidente aislado, sino del patrón de una infraestructura abandonada mientras el discurso oficial insiste en culpar a enemigos externos.

La narrativa del sabotaje suele ser funcional porque evita la pregunta central: ¿dónde fueron a parar los recursos? En el sector eléctrico venezolano, la ausencia de mantenimiento, la corrupción y la falta de datos técnicos crearon el terreno perfecto para el colapso.  Por eso el problema no es únicamente que las turbinas no giren; es que el país ya fue habituado a aceptar que no giren, siempre que haya un culpable útil al cual señalar.

En ese sentido, la “termoinexistencia” es una imagen útil: hay plantas, hay estructuras, hay cemento, pero no hay generación efectiva. Quedan esqueletos de obra, contratos opacos y una memoria material del desfalco. Entre 2010 y 2025, los recursos perdidos en el sector eléctrico habrían permitido renovar parte sustancial de la capacidad instalada, pero terminaron diluidos en opacidad, sobreprecios y la rutina de una impunidad de alto voltaje.

El país que apagaron


La tragedia venezolana no consiste solo en haber perdido capacidad eléctrica, siderúrgica y minera. Consiste en haber normalizado la desaparición del dato, del control y de la responsabilidad. Cuando un gobierno oculta la cota del Guri, deja caer SIDOR y convierte el Arco Minero en una economía de sombras, no está administrando crisis: está administrando ruinas.

Por eso la imagen más exacta no es la del apagón como evento, sino la del apagón como sistema. Se apagó la luz, sí, pero también apagaron la información, la industria y la posibilidad de supervisión pública. Y cuando un país pierde esos tres planos al mismo tiempo, lo que queda no es una falla técnica: es una forma de poder.





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