Macondia y la Eternidad del Garrote: Crónicas de un Realismo Trágico
En esta Venezuela Macondiana ocurren fenómenos que ni el mismísimo alquimista Melquíades ha logrado descifrar, a pesar del inmenso conocimiento adquirido en sus viajes por el mundo y sus tertulias con sabios, físicos y filósofos naturales. En los regímenes de Macondia no existe la alternancia, ni el pluralismo, ni esa extravagancia llamada democracia. Aquí todo está sellado por la eternidad y la obsesión por el poder: nada cambia, solo hay enrosque, rotación y momificación en el cargo.
Gracias a las mariposas amarillas de Mauricio Babilonia, el tiempo quedó congelado justo después de la plaga de langostas anunciada en las Santas Escrituras (la cual ningún dictador pudo descifrar porque, para colmo de males, estaba redactada en arameo). Desde entonces, los nombramientos se volvieron infinitos.
En Macondia, para que un funcionario garantice una permanencia atemporal no bastan el amiguismo ni el nepotismo; el secreto de la inmortalidad política radica en la obediencia ciega y la utilidad estratégica para el sátrapa de turno.
La estirpe de los eternos
A la cabeza de esta estirpe destaca Delcyna Buendía, hija insigne de José Aurelio y Pilar Ternera. Acumuló nada menos que 130 meses ininterrumpidos en la cúspide del Palacio de las Flores, desde su primer nombramiento en agosto de 2013 hasta el cierre de 2025. Cumplió 13 años después del Galáctico (13 d.G.) y ya suma su primer año después de la Súper Bota (1 d.S.B.).
A Delcyna solo la supera en veteranía el generalísimo Padrino, quien ha combatido en más frentes que el propio coronel Aureliano Buendía. En su Hoja de Servicios destacan batallas homéricas como:
La Guerra de los Huevos.
La Guerra de los Sexos.
La cruenta Guerra de las Minitecas.
Agotado de tanto heroísmo, al general lo mandaron finalmente a La Ciénaga a sembrar arroz y papas para que no moleste.
Mientras tanto, Delcyna sigue bailando dichosa al ritmo que le tocan los musiúes del norte, enviados por la United Fruit Company y la Oil Golden Company. Los gringos acuden con frecuencia a supervisar un sistema eléctrico que destruye la producción de betún y pirita, haciendo que de la Faja salgan cada día menos barriles y menos kilos de falso oro. Pero con estos visitantes no se puede andar con embustes: vienen custodiados por sus lobbyistas, Mr. Carrone y Mr. Barrett, a quienes se les ha visto bailando pegado con Delcyna en el negocio de Catarino y a lo largo de la calle de los Siete Bares.
La lupa de Ámsterdam y la Diplomacia del Dólar
Para revisar los acuerdos y cartas de entendimiento, los magnates trajeron una lupa gigante traída directamente de los laboratorios de Ámsterdam —la misma que usó José Arcadio en su intento fallido por inventar un sistema de energía solar—.
La histeria es colectiva. Washington amenaza con una segunda ola de intervención al estilo del Big Stick (el "Gran Garrote") que impulsó Theodore Roosevelt o la rigidez de Calvin Coolidge durante la trágica Masacre de las Bananeras. En los pasillos del poder, la cúpula tiembla de pánico pensando que serán extraídos de sus despachos como la raíz cuadrada de cero. La Armada de EE. UU. ya calienta motores y sus marines toman sol en las playas del Caribe.
Por su parte, la oposición e interinato de turno están "más chorreados que palo de gallinero". Incapaces de rendir cuentas sobre más de 13 mil millones de dólares en ingresos petroleros, prefieren mantener a la población mendigando bonos y vales corporativos para burlar el salario mínimo. Ante esta asfixia, se ha desatado un éxodo bíblico hacia Brasil y el resto del continente, huyendo de la famosa Ley del Gran Mazo.
Ojalá a la administración en Washington no se le ocurra revivir la Diplomacia del Dólar de William Howard Taft, aquella fina arte de comprar deudas soberanas para adueñarse de las economías locales desde Wall Street y convertir a las corporaciones petroleras en repúblicas independientes.
Ciegos, gallinas y el sazón caribeño
En medio de este sainete Macondiano no podía faltar el toque contable de la firma KPMG, auditores estelares que custodiaron los libros de PDVSA durante más de dos décadas sin enterarse de que la industria estaba siendo saqueada hasta los tequeños. Aplicaron al pie de la letra el remedio ancestral: pusieron al zorro a cuidar las gallinas. O, en el mejor de los casos, reconfirmaron que no hay peor ciego que el que no quiere ver, sobre todo cuando los honorarios se pagan en divisas.
Y así transcurren los días en Macondia: entre apagones de cien años, discursos oxidados que suenan a tambor destemplado y una comparsa de dirigentes que se niegan a envejecer. Mientras la masa migra a pie cruzando selvas y fronteras con una mano adelante y otra atrás, la élite gobernante destapa botellas de escocés importado para brindar por la "soberanía", celebrando que en esta tierra mágica y trágica, la miseria es lo único que se reparte con absoluta igualdad.







