jueves, 9 de abril de 2026

“¡Delcy y el salario invisible, gracias Corpoelec!”

 “¡Delcy y el salario invisible, gracias Corpoelec!”


Por Juan Linares 




¡Gracias, Corpoelec, heroína silenciosa del socialismo! Gracias por el racionamiento eléctrico de cinco horas, porque gracias a ti nadie vio el discurso de Delcy Rodríguez. Así evitamos otro apagón mental colectivo. Mientras media Venezuela cenaba a oscuras, Delcy, presidenta interina y economista por inspiración soviética, anunciaba el aumento del salario mínimo para el 1° de mayo. ¿El monto? Misterio de Estado. “¡Un aumento sin cifra, pero con esperanza!”, parecía decir la transmisión fantasma.

Rodríguez aseguró que el sistema de pensiones es “insostenible”. Harían falta 38 millones de trabajadores activos para sostenerlo —una cifra mágica, inventada en el laboratorio dialéctico IVSS. Porque claro, en el país donde la población total apenas llega a 28 millones, ¡la única forma de cuadrar los números sería importar trabajadores imaginarios!

El origen de tanta confusión no está en los apagones, sino en las aulas soviéticas donde el chavismo aprendió que el mercado es pecado y la planificación, una religión. Jesús Farías, por ejemplo, se formó en la Universidad de Berlín Oriental “Alejandro Humboldt”, donde Marx era canon y Friedman era el diablo. Quizá por eso Delcy teme pronunciar la palabra mercado en voz alta: podría ser excomulgada por el PSUV.

Mientras tanto, del otro lado del planeta, los maestros de la Escuela de Chicago —Milton Friedman, George Stigler, Gary Becker— predicaban libertad de precios y competencia. En Venezuela, esa libertad existe… pero para el dólar y los enchufados. Adam Smith se revuelve en su tumba cada vez que un “socialista del siglo XXI” negocia crudo con Wall Street.

El socialismo criollo llegó a su versión premium: marxismo para los discursos, capitalismo para los negocios, apagones para los pobres. PDVSA se privatiza con discreción, las pensiones valen menos que un chicle, y Delcy sueña con un país “libre de bloqueos”, pero encadenado a su propio modelo soviético del siglo pasado.

Diálogo imaginario en Miraflores:

Delcy: “¡El libre mercado es explotación!”

Asesor: “Vice, pero los sueldos se pagan en dólares.”

—Delcy: “¡Eso es monetarismo patriótico!”

Y así seguimos: rezando a Lenin, cobrando a PayPal y dándole gracias a Corpoelec por hacernos el favor de no ver cadenas nacionales. Porque, dentro de toda esta oscuridad, lo único sostenible… es el apagón

miércoles, 8 de abril de 2026

La Corrupción causa más Inflación y Devaluación que un Aumento Salarial.



¡Salarios de miseria y excusas de oro: el circo salarial venezolano donde nadie produce, pero todos se roban!

En el gran teatro del presupuesto nacional, el aumento salarial para el sector público es el acto estelar que nadie aplaude. El régimen chavista llora a moco tendido: "¡No hay dinero!", mientras el erario se evapora en un gasto público inoperante, ese monstruo burocrático que devora todo sin regurgitar ni un bolívar. ¿La causa? Ausencia total de libertades económicas y jurídicas, salpicada de expropiaciones "revolucionarias" donde el Estado y sus cómplices se apoderan de bienes ajenos sin soltar un centavo. Un robo con guante de seda, claro. Resultado: aquí nadie produce ni invierte. Ni siquiera las petroleras gringas, con su "imperio" de respaldo, se atreven a meter un dedo en este avispero.

Y ni hablemos de la Asamblea Nacional, ese parlamento de pacotilla donde la oposición "elegida" por el régimen tiembla como hoja al viento ante las amenazas del copropietario eterno, Nicolás Maduro. ¿Discutir salarios? ¡Ja! Mejor agachar la cabeza para no perder la curul y el sueldo de figurante.

Mientras tanto, las pocas empresas privadas "parasitarias" —propiedad de enchufados afiliados a Fedecámaras y Fedeindustria, esos aliados incondicionales del gobierno— exigen más. No les basta el instructivo de ONAPRE ni el Memorándum 2792; ahora quieren amputar artículos de la LOTTT como si fueran cirujanos aficionados. ¿Respeto a la ley? Por favor, estos son el copy-paste perfecto del Estado: piden eliminar prestaciones sociales y estabilidad laboral, soñando con trabajadores desechables como en una fábrica de condones chinos.

Y no olvidemos a los sindicaleros esquiroles, esos Judas de corbata que complican el vía crucis de trabajadores y pensionados. Complacientes hasta la náusea, venden contratos colectivos y firman el Memorándum 2792 a cambio de migajas: promesas de un "Banco de los Trabajadores" y pozos petroleros que nunca llegan. Desclasados hasta la médula, le venden la primogénita a cualquier postor por un hueso rancio.

A estos "empresarios" y vendepatrias les da igual mantener a trabajadores, pensionados y jubilados con 0,26 dólares al mes. Parecen marionetas del PSUV, tan obedientes que hasta organizan contramarchas para sabotear protestas obreras. ¿Ejemplo? Inventan desfiles para celebrar el cumpleaños del Indio Waikavy o la reina María Lionza, cualquier excusa con tal de no soltar un bolívar extra.

El dilema que plantea el régimen: un aumento salarial "dispararía" la inflación, pero omiten cómo la corrupción masiva es el verdadero motor de la devaluación del bolívar y la inflación crónica. Es un chantaje clásico: congelar salarios en 130 bolívares (0.26 USD hoy) mientras prometen bonos indexados vía Sistema Patria, que benefician selectivamente a activistas y afines (hasta 300 USD mensuales reportados en algunos casos). Esto evita ajustes al salario base, que obliga pagos en divisas a privados y genera pasivos fiscales reales.

Corrupción como Inflacionista Oculta

La corrupción genera inflación indirecta al saquear recursos que podrían estabilizar la economía:

PDVSA y cripto: Estimaciones de 30 mil millones USD expoliados bajo Tareck El Aissami (incluyendo mineros ilegales de criptomonedas y Petro). 

Pero retrocedamos a los boom petroleros, cuando millardos —¡investigaciones hablan de dos billones de dólares burlados!— fluían como petróleo crudo. ¿Fondos de inversión para jubilaciones y pensiones? Ni en sueños. Prefirieron el control cambiario, esa máquina de enriquecimiento exprés para corruptos y malandros. CADIVI, Cencoex, Sicad, Simadi, Dicom... y ahora las "Mesas de Cambio" del BCV. Siglas para asignar divisas preferenciales a los enchufados, mientras el salario mínimo y las pensiones se quedaban en el olvido. Empresas básicas de Guayana destruidas, PDVSA hecha trizas por la peste roja corrupta. ¡Prioridades revolucionarias!

Tuvimos cash para copiar lo mejor de Países Bajos, Dinamarca, Islandia, Luxemburgo, Noruega, Australia, EE.UU. o Singapur —países con salarios y pensiones de ensueño—. Pero no, el chavismo optó por el modelo deluxe: Somalia, Zimbabue, Eritrea, Burundi, Sudán del Sur, Malaui, República Centroafricana y Chad. Hambre, pobreza, miseria y corrupción garantizadas. ¡Gracias, líderes visionarios, por este paraíso tropical de harapos y promesas vacías!

¡Basta de farsas! Apoyemos la marcha del 9 de abril: salgamos a las calles exigiendo aumentos salariales y pensiones dignas, el cumplimiento estricto del Artículo 91 de la Constitución Nacional —ese que manda salarios mínimos para cubrir la canasta básica familiar, no para mendigar—. Que el pueblo despierte y rompa las cadenas de la miseria, ¡porque la dignidad no se negocia con esquiroles ni se roba con siglas!




martes, 7 de abril de 2026

¡Salarios de miseria y excusas de oro

¡Salarios de miseria y excusas de oro: el circo salarial venezolano donde nadie produce, pero todos se roban!





Expropiaciones, enchufados y sindicaleros vendidos: la receta chavista para la hambruna eterna


En el gran teatro del presupuesto nacional, el aumento salarial para el sector público es el acto estelar que nadie aplaude. El régimen chavista llora a moco tendido: "¡ 

No hay dinero!", mientras el erario se evapora en un gasto público inoperante, ese monstruo burocrático que devora todo sin regurgitar ni un bolívar. 

¿La causa? Ausencia total de libertades económicas y jurídicas, salpicada de expropiaciones "revolucionarias" donde el Estado y sus cómplices se apoderan de bienes ajenos sin soltar un centavo. Un robo con guante de seda, claro. Resultado: aquí nadie produce ni invierte. Ni siquiera las petroleras gringas, con su "imperio" de respaldo, se atreven a meter un dedo en este avispero.

Y ni hablemos de la Asamblea Nacional, ese parlamento de pacotilla donde la oposición "elegida" por el régimen tiembla como hoja al viento ante las amenazas del copropietario eterno, Nicolás Maduro. ¿Discutir salarios? ¡Ja! Mejor agachar la cabeza para no perder la curul y el sueldo de figurante.

Mientras tanto, las pocas empresas privadas "parasitarias" —propiedad de enchufados afiliados a Fedecámaras y Fedeindustria, esos aliados incondicionales del gobierno— exigen más. No les basta el instructivo de ONAPRE ni el Memorándum 2792; ahora quieren amputar artículos de la LOTTT como si fueran cirujanos aficionados. ¿Respeto a la ley? Por favor, estos son el copy-paste perfecto del Estado: piden eliminar prestaciones sociales y estabilidad laboral, soñando con trabajadores desechables como en una fábrica de condones chinos.

Y no olvidemos a los sindicaleros esquiroles, esos Judas de corbata que complican el vía crucis de trabajadores y pensionados. Complacientes hasta la náusea, venden contratos colectivos y firman el Memorándum 2792 a cambio de migajas: promesas de un "Banco de los Trabajadores" y pozos petroleros que nunca llegan. Desclasados hasta la médula, le venden la primogénita a cualquier postor por un hueso rancio.

A estos "empresarios" y vendepatrias les da igual mantener a trabajadores, pensionados y jubilados con 0,26 dólares al mes. Parecen marionetas del PSUV, tan obedientes que hasta organizan contramarchas para sabotear protestas obreras. ¿Ejemplo? Inventan desfiles para celebrar el cumpleaños del Indio Waikavy o la reina María Lionza, cualquier excusa con tal de no soltar un bolívar extra.

Pero retrocedamos a los boom petroleros, cuando millardos —¡investigaciones hablan de dos billones de dólares burlados!— fluían como petróleo crudo. ¿Fondos de inversión para jubilaciones y pensiones? Ni en sueños. Prefirieron el control cambiario, esa máquina de enriquecimiento exprés para corruptos y malandros. CADIVI, Cencoex, Sicad, Simadi, Dicom... y ahora las "Mesas de Cambio" del BCV. Siglas para asignar divisas preferenciales a los enchufados, mientras el salario mínimo y las pensiones se quedaban en el olvido.

Y no hablemos de las obras "fantasma": según Transparencia Venezuela, más de 316.000 millones de dólares evaporados en 246 obras inconclusas (muchas de Odebrecht), pagadas al 100% pero paralizadas bajo Chávez y Maduro. Los autores? Vivos y coleando: ministros, embajadores o bronceados en paraísos fiscales. ¡Fácil decir "no hay dinero" para salarios cuando el botín está en yates y cuentas offshore!

Empresas básicas de Guayana destruidas, PDVSA hecha trizas por la peste roja corrupta. ¡Prioridades revolucionarias!

Tuvimos cash para copiar lo mejor de Países Bajos, Dinamarca, Islandia, Luxemburgo, Noruega, Australia, EE.UU. o Singapur —países con salarios y pensiones de ensueño—. Pero no, el chavismo optó por el modelo deluxe: Somalia, Zimbabue, Eritrea, Burundi, Sudán del Sur, Malaui, República Centroafricana y Chad. Hambre, pobreza, miseria y corrupción garantizadas. ¡Gracias, líderes visionarios, por este paraíso tropical de harapos y promesas vacías!

¡Basta de farsas! Apoyemos la MARCHA 9 DE ABRIL: salgamos a las calles exigiendo aumentos salariales y pensiones dignas, el cumplimiento estricto del Artículo 91 de la Constitución Nacional —ese que manda salarios mínimos para cubrir la canasta básica familiar, no para mendigar—. Que el pueblo despierte y rompa las cadenas de la miseria, ¡porque la dignidad no se negocia con esquiroles ni se roba con siglas!




lunes, 6 de abril de 2026

Crónicas de Macondia

 Crónicas de Macondia: El Circo de los Relojes de Oro y el Pueblo de Barro

 Redacción de "La Verdad Inexistente"


Llegan los dirigentes en camionetas de alta gama, blindadas contra la realidad, vestidos a la moda con marcas del imperio que tanto dicen odiar y luciendo el brillo insultante de sus Rolex en muñecas que jamás han cargado un bulto. En la plaza, el pueblo espera bajo un sol que no perdona. Es una concentración convocada bajo caución: el que no asiste se arriesga a perder la bolsa de alimentos o los beneficios que llegan de forma esporádica. Allí, la gente sin luz, sin agua, frente a hospitales sin insumos ni médicos, escucha el mismo guión de hace un cuarto de siglo. El líder, lozano y perfumado, truena desde el estrado contra el "saqueo", el "bloqueo" y la "corrupción de los apátridas", mientras asegura que ellos se sacrifican por la verdad. Todo esto, bajo la sombra del Magnánimo Jefe Rojo que se fue, pero que —según el libreto— sigue alumbrando desde el más allá el camino de una Patria que solo los jerarcas parecen disfrutar.


La Arqueología del Desastre: Ingeniería de la Edad de Piedra


Este "sacrificio" de la cúpula se traduce, para el resto de Macondia, en una regresión técnica sin precedentes. El ejemplo más obsceno es el colapso del acueducto principal, donde un derrumbe obstruyó un túnel vital dejando a dos estados sumidos en la sequía. Pero en Macondia no hay máquinas modernas, ni topadoras, ni tuneladoras de precisión. El régimen ha desplegado una "epopeya" de picos, palos, martillos eléctricos remendados y pequeñas bombas de agua que parecen de juguete ante la magnitud del desastre.

No hay ingenieros hidráulicos ni equipos conocedores de la materia; el conocimiento ha sido exiliado y sustituido por la lealtad ciega. Los "analfabetos del saber" ocupan los puestos técnicos, creyendo que la hidráulica se resuelve con consignas y que el lodo se moverá por pura voluntad ideológica. Es la desprofesionalización convertida en política de Estado.


El Circo de los Nefastos y la Eutanasia Social

En Macondia, el gobierno ha convertido la gestión en un show mediático. Es un circo sin pan donde gobernantes sin conocimiento desfilan ante las cámaras para inaugurar escombros o celebrar reparaciones que se caen a la semana siguiente. Mientras ellos viven la Dolce Vita Revolucionaria, el país atraviesa una silenciosa Eutanasia Social. Se deja que los servicios públicos mueran por "causas naturales" para que el ciudadano, agotado de buscar agua en envases o comida entre la retórica, no tenga fuerzas para cuestionar la mitomanía del poder.


El Slogan de la Resistencia (al Sentido Común)


El fervor ha llegado a tal punto que el himno oficial de esta miseria planificada se repite como un mantra: "Con hambre, desnudo y sin empleo, con el Gran Jefe me resteo". Es la victoria final de la mentira aprendida: el seguidor absorbe el mensaje de que la culpa es siempre de un "Imperio" externo o de una "iguana" saboteadora, mientras sus líderes brillan en el televisor con relojes que cuestan más que la reconstrucción del acueducto.

El Destino Final

Al final del día, los victimarios regresan a sus búnkeres de cristal con aire acondicionado, convencidos de que son piezas de un tablero cósmico manejado por fuerzas superiores que los harán eternos si obedecen el guión al pie de la letra. En Macondia, la verdad es un delito y la ignorancia es una virtud gubernamental. Mientras el país se apaga, los únicos que mantienen la luz encendida son los diamantes en las manos de quienes mandan sobre las ruinas.

Nota del autor: Este relato es una sátira, pero cualquier parecido con la realidad de los últimos 27 años no es coincidencia, es el resultado de un guion diseñado para que el espectáculo nunca termine, aunque el público se muera de sed. Hechos de Realismo Mágico en los estados Sucre y Nueva Esparta.

miércoles, 1 de abril de 2026

La bodega de los rojos rojitos

 "En la esquina de La Campiña hay una bodega muy especial: vende petróleo por Telegram, acepta pagos en criptomonedas y tiene deudas con medio planeta. Así funciona PDVSA, la tienda socialista más cara del mundo… y también la más quebrada" 



Venezuela ya no es un país petrolero: es una bodega con gerente militar, proveedores chinos y fiadores en criptomonedas. Lo que antes fue la segunda empresa petrolera más poderosa del planeta —según Petroleum Intelligence Weekly— hoy sobrevive como tienda de barrio donde los precios cambian más rápido que el discurso de un ministro.

Todo empezó cuando Hugo Chávez decidió “rescatar la soberanía energética”. El resultado, años después, es una PDVSA convertida en pulpería del socialismo del siglo XXI: sin inventario, sin cuentas claras y con empleados que venden petróleo como si fueran empanadas. Las bodegas de antaño tenían libreta de fiados; en cambio, esta guarda sus cuentas en billeteras digitales, anotadas con seudónimos y emojis de bandera roja.

En la sede de La Campiña, Caracas, lo primero que se ve al entrar es el clásico cartel: “Hoy no se fía, mañana sí”. Los bodegueros revolucionarios lo han reinterpretado magistralmente: no se fía al pueblo, pero sí se descuenta petróleo entre 20 y 40% a clientes “amigos” en alta mar. Decorando las paredes, un retrato gigante del difunto y otro del vivo, como santos patronos del petróleo perdido.

Al frente del mostrador, los chinos pescan contratos, los iraníes discuten los precios del crudo como si hablaran de dátiles, y los rusos presentan sus “ofertas estratégicas” con el entusiasmo de quien vende vodka de contrabando. Los cubanos —los más veteranos— solo observan y anotan, mientras exigen su cuota de petróleo para mantener la revolución encendida, aunque sea con mechero.





La “bodega rojita” tuvo su tiempo de bonanza. Vendían tanto que hasta los delivery surtían buques. Pero, como en todo negocio sin control, se perdió la cuenta. Nadie sabe quién vendió, quién cobró ni quién se quedó con los vueltos. Por eso, cuando estalló el escándalo de los 30 mil millones de dólares extraviados, no hubo sorpresa. Era cuestión de calendario, no de casualidad.

El dinero —según versiones de pasillo con olor a oro y perfume de Las Mercedes— terminó transformado en Ferraris, apartamentos de lujo, casinos, cirugías estéticas y criptomonedas. La frase “oro negro” pasó a tener otro sentido: ahora brilla en los aretes de las “muñecas PDVSA”, aquellas influencers del socialismo que publican desde yates con filtros rojitos y mensajes de amor al comandante eterno.

Cuentan que el caos llegó a tal punto que desde La Habana enviaron una comisión. El mismísimo Papá Raúl quiso saber quién cerró el grifo sin avisar. En su informe, el G2 detectó que “el árabe encargado de la bodega” estaba tramando quedarse con todo el negocio. Una traición más grave que quedarse con los reales: intentar robar sin pasar por el partido.

Y fue ahí cuando el festín de los corsarios petroleros empezó a oler a quemado. Los enredos entre jerarcas, militares y testaferros reventaron como burbuja de champaña mala. El régimen fingió indignación, habló de una “cruzada anticorrupción” y metió preso a un par de peones. Pero el pueblo, que ya conoce el libreto, sabe que aquí no se castiga la corrupción, sino la desobediencia. Si robas, comparte; si no compartes, te delatan.

Mientras tanto, los boletines oficiales proclaman eufóricos: “¡Venezuela se arregló!” Y en cierto modo, sí. Hay burbujas, bodegones, nuevos restaurantes y camionetas de lujo. Lo único que falta es salario, electricidad y esperanza. El país se arregló, pero como en las bodegas viejas: pintaron la fachada, pusieron luces nuevas, y los precios triplicaron.

PDVSA pasó de producir más de tres millones de barriles diarios a apenas 700 mil. El resto se evapora entre descuentos solidarios, trueques de ideología y pérdidas sin factura. En cada esquina del país, un pensionado hace cola esperando el bono milagroso de tres dólares. En cambio, los dueños de la bodega petrolera celebran su prosperidad en los casinos de Las Mercedes o en las playas privadas de Margarita.

Porque en este país, la economía funciona como las bodegas del siglo pasado: los clientes deben, el dueño se queja, el cuaderno se pierde… y al final siempre sale ganando el bodeguero. Solo que ahora el bodeguero usa reloj suizo, habla de criptos y jura ser socialista.

Así que cuando vea por allí un cartel que diga “Hoy no se fía, mañana sí”, recuerde algo:

en la bodega de los rojos rojitos, el mañana nunca llega… pero los millones vuelan todos los días.










domingo, 29 de marzo de 2026

La Comisión que se investiga a sí misma

 Una tragicomedia en varios actos sobre el combate a la corrupción más largo del mundo.



Habrá que preguntar también dónde están los cementos, los hierros y los dólares evaporados entre CADIVI, Cencoex y todo ese rosario de organismos que sirvieron, más que para administrar divisas, para democratizar el fraude con partida de nacimiento y sello húmedo.

Pero no se queden ahí: la nueva cruzada viene con nombres de película de vaqueros. “Manos Limpias”, “Caiga quien caiga” —gritan desde el balcón del Palacio—. Operaciones relámpago donde los corruptos caen como moscas... o como chivos expiatorios, según convenga. Prometen incautar los dólares fugados a paraísos fiscales, el oro retenido en Londres y hasta las migajas de Citgo. ¿Y para qué? Para devolverlo al pueblo en forma de electricidad, agua y salud. ¡Que Generosos!.


Venezuela vuelve a la carga con una Comisión Anticorrupción. Esta vez —dicen— es la definitiva, la implacable, la que pondrá fin a dos décadas de saqueos, desfalcos y monumentos a la incompetencia que decoran el paisaje nacional. Una especie de comité de redención patriótica, donde los mismos que firmaron los contratos investigan las razones espirituales por las cuales las obras nunca se terminaron.

Entre las primeras tareas: revisar por qué el Tren Tinaco-Anaco se quedó dormido en la estación del olvido, con más millones que rieles, o por qué la Represa de Tocoma Monto total invertido: Aproximadamente 9.000 millones de dólares. Aún no ha generado un solo megavatios, terminó represando solo los discursos y los dólares de los ministros en paraísos fiscales.

Otras obras fantasmas emblemáticas

Aquí van más ejemplos icónicos de megaproyectos pagados a precio de oro, pero varados en el limbo de los paraísos fiscales:


Y no olvidemos el joyero de la corona: el Tercer Puente sobre el Orinoco, ese coloso de $2.500 millones (¡triplicados en bolívares entre 2013-15!) que une Bolívar con Guárico en un avance patético del 69%. Hoy es un mirador perfecto para toninas saltarinas y peces multicolores —podrían bautizarlo "Bridge Park River World", un parque temático donde el dinero sí cruza fronteras, pero hacia Zúrich y las Caimán.

Cuarto Puente sobre el Lago de Maracaibo: Anunciado como salvación vial, con miles de millones evaporados en contratos. Hoy, solo pilares sumergidos que sirven de arrecife artificial para peces curiosos —costo estimado superó $1.000 millones, avance irrisorio.

Metro de Valencia (Línea 1 y extensiones): Prometido como pulmón subterráneo, pagado hasta el techo pero con estaciones fantasmas. Dinero suficiente para un safari urbano, pero los trenes nunca llegaron.

Hospital de El Vigía (Mérida): Estructura de acero oxidada, con 80% de avance físico pero quirófanos vacíos. Botado con fanfarria en 2015, presupuestado en cientos de millones que hoy nadan en offshore.

Aeropuerto Internacional de Santiago Mariño (Porlamar, Margarita): Terminal modernísima en planos, con pagos faraónicos a contratistas. Resultado: pista abandonada y palmeras creciendo en la "zona de embarque".

Estas obras son el pináculo del despilfarro: megaproyectos faraónicos con Odebrecht como contratista estrella, pagados hasta el último bolívar pero varados en un limbo de óxido y promesas. Obras costosas con Odebrecht al mando.


Sistema Ferroviario Nacional: Anunciado como columna vertebral del país, con miles de millones evaporados en rieles invisibles. Odebrecht firmó contratos por más de $3.000 millones; hoy, vías cubiertas de maleza donde solo pasan cabras.

Metro de Guarenas-Guatire: El "salvavidas" del transporte masivo mirandino. Pagado con $500 millones vía Odebrecht, pero las estaciones son mausoleos vacíos —un viaje al más allá sin boleto de regreso.

Línea 5 del Metro de Caracas: Promesa de descongestionar la capital. Odebrecht cobró cientos de millones por túneles que nunca se perforaron —ideal para un safari subterráneo de ratas.


Cerramos con la obra cumbre, la más publicidad . El Saneamiento del Río Guaire.

El espejismo del Río Guaire: un “SeaWorld revolucionario”

Entre las tantas promesas faraónicas del chavismo, el saneamiento del Río Guaire ocupa un lugar emblemático. Fue presentado por Hugo Chávez el 7 de marzo de 2005, con toda la épica mediática que caracterizaba a su gobierno. En aquel acto, el propio presidente —con Daniel Ortega como testigo y Jacqueline Faría, entonces ministra del Ambiente, como responsable directa— prometió transformar el pestilente cauce caraqueño en un “espacio de esparcimiento popular”.

El plan, respaldado inicialmente con más de 103 millones de dólares, se anunció como el inicio de una nueva era ecológica: el Guaire sería un balneario con aguas cristalinas, peces de colores y parques ribereños, un orgullo nacional que rivalizaría en su retórica con los grandes complejos turísticos del mundo, el “River World Spa" de la revolución bolivariana”, digno de compararse con los parques SeaWorld Parks & Entertainment.

Pero la historia, como tantas en la era del socialismo petrolero, terminó en corrupción, sobreprecios y abandono. Las obras fueron adjudicadas con participación indirecta de Odebrecht, protagonista de la red de sobornos que consolidó la alianza de negocios y poder entre Lula y Chávez bajo el paraguas ideológico del Foro de São Paulo. Hoy, dos décadas después, el Guaire sigue siendo el mismo río oscuro que atraviesa Caracas, convertido no en balneario, sino en símbolo del derrumbe moral y financiero del proyecto bolivariano.

 Habrá que preguntar también dónde están los cementos, los hierros y los dólares evaporados entre CADIVI, Cencoex y todo ese rosario de organismos que sirvieron, más que para administrar divisas, para democratizar el fraude con partida de nacimiento y sello húmedo.

Pero no se queden ahí: la nueva cruzada viene con nombres de película de vaqueros. “Manos Limpias”, “Caiga quien caiga” —gritan desde el balcón del Palacio—. Operaciones relámpago donde los corruptos caen como moscas... o como chivos expiatorios, según convenga. Prometen incautar los dólares fugados a paraísos fiscales, el oro retenido en Londres y hasta las migajas de Citgo. ¿Y para qué? Para devolverlo al pueblo en forma de electricidad, agua y salud. ¡Qué generosos!

Claro, que el pueblo ya sabe cómo termina la película. Los apagones diarios —157.000 solo en 2020, y contando en 2026— convierten las noches en rituales de vela. El agua no llega por tubería en la mayoría de los estados; hay que comprar cisternas o rezar por la lluvia. Salud: colas eternas por medicinas que no existen. Y los salarios mínimos, congelados en 130 bolívares (¡0,26 dólares!), en CERO absoluto para la canasta básica. Todo eso con los fondos “recuperados” que debían ser el maná del cielo. 

La Comisión promete llegar al fondo del asunto. Y vaya si lo hará: el fondo del barril, del presupuesto, del país. Tal vez descubra, entre expedientes y memorandos, que Odebrecht dejó un legado arquitectónico invisible, una red de estructuras místicas que solo pueden verse con fe bolivariana: puentes que cruzan hacia ninguna parte, túneles metafísicos y trenes que viajan al futuro —aunque nunca pasaron por aquí.

Mientras tanto, los nuevos comisionados posan en cadena nacional, serios, austeros, heroicos. Hablan de "transparencia", palabra que en Venezuela se usa con tanto fervor que ya casi no se ve nada. Afirman que se hará justicia y que ahora sí el país cambiará. Es probable: siempre cambia de manos





 


jueves, 26 de marzo de 2026

República laboral en coma, reelección en UCI VIP: Delcy, Trump y la Constitución a su medida




En Venezuela, los derechos laborales parecen tener un estatus de “santos de paper”, venerados en la Constitución, pero ausentes en la mesa del trabajador. El artículo 89 CRBV suena contundente: “ninguna ley podrá establecer disposiciones que alteren la intangibilidad y progresividad de los derechos y beneficios laborales” y toda renuncia es nula. Pero luego entra la inflación, el congelamiento salarial y la política de austeridad, y se encargan de bajar la estatua del pedestal, dejándola expuesta a la lluvia y al viento.




El artículo 91, en cambio, se lee como un verso de optimismo: el Estado garantizará un salario mínimo vital ajustado cada año según el costo de la canasta básica. En la práctica, ese “salario mínimo vital” parece más una promesa literaria que un dato de realidad: el decreto se publica, el sueldo sube en números, pero en la vida real el trabajador descubre que el aumento apenas alcanza para comprar un pasaje, en el mejor de los casos, mientras la canasta básica se infla día a día. La Constitución, entonces, se queda en la ley; el poder adquisitivo, en la cola.


Mientras tanto, el poder político resuelve el asunto de la reelección con notable fluidez. La Enmienda N.º 1 de 2009 reformó el artículo 230 para permitir que cualquier funcionario de elección popular, incluido el Presidente de la República, pueda postularse de forma continua y sin límites cuantitativos. En un texto que se dice socialista y de justicia, se abre la puerta a mandatos sucesivos, como si el poder fuera el único bien escaso que merece protección especial.


Es curioso que, mientras se discuten amenazas, sanciones, acuerdos petroleros y posibles reformas neoliberales, el debate sobre el salario mínimo se limite a la ritualística de un decreto anual, sin que nadie se pregunte de verdad si el trabajador puede vivir con dignidad. El Estado cumple formalmente con la Constitución, pero en la vida real, el salario mínimo se convierte en un símbolo de resignación, mientras la reelección recibe el trato de prioridad de Estado.


Del otro lado, el discurso internacional maneja el equilibrio entre el “reñir” y el “negociar”. Delcy Rodríguez se mueve entre el lenguaje de la resistencia, la defensa del modelo socialista y la necesidad de apertura hacia el mercado global, mientras Donald Trump, reelecto, oscila entre el endurecimiento de sanciones y la posibilidad de “conversaciones constructivas”, siempre que el ajuste interno favorezca a los intereses del capital.


En este escenario, el trabajador quedó en medio de una pinza: el Estado le ofrece un discurso de justicia social y un salario simbólico; el mercado internacional le impone restricciones y le vende la ilusión de que el cambio de régimen será la panacea. La Constitución queda en los estantes: se cita en discursos, se invoca en argumentos, pero se evade cuando se trata de traducir el artículo 91 en una vida mínimamente digna.


La ironía mayor es que, mientras el poder político se calcifica en el cargo, el derecho del trabajador se licúa en el bolsillo. La reelección indefinida funciona como una especie de “UCI VIP”, con monitoreo constante, terapia de estabilización y privilegios de permanencia, mientras la “República laboral” se mantiene en estado de coma: la Constitución la mantiene viva en el papel, pero la economía y la política le dejan sin oxígeno suficiente.


Si la cartografía de la Constitución fuera fiel a la realidad, el mapa mostraría el artículo 89 en letras borrosas, el 91 en etapa de desgaste avanzado y el 230 en trazos dorados y reforzados. La frase que más se debería leer ya no es “ninguna ley podrá alterar la intangibilidad laboral”, sino “nadie toca los mandatos, aunque se toque el salario”.

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