Cien años de Soledad Eléctrica: El Laberinto de las Turbinas que no Cabían en el Concreto y el Retorno de los Gringos
Por nuestro corresponsal en el apagón perpetuo.
I. El Génesis de la Luz: Cuando el agua era diáfana y las cabillas completas
En los tiempos en que Macondo era una aldea de veinte casas de barro y cañabrava, construida a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos, José Arcadio Buendía no pensaba en el socialismo, sino en el bienestar inmobiliario. Con una precisión geométrica que ya quisieran los urbanistas del Ministerio de la Vivienda, planeó la ubicación de las casas para que todas tuvieran la misma distancia y facilidad para abastecerse del suministro vital.
Fue por entonces cuando regresó Melquíades. En sus viajes transatlánticos, el alquimista gitano no solo había escapado de la peste en Persia, sino que se había tomado unos whiskies en Northumberland, Inglaterra, con el mismísimo ingeniero Lord Armstrong, el excéntrico que construyó el primer sistema hidroeléctrico doméstico del mundo. Melquíades traía en su cofre de pergaminos los planos de Appleton, Wisconsin (1882), donde una turbina conectada a un dínamo había iluminado los primeros edificios comerciales del planeta.
"La ciencia ha eliminado las distancias", pregonaba Melquíades. "Pronto, el agua no solo calmará la sed, sino que parirá el fuego frío que espanta a los fantasmas".
Bajo la supervisión de José Arcadio y el gitano, Macondo vio nacer su primera "planta de luz". Adaptando la tecnología de los molinos de agua tradicionales, talaron árboles de ceiba con el respeto místico de los fundadores, canalizando el río en tuberías de madera de la región para dirigirla con fuerza hacia una rueda o turbina. Para generar la electricidad, el movimiento mecánico de rotación se conectaba mediante correas a un dínamo que transformaba la fuerza del agua mediante inducción electromagnética. Las piezas de metal fueron donadas por la United Fruit Company, que tardaron años en fabricarla. La inauguración fue un despliegue musical: una verbena patronal que duró cinco días y cinco noches de bailes, donde la gente celebraba alrededor de la bombilla incandescente.
II. La Plaga del Siglo XXI: El Realismo Trágico
Pero la felicidad en Macondo dura lo que un hielo al sol. En las postrimerías del siglo XX, la aldea fue invadida por una plaga más voraz que la del insomnio y más destructiva que los vientos que borraron la estirpe de los Buendía: una nube de millones de langostas, mosquitos (Anopheles y Aedes) y ratas hambrientas que la historia oficial bautizó como el Socialismo del Siglo XXI.
En apenas 27 años, esta plaga bíblica con carné de partido acabó con las bananeras, las refinerías, las siderúrgicas y todas las estructuras del Estado. Lo único que los insectos gubernamentales protegieron para ellos fue el subsuelo: el oro, la pirita, los diamantes de imitación, el cristal de cuarzo para engañar a los incautos, el coltán, el rodio, el torio y las tierras raras. Todo eso fue extraído de las entrañas de la tierra y sacado de contrabando hacia los Yunai, las capitales europeas y los países árabes donde reinan emires, jeques y jaques.
Ahora, bien entrados en el siglo XXI, queda la gran tarea de reconstruir lo que ellos destruyeron. Sin embargo, tras la salida de escena de Maduro y su consorte —cortesía de un empujón de los Yunai— ha nacido un nuevo régimen que padece de amnesia disociativa, ética y política. Los nuevos jerarcas han borrado su propio disco duro y juran no tener nada que ver con el pasado. Practican una deslealtad estratégica tan refinada que pretenden imponer el desmantelamiento de la memoria histórica, convencidos de que el pueblo va a olvidar sus marramucias y crímenes.
III. El Altar del Bochinche: La Central Hidroeléctrica Tocoma
En esta era de la Inteligencia Artificial, donde los algoritmos procesan datos matemáticos y patrones numéricos, los burócratas "rojos rojitos" —que viven y confunden todo a favor de sus intereses— sufren de una severa antropomorfización tecnológica. Se creen sabios porque le atribuyen intenciones, sentimientos o conciencia humana a códigos binarios que no entienden, mientras en la vida real padecemos racionamientos eléctricos de 6 o más horas diarias.
El monumento perfecto a este realismo trágico y al bochinche institucionalizado es la Central Hidroeléctrica Tocoma (oficialmente llamada Central Hidroeléctrica Manuel Piar). Concebida al calor del eje geopolítico impulsado por Hugo Chávez, Luiz Inácio Lula da Silva y Néstor Kirchner, sirvió como un esquema de diplomacia de Estado para favorecer de forma directa a las empresas insignia de sus respectivos países, saltándose las licitaciones regulares. En 2006, Odebrecht ganó el contrato de la obra civil y la empresa argentina IMPSA se encargó del diseño y provisión de las turbinas.
Diseñada para generar 2.160 megavatios a través de 10 unidades generadoras tipo Kaplan, la planta debía estar lista en 2012. Luego fijaron metas entre 2014 y 2018. Hoy, más de una década después, en Venezuela lo que hay es oscuridad: no hay electricidad, ni turbinas, ni generación en Tocoma. El presupuesto original de aproximadamente $3.000 millones de dólares se disparó exponencialmente a más de $9.000 millones, convirtiéndose en un hito de desidia y desfalco transnacional superior a los $3.000 millones de dólares.
Cabe destacar que para el año 2014 las medidas estadounidenses se limitaban exclusivamente a sanciones individuales (congelación de bienes y visados) contra funcionarios específicos. No existía ningún impedimento legal o financiero internacional que justificara el retraso o la parálisis del proyecto hidroeléctrico. El colapso fue por pura corrupción.
IV. El Enigma Geométrico de Tocoma: Las Turbinas que no Cabían en el Concreto
El verdadero drama, el que roza el absurdo metafísico, es estructural. Las investigaciones y denuncias públicas apuntan a vicios severos en la construcción civil ejecutada por Odebrecht: problemas de fraguado, fallas en la dosificación y calidad del cemento, así como el uso de cabillas con diámetros inferiores a los estipulados en los planos y normativas técnicas.
Cuando la empresa IMPSA llegó al sitio para avanzar con el montaje de las 10 unidades generadoras, se topó con una pared de concreto y realidad: las tolerancias geométricas y dimensiones en los espacios destinados a alojar las turbinas tipo Kaplan presentaban desviaciones críticas respecto a los diseños originales. En pocas palabras: ¡Las monumentales turbinas no cabían en los huecos de la casa de máquinas!
Durante años, las empresas se señalaron mutuamente por los retrasos. IMPSA alegaba que no podía montar los equipos porque las áreas civiles no se entregaban a tiempo o no cumplían las especificaciones; Odebrecht decía lo propio. Al final, en el marco de las investigaciones judiciales argentinas (el caso de los «Cuadernos de las coimas»), antiguos directivos de IMPSA admitieron el esquema de pagos de sobornos y coimas para asegurar su participación en estos megaproyectos. El engranaje estaba lubricado con corrupción, pero faltó usar la cinta métrica.
V. El Baile de las Máscaras: De Odebrecht a Novonor y el Retorno de los Gringos
Ante el desastre, los malandros corporativos aplicaron la magia del registro mercantil: estafas, desfalcas y te cambias el nombre. Así, Odebrecht pasó a llamarse Novonor. Qué fácil. Sin embargo, en esta reconstrucción del siglo XXI, Novonor ha quedado fuera del juego. Es un hecho que para acometer la instalación de las turbinas y la reparación de las obras civiles remanentes, no se volverá a contratar a la firma brasileña por razones obvias de auditoría forense.
La gran sorpresa para la mayoría de los venezolanos es que IMPSA volverá a trabajar en la Hidroeléctrica Tocoma. ¿Cómo es esto posible? Resulta que la empresa aún se llama IMPSA, pero la histórica compañía metalúrgica fundada por la familia Pescarmona fue privatizada y adquirida por el consorcio estadounidense Industrial Acquisitions Fund (IAF) (cuyo socio principal es ARC Energy). Ha sido reestructurada y reactivada con capitales norteamericanos para proyectos internacionales.
Al ser ahora una corporación de los Yunai, el regreso de IMPSA vendrá bajo una supervisión draconiana y un comportamiento técnico radicalmente opuesto al del pasado. Los nuevos dueños estadounidenses no van a arriesgar sus dólares montando equipos milmillonarios sobre un concreto agrietado y cabillas de utilería.
Por pura lógica de ingeniería, el consorcio norteamericano exigirá e impondrá la contratación de una empresa independiente de inspección de obra civil de primer nivel. Será esta firma de inspección —o la recomendación inapelable de la propia IMPSA gringa— la que dictamine cómo picar y corregir el desastre geométrico dejado por Odebrecht, y determinará qué contratista calificada ejecutará las obras civiles restantes.
Cien años después, las turbinas siguen esperando, el concreto cuestionado se agrieta bajo el sol tropical y el país sigue a oscuras. La estirpe condenada a la oscurana por el Socialismo del Siglo XXI parece tener una última oportunidad, siempre y cuando los nuevos inspectores verifiquen que, esta vez, los huecos tengan el tamaño correcto.
Nota de la Hidroeléctrica Tocoma
Planificación Original:
Capacidad Instalada: 2.160 MW (10 unidades de 216 MW)
Generación Media Anual: 12.100 Gwh.
Fecha de Culminación: Año 2012 (Luego 2014, luego el infinito)
Presupuesto Inicial: $3.000 millones
Desfalco Estimado: El misterio de la selva
Realidad Macondina
Capacidad Instalada: 0 MW} (Generación de nostalgia)
Generación Media Anual: 0 GWh (Racionamiento de 6 a 8 horas)
Fecha de Culminación: Inconclusa (Estructura de concreto vacía)
Presupuesto Inicial: Extrañamente inflado a más de $9.000 millones
Desfalco Estimado: Más de $3.000 millones (según la AN, 2017)





