Crónica de Narnópolis: el reino de los hermanos del Valle
Juan Linares
Han anunciado la llegada de gigantescos tanques para recolectar agua de lluvia —porque el acueducto, según Eutimio, es un invento del capitalismo hidráulico—. También, un zoológico de reptiles donde las iguanas municipales vivirán felices mientras se alimentan de permisos y viáticos. Y la más ambiciosa: la recuperación del río Narniano, que se secó tras un eclipse solar que, según la alcaldesa, “duró varios días por voluntad del universo progresista”.Las visitas institucionales son su campo de batalla y desfile de poder. Ella inaugura cada piedra, él bendice cada adoquín. Rivalizan en quién logra más aplausos, pero se unen con fiereza ante cualquier adversario político. En esos momentos, la policía local se convierte en su ejército moral, y los dirigentes del partido repiten con fervor automático: “todo está bien en Narnópolis, y si no lo está, igual lo diremos”.
A los habitantes solo les queda observar el espectáculo. Aprendieron que cada promesa llega con aplausos y se va con la temporada de lluvias que nunca cae. Pero el relato oficial sigue intacto: Magnolia y Eutimio, los hermanos del Valle, continúan proclamando la prosperidad de su tierra mientras el río permanece seco y el zoológico vacío.
Al final, el poder en Narnópolis no es una gestión: es una metáfora emocional. Una dependencia entre dos almas que se sostienen mutuamente en la creencia de que gobernar es crear ilusiones y defenderlas de la realidad. Y aunque los vecinos murmuren que viven en el delirio, ellos siguen convencidos de algo: el eclipse jamás terminó, solo se mudó al despacho municipal.

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