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miércoles, 14 de octubre de 2026

El Clásico de Mar-a-Lago: El Comandante Galáctico, el Rey del Universo y el "Dream Team" del Guiso

 El Clásico de Mar-a-Lago: El Comandante Galáctico, el Rey del Universo y el "Dream Team" del Guiso



¡Ay, mi pana del alma! Rompan los manuales de geopolítica intergaláctica. Las similitudes entre la egolatría de Hugo Chávez y la de Donald Trump acaban de fusionarse en el “Green” más exclusivo de Florida. Imagínate el cuadro: una tarde soleada en Mar-a-Lago, el viento caribeño soplando de lado, y estos dos titanes del ego —el Comandante Galáctico y el Rey de los Soles del Universo— caminando del brazo, vestidos de blanco, descubriendo que son almas gemelas separadas por el capitalismo.

Detrás de ellos, sudando la gota gorda y cargando las bolsas de palos de golf, vienen los caddies de lujo: un Nicolás Maduro que no halla cómo acomodar la bolsa sin tropezarse con sus propios bigotes, y al lado, un Marco Rubio con cara de pocos amigos, obligado por las circunstancias a pasarle el Putter al jefe mientras finge demencia.


¡Play Ball! El Único Equipo de Béisbol de Medio Oriente


—“¡Mire, Donald, mi hermano de otra galaxia!”— grita Chávez emocionado —“Para celebrar este acuerdo donde entregamos los 912.050 kilómetros cuadrados del territorio nacional por los próximos 500 años a cambio de pura tinta y papel, ¡armé un juego de béisbol con mis muchachos! ¡El Dream Team del desfalco!”.

Trump mira el diamante de béisbol improvisado en los jardines de Mar-a-Lago con sus binoculares de oro. En la loma de la zona de pitcheo está nada más y nada menos que Tareck El Aissami, quien no lanza pelotas de cuero, sino bolas compactadas hechas con fajos de billetes auténticos de 1000 dólares, que desaparecen en el aire antes de llegar al home.

El infield es una joya del nepotismo y las conexiones internacionales. El único equipo del planeta donde los oriundos de Medio Oriente juegan béisbol caribeño para cuidar los guisos: en la inicial captura las señas Alex Saab, vestido con uniforme de diseñador pero con bolsillos extra grandes; en el campocorto se desliza Jesse Chacón, apagando la luz del estadio cada vez que viene un batazo difícil para que nadie vea el error; y en la antesala, Mota Domínguez maneja la energía del dogout a punta de apagones estratégicos. El resto del lineup está copado por el clan familiar de los Chávez (todos exministros de algo) y los inefables sobrinos de Cilia Flores, cuidando que ningún extraño se acerque a la caja de bateo.

—“Beautiful, Hugo, de verdad, ¡Amazing!”— dice Trump acomodándose el copete —“Ese muchacho Alejandro Betancourt es un genio, un verdadero ‘Free Rider’. Se montó en la infraestructura de Total y Equinor sin poner un centavo. Y lo de la torre de Petrocedeño rota… ¡magnífico! Si viene con agua, cobramos el doble por el volumen. Mis inversionistas de Wall Street van a amar esos 65.000 millones de barriles de puro asfalto que nos certificaron tus amigos de Cuba. ¡Es un negocio fantástico!”.


Del Green al Kabaddi: El Trueque Geopolítico del Estrecho de Ormuz



De repente, Chávez, con el ego flotando más allá de la estratosfera y los ojos brillando de astucia llanera, se voltea hacia el Rey de los Soles del Universo y le lanza una propuesta galáctica:

—“¡Donald, compadre! Se me acaba de ocurrir una genialidad digna de mentes superiores como las nuestras. ¿Y si invitamos para acá a los Ayatolas de Irán? Sí, hombre, los traemos a Mar-a-Lago, nos tomamos unos whiskies, les enseñamos a jugar golf, los metemos a batear las rectas de billetes de Tareck y, a cambio, que ellos nos enseñen a jugar el Kabaddi (ese deporte de aguantar la respiración y tumbar al rival). ¿Qué te parece, Donald? Mira que con ese intercambio cultural tan amigable, con el ego que nos gastamos tú y yo, ¡esos tipos te terminan entregando el Estrecho de Ormuz firmado en una servilleta!”.

Trump se detiene, mira fijamente el infinito, calcula el valor inmobiliario del Estrecho de Ormuz, sonríe y le da una palmada en la espalda al Comandante Galáctico:

—“Hugo... eres un tipo tremendo. Nadie hace tratos como nosotros. Caddies, ¡traigan más champaña!”.

Y así, mientras Maduro y Rubio limpian las pelotas de golf en silencio y los "enchufados" del equipo de béisbol se siguen repartiendo el flujo de caja de los activos que no les costaron nada, Venezuela queda empeñada en un Green de Florida, flotando entre promesas de asfalto inservible y risas de ególatras. ¡Sabor, picante y salsa, mi pana!



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