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miércoles, 21 de octubre de 2026

La Sopa del Súper-Bigote y la Profecía del Bolsillo Limpio

 La Sopa del Súper-Bigote y la Profecía del Bolsillo Limpio: Crónica del Último Simulacro

Por: Un Cronista del Absurdo




Para abordar el colapso de un régimen autoritario tras 27 años de control social y retóricas de grandeza, los analistas políticos suelen quebrarse la cabeza buscando teorías académicas. Sin embargo, los dramaturgos y críticos literarios sabemos que la única forma de retratar el deterioro interno sin morir de llanto es recurrir al absurdo, la alegoría y el humor negro. Mientras los regímenes totalitarios del siglo XX —como el hitleriano en su delirio de 1945— proyectaron su locura colectiva hacia una destrucción militar externa, el modelo local prefirió una vía más íntima y doméstica: destruir las instituciones, quebrar la moral y debilitar el espíritu de un pueblo desarmado mediante propaganda y control psicológico.

Pero todo simulacro tiene su fecha de caducidad. El siguiente relato es la crónica de lo que ocurre cuando la realidad toca la puerta de un búnker blindado y las consignas chocan de frente contra el bolsillo de la gente.

I. El Monólogo de la Acera: La Profecía del Bolsillo Limpio

En la penumbra de una avenida cualquiera, arropado hasta el cuello con una lona publicitaria descolorida donde todavía se distingue una mirada presidencial pixelada, se encuentra el Filósofo de la Esquina (el Indigente). No mide el tiempo en meses, sino en milagros. Observando un zapato viejo sin suela como si fuera una bola de cristal, suelta una carcajada seca ante el inicio de diciembre.

A estas alturas, los míticos aguinaldos son una devaluada leyenda urbana. La bonificación llega a la cuenta corriente y se evapora más rápido que el hielo en el asfalto de Maracaibo. Sacándose los bolsillos del pantalón hacia afuera, el Indigente demuestra que están más limpios que talón de lavandera. Es una limpieza quirúrgica: cobras un martes a las cinco de la tarde, y a las cinco y quince ya estás calculando cuántos granos de arroz te tocan por día para llegar a enero.

Hoy el suspenso es internacional. El estómago del ciudadano común depende de lo que hablen Delcy y Trump en sus reuniones secretas. El pragmatismo criollo bailando pegado con el copete de Washington para salvar el pellejo. Cada vez que estos jerarcas se tiran una punta por televisión, al pueblo lo dejan exactamente como chiva que pare tres: dos maman y uno ve. Al ciudadano le toca el papel de la pobre chivita que se queda mirando al techo, pasando saliva, mientras el discurso de la "patria" se desmorona.

II. El Búnker del "Barril Solidario": El Choque de la Retórica

Mientras tanto, en un cuartel deteriorado donde las alarmas suenan con un tono agudo y ridículo, se desarrolla el verdadero teatro burlesco. En la pared cuelgan tres retratos monumentales pero evidentemente falsos: Chávez, Maduro y un Bolívar digitalizado con cara de galán de telenovela. Un gran cartel reza: “¡Leales siempre, traidores nunca!”, aunque la palabra "siempre" está medio despegada y sostenida con cinta plástica.

Ahí, un alto funcionario del ala radical ensaya un discurso furibundo frente a un micrófono apagado, gritando a todo pulmón: “¡A los gringos ni una gota de petróleo, ni una sola gota...!”. Pero la ironía visual es implacable. Por detrás, un asistente apurado arrastra una manguera conectada directamente a un enorme barril que dice "EXPORT USA". El asistente le susurra al oído que el barco de Texas ya llegó y que pagará en efectivo. El funcionario, sin pestañear, cambia el tono radical por uno sumamente cortés: “Por supuesto, póngale doble sello de lealtad al camión”. La arenga antiimperialista es una prueba de pureza para la base, pero los dólares en efectivo son para la supervivencia de la facción.

De pronto, un sonido seco retumba en la calle: ¡PUM! Es solo el escape de una motocicleta vieja pistoneando, pero en el búnker el pánico es inmediato. “¡Son los gringos! ¡Sálvese quien pueda!”, grita alguien. La rigidez militar se deshace en un segundo. Los "leales siempre" se tropiezan entre sí, tiran las gorras rojas, rompen los carteles de #LosQueremosDeRegreso para usarlos como escudos y corren en círculos. Las camionetas blindadas arrancan a toda velocidad hacia la frontera, dejando un rastro de papeles oficiales y maletas olvidadas. El fanatismo del núcleo duro era un cascarón vacío sostenido por el beneficio, no por la convicción de los "hombres lobo" históricos.

III. La Cocina del Absurdo: La Dignidad en la Olla

Al otro lado de la pared, en el patio de una escuela que colinda con un hospital sin agua, la realidad se sazona a fuego lento. Alrededor de una olla comunal gigante sobre tres bloques se agrupa el verdadero coro de la resistencia.

Llega la Maestra Alquimista, resguardando una bolsita plástica como si fuera oro líquido: trae tres ajíes dulces y una ramita de cilantro para intentar que el duro frijol chino de las bolsas CLAP de Alex Saab no sepa a tierra. El Jubilado Historiador, sentado en un tobo de pintura vacío, saca una calculadora vieja y le advierte que no gaste el cilantro; según la tasa del Banco Central y el valor de un billete de 130 bolívares, esa ramita vale más que las reservas internacionales.

Se les une la Enfermera MacGyver, con una jeringa vacía en la oreja a modo de lápiz, pidiendo un poco de agua de la olla para limpiar el ala de trauma, pues acaba de llegar un paciente con "embolia de contradicción" tras leer un tuit oficial. El Indigente se acerca, usando una pancarta del PSUV como cobija porque la lona plástica al menos frena el frío de la madrugada. Cuando la Maestra se queja de que el frijol está tan duro que los muchachos lo usarán como munición si vienen los gringos, el Jubilado se ríe: “¡Que vengan, pero en barriles! Como decían en el cuartel: ¡ni una gota de petróleo... pero en barriles todos!”.

Cuando el alto mando huye despavorido por el falso tiroteo, un oficial asustado intenta meterse en la olla para esconderse. La Enfermera lo frena en el acto: “¡Epa, jefe! Bájese de ahí, que me va a contaminar el almuerzo con el sudor de la lealtad”. La Maestra menea el guiso con un palo de escoba y sonríe: “Mijo, esos aguinaldos de este año vinieron como promesa de político en campaña: sonaron bonito, se esfumaron en un segundo y nos dejaron con los bolsillos limpios. Pero dejen que esto hierva; ahora que no hay discursos en la televisión, el gas comunal por fin sale con fuerza”.

IV. El Desenlace: Todo Tiene su Final

Con el búnker vacío y los jerarcas volando hacia el norte, el pueblo se sienta en ronda a comer en envases de mantequilla reciclados. De pronto, la corneta vieja del cuartel, que antes aturdía con propaganda, sufre un cortocircuito en su sistema automatizado. En lugar de una marcha, empieza a sonar a todo volumen el clásico de la salsa de Héctor Lavoe: “Todo tiene su final... nada dura para siempre...”.

La Maestra y la Enfermera caminan hacia el frente. Toman una enorme tela blanca, de las que antes se usaban para pintar consignas de control, y la extienden ante los ojos del mundo. Escrita con el mismo tizón negro del fondo de la olla de frijoles, la frase final resplandece con una dignidad que ningún lema falso pudo quebrar:




💥 "ESTA LUCHA ES HASTA EL FINAL" 💥

El simulacro de 27 años se ha apagado. Los retratos caen, la música sube y el pueblo, dueño al fin de su propia mesa, demuestra que la verdadera moral no se destruye con decretos.

jlrlinares@gmail.com

 





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