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domingo, 28 de junio de 2026

El Banquete de los Planetas: Calamidad, Catástrofe y el Tributo de San Juan

El Banquete de los Planetas: Calamidad, Catástrofe y el Tributo de San Juan



Existen sabios antiguos que aseguran que los planetas no son rocas muertas flotando en el vacío, sino deidades hambrientas que se alimentan del sufrimiento de los hombres. Si esa teoría es cierta, el firmamento encontró en nuestra tierra su banquete más espléndido el mismo día en que el "Galáctico" —el padre supremo de todas nuestras desgracias— ascendió al poder en diciembre de 1999. No había terminado de acomodarse la banda presidencial cuando el cosmos cobró su primera catástrofe material y humana: tres días de un diluvio bíblico que descolgó el Ávila sobre La Guaira. Pueblos enteros quedaron sepultados bajo toneladas de lodo y olvido; miles de almas fueron trituradas en una noche para saciar la primera gran depredación astral de una era que nacía torcida. Lo que el régimen vendió como un designio de la naturaleza, el misticismo lo entendía como lo que realmente era: el tributo de bienvenida que la nueva tiranía le ofrendaba a los astros.

El Galáctico no solo se creía el centro de la órbita nacional; se asumía como el heredero directo de los elementos. Aquel fatídico diciembre de 1999, mientras el lodo se tragaba vidas enteras, el caudillo prefirió ignorar los reportes meteorológicos y ensayar su pose favorita frente a las cámaras. Con la mirada fija en el infinito y la prepotencia del que se siente un dios de barro, osó parafrasear al Libertador en el terremoto de 1812: “Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca”. La naturaleza, que no atiende a cadenas nacionales ni a delirios de grandeza, le respondió sepultando un estado entero bajo el barro. El dictador tuvo que tragarse sus palabras, ahogadas en el mismo lodo de su incompetencia. No era un libertador; era, en realidad, el primer jinete del Apocalipsis venezolano, el padre supremo de nuestras desgracias, cabalgando sobre una hecatombe que apenas comenzaba a calentar motores. Tras pasar a la historia convertido en la peor tragedia política del siglo, el Galáctico partió al espacio exterior en 2013, dejando en el trono a su heredero por decreto. Si el primero sufría de delirios astronómicos, el segundo convirtió la República en la célebre cueva de Alí Babá y los cuarenta ladrones. Bajo su mandato, el saqueo ya no se ocultaba: se institucionalizó. Mientras el país se desangraba y la riqueza nacional se evaporaba hacia cuentas secretas en paraísos fiscales, las deidades hambrientas del cosmos seguían esperando su próximo gran festín de energía humana. La tiranía perfeccionó el esquilmo planetario, extrayendo la última gota de vitalidad, esperanza y dignidad de una población que aprendió a sobrevivir con el estómago vacío y la mirada fija en un cielo cada vez más hostil. Veintisiete años de saqueo continuo no pasan en vano, y el cosmos siempre cobra sus facturas en el momento más inoportuno. El día de San Juan, mientras los tambores paganos convocaban al subsuelo con aguardiente y tabaco, la tierra crujió con dos grandes terremotos y nos encontró a todos desguarnecidos, desnudos y en la carpa más miserable del circo. El colapso de Caracas y La Guaira desnudó la épica mentira socialista: hoy, los héroes de Bomberos y Protección Civil intentan rescatar vidas entre los escombros alumbrando con las pantallas de sus teléfonos celulares, porque no hay linternas en los cuarteles. A los bomberos les robaron hasta las mangueras y las hachas. Mientras tanto, en los búnkeres de la tiranía, los generales de la Fuerza Armada —notorios por sus uniformes a punto de estallar de tanta gordura y opulencia— apenas si se inmutaron por el temblor. Demasiado ocupados contando sus gramas de oro ensangrentado del Arco Minero, los altos oficiales ya afilan los dientes y frotan sus manos enjoyadas, planificando minuciosamente cómo se van a robar la ayuda humanitaria que está por llegar. Para la cúpula, la tragedia natural no es un motivo de duelo; es simplemente una nueva e irresistible oportunidad de negocio.

Mientras el país tiembla bajo sus pies y los rescatistas escarban el lodo con las uñas, La Dama y su corte de aduladores ven en el desastre financiero y en los bonos de la República un botín mucho más jugoso que cualquier ayuda humanitaria. Para este microclima de complicidades, los muertos del terremoto son un decorado incómodo; lo verdaderamente importante es asegurar que el naufragio económico siga financiado sus privilegios, demostrando que el verdadero vampirismo no venía de los planetas, sino de las oficinas del palacio.


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