“Petrodólares en el escenario, pueblo en el basurero: una viñeta de los 13 millardos”
En la caricatura, dos figuras bailan un tango financiero sobre un escenario iluminado con letrero neón: $13 BILLION PETRO DOLLARS. Arriba, una mujer de traje negro y un hombre con sombrero de copa y bandera de EE. UU. Tiran cada uno para su lado de un montón de bolívares y oro. Abajo, en sombra, un pueblo venezolano revuelve una basura marcada “BASURA – SIN COMIDA”. La imagen es casi un diagrama de flujo de la Venezuela de 2026.
Según reportes del Congreso estadounidense, Washington ha recaudado más de 13 millardos de dólares por ventas de petróleo venezolano desde que asumió el control de las exportaciones tras la captura de Maduro. Ese dinero no desapareció en un agujero negro: está en cuentas del Tesoro de EE. UU., en una cuenta en Citibank bajo custodia estatal, con auditoría de KPMG y una investigación del GAO que apenas empieza. La pregunta no es si el dinero existe, sino para qué sirve si el país sigue colapsando.
Parte de esos fondos, unos 3 millardos, ya fueron desembolsados para “mantener funcionando el país”: salarios de funcionarios del régimen interino y suministros para la industria petrolera, entre otros usos aprobados por la orden ejecutiva de Trump. El resto, alrededor de 10 millardos, sigue en el limbo del Tesoro gringo, como un colchón de seguridad geopolítica que no se traduce en luz, agua o comida para la mayoría.
Mientras tanto, el sistema eléctrico venezolano sigue siendo un paciente en UCI con médico de guardia ausente. En 2026, el gobierno de Delcy Rodríguez anunció nuevos planes de racionamiento (45 días de “ahorro energético”) ante apagones recurrentes en Zulia, Táchira, Mérida, Trujillo y hasta Caracas. Los 13 millardos no han financiado una rehabilitación masiva de generación, transmisión y distribución; apenas parches y protocolos contra el aire acondicionado.
En alimentación, la tragedia es más silenciosa pero igual de brutal: el salario mínimo oficial sigue en 130 bolívares (menos de 1 dólar), y muchos trabajadores públicos y privados apenas sobreviven con ingresos muy por debajo de la canasta básica, que supera los 500 dólares. No hace falta que no haya comida en los anaqueles; basta con que la gente no tenga con qué comprarla. El “racionamiento” es, en buena medida, un eufemismo de pobreza extrema y salarios de miseria.
La caricatura, entonces, no es exagerada: es un mapa de prioridades. En el escenario, la coreografía del poder: una mujer de Estado que representa el “delcynismo” y un muñeco blanco con sombrero de copa y bandera de EE. UU. Que representa el tutelaje imperial. Abajo, el pueblo venezolano, excluido del reparto, buscando en la basura lo que arriba se disputa como botín.
Si el Congreso de EE. UU. Quiere saber “cuánto ha llegado al régimen de Delcy y por qué canales”, también debería preguntar: ¿cuánto ha llegado realmente al pueblo que paga los apagones y la carestía? Porque los 13 millardos pueden estar muy bien auditados en papel, pero en la calle venezolana el balance es otro: más horas sin luz, más colas, más hambre y más rabia contenida.
Al final, la viñeta resume la paradoja: Venezuela sigue siendo un país rico con un pueblo empobrecido, donde los petrodólares se negocian en un escenario lejano y la realidad se vive en el basurero.
Y como dice el refrán venezolano: “La culpa no es del cochino, sino del que le da el maíz”. Al final, el verdadero responsable no es el inquilino de Brooklyn que fue evacuado VIP, sino quien se lo llevó y dejó en el palacio a los más perversos y cínicos: esos que sienten odio hacia un pueblo que los rechaza en más de un 90% y que, sin embargo, siguen gobernando con el aval de Washington.
Trump no solo se llevó a Maduro; se llevó el maíz y dejó a los mismos cochinos de siempre, ahora con chaleco antibalas y discurso de “transición”. Y mientras el escenario de los petrodólares brilla con luces de neón, el pueblo sigue en el basurero, comiendo del maíz que nunca llegó.

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