“Delcy, Trump y el oso ruso: el trío que baila tango sobre Venezuela a oscuras”
En Venezuela la realidad dejó de ser absurda para convertirse en competencia olímpica de cinismo. El 3 de enero se llevaron al “presidente”, pero el poder no se fue con él, porque el poder nunca fue él. Era apenas el muñeco: una mezcla de Chucky con discurso, Freddy Krueger con bigote y payaso de cadena nacional.
La verdadera dirección siempre estuvo detrás del telón, y ahora ni siquiera se oculta. Delcy Rodríguez pasó de operadora a “interina”, una figura jurídica tan elástica que ya no es derecho constitucional sino yoga institucional. El TSJ, fiel a su tradición de realismo fantástico, decidió que 180 días pueden durar lo que convenga, porque en Venezuela el tiempo no lo mide el calendario sino el poder.
Y como en toda buena telenovela, llegó el giro inesperado: la “interina” anunció acuerdos con una empresa rusa, INSA, para “salvar” el sistema eléctrico. Sí, la misma Rusia que durante años fue el amor prohibido del régimen, vetado por Trump como si fuera un romance de adolescentes con padres estrictos.
El 3 de enero se interrumpió el idilio rojo, pero parece que el amor verdadero nunca muere, solo se reconfigura. Ahora, en lugar de misiles y discursos, hay turbinas y memorandos. El Kremlin dijo que “conoce bien” a Delcy, y uno se pregunta si también le conoce la cuenta bancaria.
Mientras tanto, el país real —no el de los discursos ni el de Trump— funciona con electricidad intermitente, salarios microscópicos y hambre estructural. Pero desde la Casa Blanca insisten en que aquí estamos “nadando en dólares”. Debe ser en modo submarino, porque nadie los ve, nadie los toca y nadie come con ellos.
La Guaira terminó de confirmar que en Venezuela la tragedia también tiene jerarquías: primero se rescata el dinero, después —si queda tiempo— a la gente. Las “caletas” se convirtieron en prioridad nacional, una especie de Plan República pero para billetes enterrados.
Y como en todo buen negocio, llegaron los nuevos socios: turbinas prometidas, megavatios en PowerPoint y contratos en borrador eterno. GE Vernova, INSA y el fantasma del pasado ruso aparecen como salvadores eléctricos en un país donde la oscuridad ya es política de Estado.
Y el 30 de julio, mientras el país se desplomaba, sale la noticia: el Congreso de Estados Unidos investiga el destino de más de $13.000 millones del petróleo venezolano que administra Trump. Cuatro legisladores exigen auditoría. La GAO ya está revisando cuentas, comisiones y mecanismos de control. ¿Dónde está ese dinero? ¿Quién lo maneja? ¿A quién beneficia? Nadie sabe. Solo se sabe que de esa montaña de dólares, apenas $300 millones llegaron para salarios públicos. El resto… misterio.
El resultado es un híbrido grotesco: un gobierno que no eligió nadie, unas elecciones que no llegan, una economía que no existe y una narrativa internacional que roza la burla. Todo sostenido por una pregunta incómoda que nadie responde en voz alta:
¿Esto es una transición… o simplemente un cambio de administradores del desastre?
Porque al final, lo único que sí funciona sin fallas en Venezuela es el reciclaje del poder.


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