Lecturas: counter

viernes, 14 de agosto de 2026

El Niño no administra Corpoelec: tres formas de generar electricidad y mil maneras de quedarse sin luz

 El Niño no administra Corpoelec: tres formas de generar electricidad y mil maneras de quedarse sin luz

Por: Juan Linares 

En los países donde la planificación eléctrica no se redacta al calor de una cadena nacional, los fenómenos climáticos son variables previsibles. Sequías, olas de calor, crecidas, tormentas y ciclos como El Niño forman parte de los estudios hidrológicos, de los planes de reserva y de las decisiones de inversión. No son una sorpresa llegada desde Marte ni una conspiración de las nubes contra el gobierno de turno. Cuando bajan los embalses, se activan respaldos térmicos, se administran las reservas de agua y se informa a la población con datos verificables.

En Venezuela, en cambio, cada episodio climático corre el riesgo de convertirse en el nuevo gerente general de la crisis eléctrica. La presidenta encargada, Delcy Rodríguez, anunció un Plan de Ahorro de Energía Eléctrica y Agua ante pronósticos de sequía y altas temperaturas asociados a una intensa fase de El Niño, popularizada como “Súper Niño”. También se ha mencionado el impacto de daños en torres, líneas de transmisión y la planta Termocarabobo tras el doble terremoto del 24 de junio. Pero el venezolano que vive pendiente de cargar el teléfono, llenar los recipientes de agua y proteger sus electrodomésticos de las fluctuaciones sabe que el problema no empezó con una sequía ni con un sismo.

El Niño puede reducir los aportes de agua a los embalses. Un terremoto puede afectar infraestructura. Una tormenta puede tumbar una línea. Eso es cierto. Lo que no resulta creíble es que esos fenómenos expliquen, por sí solos, un sistema que lleva años castigando a la población con apagones, racionamientos, bajones, subidas de voltaje y la vieja costumbre de mirar al ventilador como si fuera un paciente en terapia intensiva. El clima presiona al sistema; la mala gestión lo deja sin defensa.

Un sistema con tres pilares

Venezuela no depende de una sola tecnología para producir electricidad. En teoría, el Sistema Eléctrico Nacional debería sostenerse sobre tres grandes formas de generación: las hidroeléctricas, las termoeléctricas y la generación distribuida.

Cada una tiene una función distinta. La hidroeléctrica aporta grandes bloques de energía; la termoeléctrica debería servir de respaldo firme, especialmente en periodos secos; y la generación distribuida permite producir electricidad cerca de donde se consume, reduciendo la presión sobre las grandes líneas de transmisión. El problema venezolano no es que carezca totalmente de esas herramientas. El problema es que muchas están deterioradas, subutilizadas, mal mantenidas o cubiertas por la opacidad.

En otras palabras: tenemos un sistema que, sobre el papel, parece una central eléctrica; en la práctica, muchas veces parece una colección nacional de equipos esperando repuestos, combustible, presupuesto, una auditoría o un milagro.

Guri: gigante indispensable

La Central Hidroeléctrica Simón Bolívar, conocida popularmente como Guri, ha sido durante décadas la columna vertebral de la electricidad venezolana. Su capacidad y su importancia son indiscutibles: ninguna planificación seria puede ignorar que allí se concentra una parte decisiva de la generación nacional.

Pero precisamente por eso Guri no puede cargar, casi en solitario, con el consumo de hogares, industrias, hospitales, acueductos, comercios, telecomunicaciones y servicios públicos de todo el país. Una represa es una fuente estratégica de energía, no un esclavo hidráulico obligado a trabajar sin descanso porque el resto de la familia eléctrica decidió jubilarse antes de tiempo.

Cuando disminuye el caudal de los ríos o bajan los niveles de los embalses, una hidroeléctrica debe ser administrada con prudencia. La energía almacenada en el agua no es infinita. Cada turbina requiere mantenimiento, cada compuerta requiere control y cada unidad tiene límites técnicos. Exigirle a Guri que compense la ausencia de plantas térmicas confiables equivale a pedirle a un solo médico que atienda toda una emergencia nacional mientras los demás consultorios permanecen cerrados.

Por eso la sequía es una amenaza real, pero no una explicación completa. La pregunta necesaria es otra: ¿por qué, después de tantos años de advertencias, Venezuela sigue dependiendo de manera tan riesgosa de una sola gran fuente hidroeléctrica?

Termoeléctricas: el seguro que no responde

Las termoeléctricas son el seguro de vida de un sistema predominantemente hidroeléctrico. Funcionan con gas, diésel, fuel oil u otros combustibles y pueden aportar electricidad cuando los embalses están bajos, cuando una hidroeléctrica requiere mantenimiento o cuando aumenta la demanda.

En países con una matriz energética equilibrada, el funcionamiento es sencillo de entender: si la sequía limita la generación hidráulica, se incrementa la operación térmica. No es magia. Es planificación. Las termoeléctricas existen precisamente para que El Niño no apague un país entero.

Venezuela cuenta con instalaciones de este tipo en distintas regiones: Planta Centro, Tacoa, Termozulia, Termocarabobo y numerosas plantas menores. Sin embargo, la capacidad nominal anunciada y la capacidad real disponible suelen pertenecer a dos universos distintos. En el país de los megavatios de discurso, una planta puede figurar como instalada, inaugurada, recuperada o “en proceso de sincronización”, mientras el ciudadano continúa buscando una linterna debajo de la cama.

Una unidad térmica no vuelve a producir electricidad porque alguien la mencione en televisión. Requiere turbinas operativas, generadores, calderas o equipos asociados en condiciones, sistemas de control, lubricación, enfriamiento, protección eléctrica, repuestos, personal calificado y combustible suministrado con regularidad. También necesita que la energía tenga salida: subestaciones y líneas capaces de recibirla y llevarla hasta los centros de consumo.

La prioridad nacional debería ser recuperar, una por una, las unidades termoeléctricas que puedan volver al servicio en el menor tiempo posible. No todas tendrán la misma condición ni el mismo costo de recuperación. Algunas podrán rehabilitarse; otras requerirán reemplazo; algunas quizá solo sirvan para explicar por qué no se hizo mantenimiento cuando todavía era posible hacerlo.

El país necesita una evaluación técnica pública: potencia instalada, potencia disponible, unidades en mantenimiento, fallas principales, combustible requerido, repuestos críticos, costo de reparación y fecha estimada de incorporación. Sin ese inventario, cada promesa de megavatios corre el peligro de ser un número decorativo: bonito para un titular, inútil para encender una nevera.

Generación distribuida: no es poner una planta y tomarse la foto

La generación distribuida consiste en instalar equipos de generación cerca de los lugares donde se consume la energía. Puede tratarse de plantas a gas, diésel, sistemas solares con almacenamiento, pequeñas centrales, cogeneración industrial o unidades destinadas a respaldar cargas críticas.

Su valor está en que reduce la dependencia de grandes centrales lejanas y de extensas líneas de transmisión. Un hospital, un acueducto, una ciudad o una zona industrial no deberían quedar completamente a merced de una falla ocurrida a cientos de kilómetros de distancia. Si una parte de la energía se produce cerca del consumo, el sistema gana flexibilidad y capacidad de respuesta.

En Venezuela, el concepto de generación distribuida quedó asociado durante años a compras de emergencia, equipos importados, contratos cuestionados y proyectos cuyo estado real no siempre ha sido informado con claridad. La idea técnica no es mala. Lo malo es convertir la emergencia en método de gobierno y el método en negocio.

Una generación distribuida útil no se resume en apilar contenedores con turbinas o motores y anunciar que llegaron cientos de megavatios. Hay que saber cuántos equipos funcionan, qué combustible usan, cuántas horas pueden operar, qué mantenimiento requieren, dónde están instalados, cuál es su disponibilidad efectiva y si tienen conexión segura a la red.

Un grupo electrógeno abandonado, sin combustible o sin repuestos, no es generación distribuida: es escenografía industrial. Puede verse imponente en una fotografía, pero no mantiene encendido un quirófano ni evita que un acueducto se detenga.

No basta generar: hay que transportar

El ciudadano suele escuchar que una planta fue “recuperada” o que entraron determinados megavatios al sistema. Pero la electricidad no aparece por telepatía en los enchufes. Debe viajar desde la central generadora hasta hogares, comercios, industrias, hospitales y servicios públicos.

Ese recorrido exige líneas de alta tensión, subestaciones, transformadores, autotransformadores, interruptores, sistemas de protección, redes de distribución y cuadrillas capaces de detectar y reparar fallas. Si una planta está disponible, pero una línea está caída, una subestación está sobrecargada o un transformador está averiado, la electricidad se queda atrapada antes de llegar a la gente.

Por eso el colapso no puede explicarse solamente hablando de Guri o de las termoeléctricas. También hay que mirar la red. Una red eléctrica es como el sistema circulatorio de un país: no sirve de mucho tener corazón si las arterias están dañadas, obstruidas o sin mantenimiento.

Las fluctuaciones de voltaje que destruyen neveras, aires acondicionados, televisores, computadoras y pequeños negocios revelan que el problema no siempre es solo la falta de generación. También puede haber sobrecarga, fallas de regulación, transformadores insuficientes, conexiones deterioradas, deficiencias en protecciones o redes que operan al límite.

En Venezuela, una persona puede perder un electrodoméstico en segundos y luego escuchar que el sistema “se encuentra estable”. Es una forma bastante particular de estabilidad: la que solamente se percibe desde una oficina con aire acondicionado y planta propia.

El costo de la opacidad

La crisis eléctrica no se resuelve con relatos de sabotaje sin pruebas, anuncios repetidos ni llamados al ahorro como si la población hubiera vivido durante años derrochando electricidad por diversión. El venezolano ya ahorra porque se la quitan. Ahorra agua porque los sistemas de bombeo se detienen. Ahorra alimentos porque se dañan en la nevera. Ahorra batería porque el teléfono puede ser la única vía para saber qué ocurre.

La falta de información confiable agrava la emergencia. Los ciudadanos no conocen con precisión cuánta generación está disponible, cuáles plantas funcionan, qué unidades están en reparación, cuándo culminarán los trabajos, qué zonas tienen mayor vulnerabilidad ni qué medidas se toman para proteger servicios esenciales.

Una política eléctrica seria debe partir de la transparencia. Corpoelec y las instituciones responsables deberían publicar reportes regulares sobre generación, transmisión, demanda, fallas, mantenimientos programados y avances verificables de recuperación. No se trata de entregar secretos de Estado: se trata de explicar por qué un país petrolero, hidroeléctrico y con recursos humanos altamente capacitados sigue viviendo a la luz de la vela.

También es indispensable proteger a los trabajadores técnicos y a quienes alertan sobre fallas. Un sistema eléctrico no mejora persiguiendo al ingeniero, silenciando al operador o convirtiendo la denuncia laboral en delito. La electricidad requiere conocimiento, experiencia, debate técnico, mantenimiento y planificación. Un cable no se repara con consignas; una turbina no se recupera con aplausos; una subestación no se estabiliza acusando al transformador de conspirador.

Recuperar la luz

La recuperación del sistema debe comenzar por lo urgente: rehabilitar las unidades termoeléctricas que puedan incorporar potencia firme en meses, asegurar combustible y repuestos, reparar subestaciones y líneas críticas, atender transformadores sobrecargados y proteger las instalaciones existentes.

Al mismo tiempo, debe ejecutarse un plan de mediano plazo para modernizar las grandes hidroeléctricas, diversificar la matriz energética y ordenar una generación distribuida real, especialmente para hospitales, acueductos, telecomunicaciones, industrias y ciudades con mayor vulnerabilidad. No se trata de abandonar a Guri; se trata de dejar de condenarlo a ser el único adulto responsable de una familia energética en ruinas.

El país posee profesionales, experiencia acumulada, infraestructura recuperable y necesidades que no admiten más improvisación. Lo que falta no es un nuevo eslogan ni una explicación climática más elaborada. Falta gestión técnica, control público, mantenimiento continuo, inversión transparente y respeto por quienes saben cómo funciona el sistema.

Porque El Niño podrá traer sequía, altas temperaturas y presión sobre los embalses. Pero El Niño no administra Corpoelec, no es corrupto que se roba el dinero para el mantenimiento y adecuación Tecnológica, no firma contratos, no deja vencer repuestos, no abandona una turbina y no decide que la opacidad es una política de Estado.

Y mientras no se diga esa verdad, el venezolano seguirá viviendo en un país donde la electricidad viaja a velocidad de la luz, pero su recuperación avanza a velocidad de burocracia: días, meses, años… o nunca.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Chat gratis