Macondia: donde todo cambia para que nada se arregle
En Macondia, las noticias llegaban tarde, los apagones llegaban puntuales y las instituciones se renovaban con la misma lógica con que se cambia una bombilla china: dura poco, alumbra menos y al final termina fundida en el mismo enchufe del poder. Mientras el pueblo seguía entre racionamientos de 6 y 8 horas, velas tristes y radios caprichosas, los jefes de la aldea anunciaban transformaciones que no transformación nada.
Desarrollo
El Sistema Eléctrico Nacional, dicen los viejos, entró en una agonía tan larga que ya no era crisis sino costumbre. Por eso los habitantes de Macondia vivían entre racionamientos de 6 y 8 horas, neveras rendidas, radios que hablaban cuando querían, si es que querían, y una oscuridad tan persistente que hasta la medianoche parecía horario administrativo. En el pueblo había tres bodegas, cinco faroles en la plaza y una estatua comida por la herrumbre, tan olvidada que los paisanos ni recordaban el nombre del héroe ni la batalla que juraron honrarle.
Allí no se consumían megavatios: apenas unos kilovatios de supervivencia. Porque a ese rincón nunca le llegó completo el proceso ni la Revolución Bonita, sino su sombra, su retórica y su apagón. El gran país de las promesas progresistas terminaba, una y otra vez, en ese pequeño territorio donde la electricidad era un lujo, el agua un rumor y la información una visitante con retraso. Macondia se enteraba de los hechos cuando ya habían pasado varios días, como si la realidad tuviera que hacer cola para entrar.
Y mientras el pueblo aprendía a vivir a oscuras, los jefes de Macondia seguían reacomodando el tablero. Cambiaban magistrados, rectores, fiscales y rostros con la habilidad de un prestidigitador cansado: sacaban una ficha vieja, la limpiaban con un paño institucional y la volvían a poner en escena como si fuera una novedad. Pero el pueblo sabía leer esas mudanzas. Sabía que cuando en Macondia se hablaba de renovación, casi siempre se trataba de una mudanza interna del mismo poder, una coreografía de gatopardismo para que todo siguiera igual.
También llegaban al pueblo los abogados o picapleitos, graduados en universidades de más allá de más nunca, de esos lugares remotos que en Macondia sonaban más a leyenda que a campus. Algunos aparecían con títulos brillantes, discursos solemnes y una pronunciación perfecta de la obediencia. Allí, por cortesía o por temor, se les llamaba Doctor o Doctora, aunque muchos no hubieran curado jamás nada, ni siquiera la enfermedad moral del poder. Bastaba con traer un papel timbrado y una sonrisa útil para ser investido con el tratamiento de rigor, como si en Macondia la toga pesara más que la trayectoria y el membrete más que la verdad.
Así vivía Macondia: apagada, desinformada y administrada por burócratas del cambio que, en vez de resolver la decadencia, la decoraban. El pueblo seguía enterándose tarde, con la luz cortada y la paciencia al borde, mientras los de arriba seguían repitiendo la vieja magia del poder: cambiar los nombres, mover los muebles y conservar intacta la casa en ruinas.
Porque en Macondia, como aprendieron sus habitantes a fuerza de penumbra, no siempre llega primero la verdad. A veces llega antes el apagón.

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