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lunes, 11 de mayo de 2026

CRÓNICA DE UNA TRANSICIÓN QUE NO LLEGA

 CRÓNICA DE UNA TRANSICIÓN QUE NO LLEGA


Hay países que se derrumban en silencio. Venezuela, en cambio, lleva años cayendo con ruido: el ruido de los hospitales vacíos, de los apagones interminables, del agua que no llega y del salario que no alcanza ni para nombrarlo sin vergüenza.

Hoy, en 2026, la pregunta ya no es qué salió mal. La pregunta es más incómoda: ¿a quién le conviene que nada se arregle?

Durante años, la política internacional hacia Venezuela ha sido un tablero donde las piezas no son ciudadanos, sino recursos. Con Joe Biden, la narrativa oscilaba entre la cautela diplomática y una evidente fatiga política, marcada por dudas sobre su liderazgo real. Sus lapsus eran noticia; Venezuela, apenas un tema periférico que se administraba más que resolverse.

Luego llega Trump, con su estilo frontal, casi teatral. Promesas de acción, decisiones drásticas, golpes de efecto. El 3 de enero marcó un punto de quiebre, pero no necesariamente un punto de esperanza. Porque una cosa es intervenir y otra muy distinta es reconstruir.

Y es ahí donde nace la sospecha.

Porque mientras se habla de transición, en Venezuela no se ven fases: no hay estabilidad, no hay recuperación, no hay institucionalidad emergiendo. Lo que sí hay es continuidad del colapso. Un país que, a pesar de haber generado miles de millones en ingresos petroleros, sigue atrapado en una pobreza estructural que no se explica solo por errores internos.

¿Dónde está ese dinero? ¿En qué momento se evaporó? ¿Y quién vigila a los vigilantes?

La narrativa oficial —tanto dentro como fuera— empieza a parecerse peligrosamente a una forma de negación: “That never happened”. Como si el hambre fuese exageración, como si la miseria fuese percepción, como si el sufrimiento colectivo pudiera borrarse con discursos o estadísticas manipuladas.

Pero el venezolano no vive en discursos. Vive en colas, en hospitales sin insumos, en salarios que son una burla aritmética.

Mientras tanto, desde Washington, la estrategia parece moverse entre dos polos: la geopolítica y el negocio. Petróleo, oro, coltán, hierro… recursos que, en lugar de convertirse en desarrollo, siguen siendo la maldición que atrae intereses externos.

Y entonces la duda se vuelve certeza incómoda: ¿se busca realmente democratizar Venezuela o simplemente reorganizar quién se beneficia de ella?

Porque si la libertad no llega con mejoras tangibles, si la democracia no se traduce en dignidad, entonces todo se reduce a un cambio de administradores del mismo desastre.

El pueblo venezolano sigue allí. Cansado, sí. Golpeado, sin duda. Pero todavía de pie.

Y eso, para algunos, parece ser el verdadero problema.

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