Reestructuración del Estado: entre el algoritmo, el secreto y el gorila burocrático
Por momentos, el Estado venezolano parece haber dejado de ser una institución para convertirse en un software defectuoso: nadie sabe quién lo programó, nadie entiende cómo funciona, pero cada actualización promete “mejoras sustanciales” que nunca llegan.
La más reciente versión beta la anunció Delcy Rodríguez, quien designó a Héctor Rodríguez como comisionado para la “reestructuración y reingeniería del Gobierno”. El encargo viene con plazo de 90 días, una cifra que en la administración pública venezolana puede significar tres meses… o tres décadas.
Según lo informado en Venezolana de Televisión (VTV), el vicepresidente sectorial Héctor Rodríguez asumirá la responsabilidad de presentar una propuesta de reforma de la estructura del Ejecutivo, en coordinación con la Vicepresidencia Sectorial de Planificación, que participará en el diseño de la nueva organización gubernamental.
La meta, en palabras oficiales, es construir una “nueva estructura de Gobierno adaptada a la realidad actual”. Una frase tan amplia que admite cualquier resultado: desde una simplificación institucional genuina hasta una sofisticación del mismo desorden con nuevos nombres.
Porque la pregunta inevitable es: ¿reestructurar significa reducir o simplemente redistribuir el caos?
Hoy Venezuela carga con una arquitectura estatal sobredimensionada: 34 ministerios, más de 100 viceministerios, direcciones que se solapan entre sí y un entramado de misiones que consume más del 60% del presupuesto operativo. Un aparato donde sobran cargos, pero faltan resultados.
En ese contexto, hablar de “modernización” despierta más escepticismo que esperanza. No sería la primera vez que el Estado se reorganiza… para terminar más pesado, más opaco y menos eficiente. Como advierte el refrán: la montaña podría parir un ratón. O peor aún, un gigantesco gorila burocrático, lento, costoso y prácticamente imposible de mover.
La tentación orwelliana tampoco es menor. Si algo ha demostrado el poder es su capacidad de redefinir el lenguaje. No sería extraño ver versiones criollas del Ministerio de la Verdad, administrando narrativas; del Ministerio de la Paz, gestionando conflictos; o del Ministerio de la Abundancia, organizando la escasez. Este último, por cierto, no sería una innovación.
Una comisión sin ingeniería: el riesgo de improvisar la reforma
La designación de un comisionado para liderar la reingeniería del Estado abre una duda inevitable: ¿dónde está el conocimiento técnico que exige una tarea de esta magnitud? Más allá del anuncio, no se ha presentado un equipo multidisciplinario con credenciales claras en transformación institucional, lo que convierte la iniciativa en un ejercicio más político que técnico.
La reestructuración del Estado no es un eslogan ni una consigna. Es un proceso complejo que requiere la participación de especialistas en gestión pública, planificación estratégica, derecho administrativo, economía y finanzas públicas, ingeniería de procesos, tecnología y gestión del talento humano. Sin esta base, cualquier intento de reforma corre el riesgo de quedarse en diagnósticos superficiales y soluciones improvisadas.
En este contexto, la designación de Héctor Rodríguez —cuya trayectoria no ha estado marcada por procesos exitosos de modernización administrativa— genera más interrogantes que certezas. Coordinar una transformación del aparato estatal en apenas 90 días exige no solo liderazgo político, sino capacidad técnica comprobada y equipos altamente calificados.
Una comisión seria debería estructurarse sobre cinco pilares fundamentales: gestión pública y planificación; marco legal y normativo; economía y finanzas; procesos y tecnología; y talento humano. Solo con profesionales capaces en estas áreas es posible avanzar hacia un Estado funcional y eficiente.
Pero incluso más importante que el diseño es la ejecución. Hoy abundan los funcionarios todólogos: opinan de economía, ciencia, vialidad o seguridad con la misma ligereza con la que evaden resultados. Son expertos en discurso, pero no en gestión.
Un modelo estatal racional podría operar con no más de 12 ministerios claramente definidos: Interior y Justicia; Defensa; Economía y Finanzas; Energía (integrando petróleo y electricidad); Infraestructura y Transporte; Educación; Salud; Trabajo y Seguridad Social; Agricultura y Alimentación; Ciencia y Tecnología; Ambiente; y Relaciones Exteriores. Esto implicaría fusionar estructuras redundantes, eliminar duplicidades y desmontar sistemas paralelos sin rendición de cuentas.
Sin embargo, sin voluntad real de reducir el aparato, profesionalizar la administración y transparentar la gestión, cualquier reforma será apenas cosmética. Un cambio de etiquetas en un sistema que seguirá funcionando igual de mal.
Al final, el problema no es el organigrama, sino la cultura de poder que lo sostiene. Y en ese terreno, ni los algoritmos ni los comisionados han logrado todavía corregir el error de fondo.
Porque en Venezuela, reestructurar no debería significar reorganizar el poder, sino hacerlo con la misma funcionar. Y esa sigue siendo la tarea pendiente.


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