Crónica de la Desaparición del Súper-Benefactor de Macondia
En los anales de Macondia, aquel territorio ardiente donde las iguanas caen desmayadas por el calor y los decretos presidenciales desafían las leyes de la física, ninguna epopeya fue tan cantada como la de Al-Saab, el Tejedor de Cajas.
Hubo una época, no muy lejana en el calendario pero ya borrada por la amnesia oficial, en que los muros de la capital amanecían saturados con el rostro de este mercader venido de confines lejanos. Se decía que sus manos, bendecidas por la providencia y por el pasaporte exprés que el Saime le fabricaba a la velocidad del pensamiento, tenían la virtud de multiplicar las lentejas rancias y el polvo de leche envasado en puertos remotos.
El mismísimo líder de la comarca, el legendario Súper Bigotes, junto a su séquito de ministros, poetas del presupuesto y heraldos públicos, llegaron a proclamar que Al-Saab era la reencarnación viva del Venerable Médico de los Pobres. «¡Es un Santo!», gritaban desde los balcones, mientras los coros celestiales aplaudían la hazaña de burlar el bloqueo con barcos cargados de espagueti que desafiaban las tormentas del imperio. Cuando el tejedor cayó preso en las mazmorras del Norte, Macondia se detuvo. Se suspendieron los diálogos, se pintaron vallas del tamaño de catedrales y se le nombró Embajador Plenipotenciario de la Tierra y las Galaxias Circundantes.
El día de su regreso, las trompetas sonaron. Bajó del avión como un mesías del contrabando, su esposa fue coronada con viceministerios y misiones de retorno, y en los pasillos del palacio se rumoreaba que ya le estaban midiendo el traje para otorgarle la mismísima Espada de oro de Simón Bolívar. Había alcanzado la cúspide: de simple comerciante a Ministro del Reino.
Pero en Macondia, el viento cambia de rumbo sin avisar a los meteorólogos.
El día que el Zorro perdió el pelo... y la memoria colectiva
Dicen las malas lenguas del barrio árabe de Macondia que el zorro pierde el pelo, pero jamás las mañas. Bastó que los jueces del Norte revisaran sus viejos pergaminos de cuentas y descubrieran que los hilos de oro del tejedor seguían amarrados a los cofres del imperio, para que la magia se disolviera. El interinato de turno, en una jugada digna de un juego de dados en una taberna de mala muerte, entregó en bandeja de plata la cabeza del héroe.
Y entonces, ocurrió el milagro macondiano más grande de todos: la gran evaporación.
De la noche a la mañana, las órdenes de arriba llegaron con la precisión de un hachazo. El Ministerio de la Verdad activó el borrador cósmico. Los mismos que ayer se desgarraban las vestiduras gritando #FreeAlex, hoy sufrían de una repentina y muy conveniente amnesia senil.
— ¿Alex? —preguntó Súper Bigotes, rascándose la cabeza ante los micrófonos—. Me suena a marca de champú. Aquí nunca hemos tenido un ministro con ese nombre tan extranjero.
— Debe ser un fantasma de esos que asustan en el SAIME —susurró la Primera Combatiente, mirando al techo.
En cuestión de horas, las cuadrillas nocturnas salieron con potes de pintura gris a borrar los murales. El rostro del Benefactor de los Pobres desapareció bajo capas de cal. Los registros del ministerio fueron devorados por termitas invisibles; sus decretos de nombramiento se convirtieron en barquitos de papel que flotaban en las cloacas de la ciudad.
En el Saime, un funcionario juraba sobre la Biblia que la cédula del susodicho era un burdo invento confeccionado con tinta barata en una callejuela de Damasco, un mercado persa donde los árabes compraban identidades macondianas por tres monedas de plata. De pronto, el hombre que manejaba los miles de millones del petróleo y las cajas de comida no era más que un holograma, un mito urbano inventado por la oposición para perturbar la paz de la república.
"En Macondia, la lealtad dura lo que tarda en secarse la pintura de un mural, y los santos de hoy son los espectros que mañana nadie conoció de trato ni comunicación."
Hoy, Al-Saab viaja de regreso a las cortes del Norte en un avión que no dejó rastro en los radares. En el barrio árabe de Macondia, donde todo comenzó bajo la bendición del viejo comandante de Sabaneta, los mercaderes fuman pipa de agua y sonríen con cinismo. Saben que en esta tierra sádica e hipócrita, los convives de ayer son los desconocidos de hoy.
Y si alguien pregunta por el gran héroe diplomático, los jerarcas responderán con la mirada vacía: "Ese señor nunca existió. Eso fue un cuento de las mil y una noches".

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