Venezuela en penumbra: apagón informativo, ruina industrial y saqueo sin control
El apagón informativo y la represa del silencio
El Guri se convirtió en una especie de secreto de seguridad nacional, no porque la transparencia sea peligrosa, sino porque la verdad suele ser incómoda cuando la administración está hecha de improvisación, sobreprecio y abandono. Durante años, la cota del embalse fue un dato público que permitía medir el riesgo; hoy, su ocultamiento funciona como una cortina sobre el deterioro del Sistema Eléctrico Nacional. Sin boletines confiables, sin balances técnicos verificables y sin rendición de cuentas, la población queda reducida a una sola certeza: la electricidad puede irse en cualquier momento, y el Estado se reserva el derecho de no explicar por qué.
La cifra crítica de 240 msnm opera ya como un símbolo narrativo del peligro negado. No es solo un nivel hidrológico: es el borde de una política que prefiere apagar estados enteros antes que reconocer que el sistema está fracturado por dentro. En ese contexto, la Ley Antibloqueo ha servido como una manta discursiva para tapar contratos opacos, compras fallidas y una arquitectura de corrupción que ha devorado los recursos destinados al sector eléctrico. La falta de luz es grave; la falta de verdad, devastadora.
Las sanciones, coartada y privilegio
Las sanciones no son un bloque homogéneo ni una condena abstracta contra todo un país. En el caso venezolano, conviene distinguir entre las sanciones dirigidas al régimen y sus estructuras de poder —incluyendo empresas estatales, sectores estratégicos y redes de financiamiento— y las sanciones individuales aplicadas a funcionarios, intermediarios y operadores señalados por corrupción, represión o evasión. Esa diferencia importa porque el gobierno ha usado ambas cosas como si fueran una sola.
Mezcla las sanciones sectoriales con las personales para construir un relato único: “todo es culpa del bloqueo”. Pero no es lo mismo una restricción impuesta a una empresa estatal o a una operación petrolera que una medida dirigida contra un jerarca por enriquecimiento ilícito, lavado de dinero o represión política. En la práctica, las sanciones individuales revelan un punto incómodo para el poder: no castigan al país, castigan nombres y apellidos. Son el resultado de redes concretas de corrupción, saqueo y abuso, no de una abstracción geopolítica.
Por eso el oficialismo insiste en borrarlas en el discurso: le conviene convertir al corrupto en patriota y al sancionado en víctima nacional. Pero esa operación retórica tiene un límite muy claro: una cosa es la sanción como presión sobre estructuras de poder y otra, muy distinta, es la sanción personal contra quienes hicieron del Estado una caja fuerte privada. Confundirlas no aclara nada; más bien protege a quienes prefieren esconder la responsabilidad detrás de una consigna.
Guri y la ingeniería del silencio
La represa de Guri no solo alimenta buena parte del país; también expone la fragilidad del modelo que la administra. Cuando el dato técnico desaparece, desaparece también la posibilidad de control ciudadano. Y cuando no hay control ciudadano, la corrupción deja de ser una desviación y se convierte en método. Ese es el verdadero apagón: no el de los bombillos, sino el de la información.
La población dejó de recibir cifras y empezó a recibir consignas. Donde antes había boletines, ahora hay excusas; donde antes había alertas, ahora hay silencio; donde antes había un indicador de riesgo, ahora hay propaganda. El resultado es una especie de normalización de la incertidumbre: se vive pendiente de una falla que el poder niega mientras la pospone. Y así, el Guri deja de ser una central hidroeléctrica para convertirse en un espejo de la administración pública: enorme en apariencia, opaco en el fondo, vulnerable en la práctica.
SIDOR y el cementerio del acero
Hubo un tiempo en que SIDOR fue una referencia industrial de América Latina. En 2007 produjo 4,3 millones de toneladas de acero líquido, una escala que hablaba de país industrial y no de ruina administrada. Hoy, en cambio, la planta funciona como un museo de la desidia: equipos canibalizados, hornos apagados, mantenimiento aplazado y una producción que se desplomó hasta niveles residuales. La siderúrgica ya no representa potencia productiva, sino la evidencia de cómo se destruye una industria a punta de decisiones políticas, abandono técnico y saqueo continuado.
El discurso oficial insiste en que las sanciones explican la parálisis. Pero la realidad es más grave y menos cómoda: SIDOR fue sacrificada por un modelo que no priorizó la producción, sino la supervivencia política. Una industria electro-intensiva exige un sistema eléctrico robusto; cuando ese sistema se derrumba, la planta queda atrapada entre dos ruinas: la del suministro y la de la gestión. Así, la disyuntiva no fue entre producir acero o soportar sanciones, sino entre sostener la industria o preservar la paz social de corto plazo en la capital.
El resultado fue previsible. Se prefirió contener el ruido urbano antes que sostener la producción nacional. Se aceptó el colapso fabril como costo político para evitar un colapso social inmediato. Y mientras los hornos se enfriaban, los fondos destinados a modernización y mantenimiento se perdían en tramas de sobreprecio, facturas dudosas y contratos sin transparencia. La verdadera sanción contra SIDOR no vino del exterior: vino de adentro, de una administración que convirtió la ruina en política industrial.
Guayana y el cero industrial
SIDOR no está sola en esa tragedia. ALCASA y el resto de la industria básica de Guayana completan el retrato de un territorio donde la producción dejó de ser prioridad y pasó a ser recuerdo. El contraste entre el pasado de altos volúmenes y el presente de inercia es tan brutal que ya no habla de crisis coyuntural, sino de una demolición estructural. Guayana pasó de ser promesa de desarrollo a escenario de apagón productivo.
Ese “cero industrial” no surgió por accidente. Es la consecuencia de un modelo que castigó el mantenimiento, congeló la inversión, ocultó las cifras y subordinó la técnica a la propaganda. Cada vez que el sistema eléctrico entra en crisis, la primera víctima es la industria básica, porque el gobierno prefiere proteger el equilibrio urbano antes que arriesgarse a sostener procesos productivos de alto consumo. En otras palabras, el país no dejó de producir por casualidad; dejó de producir por acumulación de decisiones políticas erradas.
Del oro al barro
En el Arco Minero del Orinoco, la narrativa de la soberanía se deshace con el primer golpe de pico. Lo que se presentó como una oportunidad para dignificar al minero artesanal terminó convertido en un sistema de control, despojo y jerarquías armadas. Bajo el lenguaje de las “alianzas estratégicas” y la “cooperación internacional”, el negocio minero se llenó de estructuras opacas, empresas de fachada y vínculos que conectan el Estado con redes de intermediación y poder informal.
El caso de Mibiturven es ejemplar. Su creación fue vinculada a una red de intereses con registro turco y a la sombra de Alex Saab, figura asociada a múltiples tramas de negocios con el Estado venezolano. Lo que en el papel se presenta como una asociación para reactivar la minería, en la práctica opera como una vía para extraer riqueza con escasa trazabilidad y alto costo humano. La frontera entre administración pública y pranato se ha vuelto difusa, y en ese vacío la violencia se instala como forma de gestión.
El drama no es solo institucional; es humano. Mineros desplazados, zonas tomadas por grupos armados y comunidades arrinconadas por una economía que promete prosperidad mientras reparte miseria. El oro sale, pero el bienestar no llega. El botin brilla para unos pocos, mientras el trabajador local queda reducido a peón de un esquema extractivo donde la soberanía es una palabra útil para el discurso, no para la vida diaria.
La termo-inexistencia
Si el Guri simboliza el silencio informativo, las plantas termoeléctricas representan la estafa material. Planta Centro, por ejemplo, fue concebida como una columna de respaldo para el sistema eléctrico, pero terminó degradada por años de fallas, conversiones inconclusas, incendios, subutilización y promesas incumplidas. No se trata de un accidente aislado, sino del patrón de una infraestructura abandonada mientras el discurso oficial insiste en culpar a enemigos externos.
La narrativa del sabotaje suele ser funcional porque evita la pregunta central: ¿dónde fueron a parar los recursos? En el sector eléctrico venezolano, la ausencia de mantenimiento, la corrupción y la falta de datos técnicos crearon el terreno perfecto para el colapso. Por eso el problema no es únicamente que las turbinas no giren; es que el país ya fue habituado a aceptar que no giren, siempre que haya un culpable útil al cual señalar.
En ese sentido, la “termoinexistencia” es una imagen útil: hay plantas, hay estructuras, hay cemento, pero no hay generación efectiva. Quedan esqueletos de obra, contratos opacos y una memoria material del desfalco. Entre 2010 y 2025, los recursos perdidos en el sector eléctrico habrían permitido renovar parte sustancial de la capacidad instalada, pero terminaron diluidos en opacidad, sobreprecios y la rutina de una impunidad de alto voltaje.
El país que apagaron
La tragedia venezolana no consiste solo en haber perdido capacidad eléctrica, siderúrgica y minera. Consiste en haber normalizado la desaparición del dato, del control y de la responsabilidad. Cuando un gobierno oculta la cota del Guri, deja caer SIDOR y convierte el Arco Minero en una economía de sombras, no está administrando crisis: está administrando ruinas.
Por eso la imagen más exacta no es la del apagón como evento, sino la del apagón como sistema. Se apagó la luz, sí, pero también apagaron la información, la industria y la posibilidad de supervisión pública. Y cuando un país pierde esos tres planos al mismo tiempo, lo que queda no es una falla técnica: es una forma de poder.





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